Fuente: Catholic.net
Autor: P. Sergio A. Córdova LC
Mateo 2, 1-12
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que
venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey
de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos
venido a adorarle.» AL oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda
Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por
ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le
dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y
tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes
de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo
Israel.Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el
tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo:
Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis,
comunicádmelo, para ir también yo a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se
pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente
iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba
el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la
casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron
luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en
sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.
Reflexión
“Epifanía” es una palabra griega que significa, literalmente, “manifestación,
revelación”. Celebra, ni más ni menos, la “manifestación” del Hijo de Dios al
mundo, su revelación a los pueblos gentiles, representados en los Reyes Magos.
El día de Reyes es, tradicionalmente, un día de alegría, de luz, de fiesta. Es
el día de los regalos. Todos guardamos vivencias entrañables de nuestra
infancia. Decir “día de Reyes” equivale a poner en marcha toda la fantasía
infantil para soñar cosas maravillosas: los tres Reyes Magos, con espléndidas
caravanas y rico séquito, procedentes de Oriente, cargados de regalos para
todos los niños del mundo. Sus Majestades reales –que la tradición llama
Melchor, Gaspar y Baltasar—vienen de las lejanas tierras de Arabia, Persia y
Mesopotamia, montados en camellos y dromedarios, trayendo al Niño Dios exóticos
regalos.
Diríamos que en este día se mezclan los sueños, la poesía, el folklore, la
religiosidad y la leyenda.
Y, aunque el Evangelio de san Mateo nos ofrece elementos
interesantes, basados en la literatura profética de Isaías y en la tradición
mesiánica del pueblo judío, con cierto aire escatológico, en realidad no
sabemos exactamente cómo sucedieron las cosas. Aún hoy en día discuten los
teólogos y los exegetas para interpretar el prodigioso suceso de la Epifanía:
el misterio inaudito de la estrella, los magos que siguen señales celestes, los
espléndidos regalos, etc.
Pero dejemos nosotros a un lado las complicaciones hermenéuticas de los
eruditos para centrarnos, con sencillez, en lo esencial del misterio. Estos
Reyes Magos tienen muchísimas cosas que enseñarnos, sobre todo al hombre
moderno, tan contaminado de racionalismo, pragmatismo y materialismo. El hombre
de hoy exige argumentos palpables, empíricamente cuantificables y “seguros”
para poder dar un paso hacia adelante, sobre todo cuando se ven comprometidas
sus decisiones vitales.
Pero estos personajes de Oriente, sin haber recibido el don de la fe monoteísta
del Pueblo elegido ni la esperanza en un Mesías Salvador como lo entendía
Israel, sin pruebas contundentes y científicamente verificables, se ponen en
marcha hacia lo desconocido, siguiendo la luz de una estrella. Para la
mentalidad del mundo, esos hombres serían unos pobres ilusos, unos simples
“soñadores” o unos aventureros a ultranza. Sin embargo, ellos seguían la
estrella de una fe, en la que descubrían mucho más que un dato astrológico;
para ellos, ése era un lenguaje divino, un signo trascendente que hablaba
directamente a sus corazones y los invitaba a buscar a ese “Rey” de los judíos,
que ellos intuían como el Mesías esperado de los pueblos. Seguramente conocían
las Escrituras y en esa señal del cielo descubrieron la voz misma de Dios que
los llamaba a buscarlo.
¿Cuántos de nosotros somos capaces de descubrir en una “estrella” –que pueden
ser las mil circunstancias de cada día: un encuentro, una noticia alegre o
desagradable, una enfermedad, etc.— a través de la cual nos habla Dios nuestro
Señor y nos revela su voluntad santísima sobre nosotros? ¿Y cuántos tenemos el
valor de seguir esa estrella, aunque eso nos exija romper nuestras seguridades
demasiado “humanas” y terrenas, confiar en la voz de Dios y ponernos en camino
–como los Reyes Magos, como Abraham, como la Santísima Virgen—
“hacia el lugar que Él nos mostrará”? ¿Por qué no dejarnos guiar, también
nosotros, por esa “estrella” de la fe? ¡Ojalá que también nosotros tengamos el
valor de seguir la estrella que Dios nos manda!
Pero, ¡atención!, porque esa estrella puede también ocultársenos de cuando en
cuando, como les pasó a los Magos. Y es entonces cuando necesitamos de una fe
todavía más grande y fuerte para seguir caminando, a oscuras; es decir, aunque
no vemos ya casi nada, aunque no sepamos por dónde nos conduce Dios, aunque no
comprendemos por qué nos trata de una manera o de otra –por ejemplo, cuando
permite un gran sufrimiento moral, una desgracia personal o la enfermedad de un
ser querido—. A veces no vemos la estrella. Pero es preciso seguir confiando.
Ella sigue allí, arriba, en el cielo, aunque de momento no la veamos. Ya reaparecerá.
Es la seguridad de Dios la que ha de impulsarnos a continuar hacia adelante,
hasta llegar al lugar en donde se encuentra el Niño Dios junto con su Madre
santísima y san José.
Pero también en este momento necesitamos la fe, para descubrir en ese Bebé
recién nacido al Hijo de Dios, encarnado para redimirnos. No pensemos en un
Mesías poderoso, en un palacio adornado de oro y marfil, rodeado por miles de
servidores… No. Es un Mesías pequeñito, humilde, pobre, indefenso. ¡Y ése es
Dios! También se requiere la fe para descubrir a Dios en las cosas pequeñas, en
un niño pobre, en un mendigo, en un hombre que sufre, en un borrachito, en una
pobre prostituta… Dios se esconde entre esas pajas humanas y es su modo de
actuar, tan inaudito e insospechado para nuestra mente humana.
Y, una vez ya en la gruta de Belén, postrémonos ante el Niño Dios para adorarle
y ofrecerle nuestros regalos, como los Reyes Magos. Ellos le ofrecieron: oro,
el regalo propio de los reyes; incienso, oferta tributada sólo a Dios; y mirra,
don ofrecido al Hombre verdadero. Ellos le llevaron el regalo más preciado de
su tierra de origen. También nosotros ofrezcámosle al Niño lo mejor de nuestra
alma: el oro de nuestro amor, de nuestra fe y confianza en Él; el incienso de
nuestra piedad y adoración; la mirra de nuestra obediencia y humildad.
¿Qué les vas a regalar hoy al Niño Jesús? ¿Cuál va a ser tu oro, tu incienso y
tu mirra?