Marcos 1, 1-7. Fiesta del Bautismo del Señor. ¡Juan, recuerda tu misión, bautízame, para que yo sea conocido entre los hombres!.
Marcos 1, 7-11 
En aquel tiempo Juan predicaba diciendo: «Detrás de mí viene el que es más
fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus
sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu
Santo.» Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y
fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los
cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó
una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»
Reflexión
El calendario en la Iglesia da saltos que nos sorprenderían, si no nos damos
cuenta que no estamos siguiendo un camino biográfico en la vida de Cristo, sino
momentos claves para entender, vivir y celebrar su mensaje. Por eso no nos
sorprende que ocho o quince días estuviéramos celebrando el nacimiento de
Cristo y ahora estemos celebrando su propio bautismo.
Cristo entró en el mundo desnudo, en el silencio de la noche, en la oscuridad,
en la pobreza, en la desolación, y treinta años después, desnudo, despojado de
todo, abandonándose a la voluntad de Dios, y en profunda oración comienza su
vida pública, su entrega, la donación de su propia vida.
Hay que señalar muy bien esa desnudez de Cristo que los pintores y los
escultores han tenido cuidado de señalar. Desnudo nació Jesús, desnudo se
bautizó el Señor, y desnudo en la cruz entregó lo último que le quedaba de vida
para mostrar el gran amor que nos tiene.
Fue un momento singular el del bautismo de Cristo. Las primeras generaciones se
preguntaban y no sabían dar la respuesta al porqué del bautismo de Jesús, dado
que si no tenía pecado, no tenía porqué someterse a un bautismo aunque fuera de
penitencia, que no podía salvar, pero que propiciaba el arrepentimiento, la
confesión de los pecados y la reconciliación con Dios.
Muchos autores intentaron dar una respuesta. A nosotros nos basta decir que
Cristo se sometió al bautismo de Jesús Bautista no por él mismo, sino por
nosotros, él como cabeza de la humanidad, y casi casi para dar oportunidad a lo
que ocurrió después de su propio bautismo.
Me sorprende mucho el encuentro con el Bautista. Éste tenía como misión dar a
conocer a Cristo ya presente entre los hombres. Juan supo mover bien el
ambiente.
Su figura era imponente, sobria, rígida, casi repugnante, y su palabra agria,
penetrante, cáustica, dolorosa, pero era la palabra que los hombres
necesitaban, no la palabra aduladora, dulzona, apapachadora, pues las cosas
andaban muy chuecas como para dorarle todavía la píldora a sus oyentes.
Así preparó el camino a la llegada de Cristo, y cuando Cristo apareció formado
en la fila de los pecadores, Juan se desconcertó, pues reconoció su pequeñez
ante el enviado, ante el Señor, ante el Mesías. Hubo necesidad de que Cristo lo
animara, casi como que le tocara el hombro y le dijera muy familiarmente: “¡
Juanito, recuerda tu misión, bautízame, para que yo sea conocido entre los
hombres!”.
Así quedo desnudo Cristo ante el Bautista y ante todas las gentes, así se
preparaba para servirlos a todos, para ser el servidor de todos, sin mas fuerza
y sin mas sostén y sin mas armas que las que pronto le proporcionaría el
Espíritu Santo que de hecho él ya tenía por ser Hijo de Dios.
¡Qué distinta manera tendríamos nosotros de iniciar alguna misión en el mundo!
Nosotros pediríamos inmediatamente una computadora, una página Web y anuncios,
propaganda mucha propaganda, un buen equipo de colaboradores, y dinero, mucho
dinero para triunfar en la misión confiada.
Cristo no, él se desnuda, se despoja de todo, y en actitud de oración, de
profunda oración en la rivera del Jordán, aquél río que los israelitas tuvieron
que cruzar para llegar a la tierra prometida después de cuarenta largos años de
camino y de penitencia, él puede anunciar al pueblo como ya presente, lo que
Isaías contemplaba a distancia:
“Consuelen, consuelen a mi pueblo... hablen al corazón de Jerusalén y
díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha
satisfecho por sus iniquidades”.
Así, desnudo y en profunda oración, ocurre lo verdaderamente importante después
del bautismo: Los cielos se abrieron, el Espíritu Santo se manifestó en forma
sensible posándose sobre Jesús como el vuelo suave de una paloma, y de en medio
de la nube, aquella voz misteriosa y encantadora:
“Tú eres mi Hijo, el predilecto, en ti me complazco”.
¿Lo entendemos? Cristo ¡Ya era el Hijo de Dios! ¡Ya tenía el Espíritu Santo
desde el instante de su concepción en el seno de su madre!
Pero los hombres no lo sabíamos y era necesaria entonces la intervención del
Padre, para presentar a su Hijo entre los hombres, dotándolo de todos los
poderes, o mejor, del único poder necesario para la salvación de los hombres: LA PRESENCIA DEL ESPÍRITU
SANTO.
Y desde entonces el desbordamiento de Cristo sobre la humanidad fue total. A
los doce años, cuando pequeño se quedó en el templo de Jerusalén y su madre le
reclamó que no le hubiera avisado, él respondió:
“¿Qué no sabías que debo de ocuparme en las cosas de mi Padre?”.
Sin embargo, su instrucción no estaba completa, le faltaba madurar como hombre,
cerca de aquellos padres fabulosos que el Padre puso cerca de él. Todos le
miraban en Nazaret, y todos le veían crecer, aunque no pudieran contestase por
qué no se casaba, porqué no elegía mujer como todos los jóvenes de su tiempo.
Pero al mismo tiempo comprendían en sus corazones sencillos que aquel chiquillo
que nació en forma por demás extraña, estaba llamado a grandes cosas.
Ahora estaba completo, su formación había concluido y no le quedaba sino
lanzarse a llamar a todos los hombres a ser ciudadanos del Reino.
Y a eso estamos llamados todos los que hemos sido invitados al Bautismo en la Iglesia. A entregar
toda nuestra capacidad para la salvación de todos los hombres. Los bautizados
estamos llamados a dejarnos guiar por el Espíritu Santo de Dios y no por las
solas fuerzas naturales, para conseguir la paz que a lo humano vemos cada día
más lejana.
El Espíritu Santo tiene muchas cosas que decirnos en familia, él tiene grandes
mensajes para la familia, y desde la familia quiere hacer que el mensaje de
Cristo, su Reino de Verdad, de Justicia, de Amor y de Libertad sean una
profunda realidad entre nosotros. ¡Qué pena da cuando preguntamos a los papás
porqué quieren que su hijo sea bautizado y nos responden “para que le tumben
los cuernos”, haciendo alusión al pecado original y a cierta intervención del
demonio!
Cierto que el bautismo es un rito de purificación, que efectivamente quita toda
mancha de pecado, pero el bautismo del cristiano va mucho más allá, hasta
dotarlo de la fuerza del Espíritu Santo y hacer de él un hombre que proceda en
la verdad, que camine en justicia, que se solidarice con los hombres en el
amor, capacitándolos para usar adecuadamente de la libertad que Dios nos ha
consagrado y gracias a la cual podremos aceptar el amor, el grande amor de nuestro
buen Padre Dios.
Por cierto, ¿Cuándo es el aniversario de tu propio bautismo?
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