este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Hacemos proselitismo de
todo lo que nos gusta, nuestro médico, nuestro equipo de fútbol... pero no de
nuestra fe.
Los partidos políticos se mueven sin descanso para
incrementar su militancia y captar votos. Los directivos de un club de fútbol
cantan las excelencias de su afición y buscan más socios y jugadores. Todas las
ONGs tratan de arrastrar voluntarios o colaboradores.
El vendedor de
televisores o de coches expone las maravillas de su marca frente al producto de
la competencia. La cocinera que ha creado un plato lo postula en las
conversaciones al igual que el ciudadano ilusionado por su tierra explica sus
bellezas.
El profesional de la ingeniería vibra con los descubrimientos
técnicos o el cinéfilo con los films.
El enamorado cuenta extasiado las
virtudes de su novia o esposa. Y quien ha conseguido una ganga en unas rebajas
lo comunica a familiares y amigos para que puedan aprovecharla al igual que la
señora cuyos pies la torturaban da a conocer a sus amigas que encontró un
excelente médico que acabó de forma indolora con sus juanetes.
Caben mil
ejemplos similares. Y es que todos hacen, absolutamente todos hacemos, nuestro
“apostolado”. Que no es otra cosa que comunicar a otros aquello de lo que
estamos convencidos, que nos entusiasma, que nos satisface, que nos alegra, o
que consideramos bueno.
No sólo lo difundimos sino que incluso hacemos
proselitismo de ello, que tampoco es distinto a querer que los demás aprovechen
lo que consideramos muy bueno para nosotros y estamos convencidos que lo será
también para ellos.
Nos parece perfectamente normal dar a otros el
teléfono del médico que nos ha curado, aconsejar la novela con la que
disfrutamos, el restaurante con buena relación calidad-precio, proponer que
voten a determinado partido porque resolverá mejor determinado asunto o incitar
a otros a defender con vehemencia la camiseta de nuestro equipo.
Aceptamos con absoluta normalidad el “apostolado”, el “proselitismo”, en
todos los asuntos de la vida pero resulta que, a menudo, lo que no comunicamos,
lo que no estamos dispuestos a defender, aquello por lo que no movemos un dedo
para atraer a otros es nuestra fe, lo que es la base de nuestra vida, la fuente
básica de nuestra felicidad. Aunque, al menos en teoría, lo consideramos
infinitamente más importante que lo demás.
Todos los cristianos tenemos
vocación apostólica, que no es exclusiva de sacerdotes y religiosos. Sin
embargo, nos falta a menudo vibración, como si no estuviéramos convencidos de
que si atraemos a otros a Cristo van a ser más felices aquí, y luego en el
Cielo.
En algunos ámbitos eclesiásticos o de seglares próximos a
ambientes clericales se ha difundido, además, un elemento adicional: la renuncia
explícita a atraer a otros hacia el Catolicismo.
Se argumenta que hay
que respetar la religión de los demás, que si nosotros hubiésemos nacido en tal
o cual país tendríamos tal otra religión, que si uno es buena persona tanto da,
que nadie tiene la verdad, que no hay que ser intransigentes sino abiertos, y
tantas cosas más.
Es incuestionable que hay que respetar la religión de
los demás, tratarles con cariño, colaborar con ellos en muchas cosas, dialogar,
que no cabe emplear violencia ni engaño, que si el otro actúa de buena fe con su
religión podrá salvarse, ..., pero esto no significa que todas las religiones
sean iguales.
Es una trampa fácil en nuestra sociedad relativista, de
pensamiento débil, en la que muchos creen que no hay Verdad, sino como mucho
“verdades”, cada uno la suya, sin que sea mejor una que otra.
Tal
concepción no es un matiz sino algo de más enjundia de lo que a primera vista
parece. Aceptar que todas las religiones son iguales y que tanto da una como
otra significa, en primer lugar, no creer que Jesucristo vino para salvar a los
hombres. Sus contemporáneos ya tenían sus religiones. Si todas son iguales era
innecesaria la Encarnación, la muerte en cruz.
Y afirmar que no hay que
hacer apostolado, proselitismo, es, por ejemplo, echar en cara a los misioneros
de hoy y de todos los tiempos que su vida y su entrega es absolutamente inútil
porque el Cristianismo que ellos llevan no es ni mejor ni peor que la religión
que tienen los pueblos a los que van.
Que haya que adaptar las formas de
apostolado y proselitismo a las situaciones y momentos específicos es cosa
distinta. Habrá lugares en que pueda hacerse abiertamente, aquí será necesario
atender antes las necesidades materiales, allá enseñar la doctrina, en otros
puntos limitarse a dar testimonio. Pero teniendo claro siempre que el objetivo
final es atraer a aquella o aquellas personas a Cristo.
En todos los
planos de la vida los únicos que no son proselitistas son los acomplejados, los
abúlicos, los depresivos. Unas enfermedades que parece han hecho mella en
bastantes cristianos supuestamente convencidos. Un cristiano, un católico, que
no es apostólico, que no es proselitista, muestra que no vibra por su fe. El
proselitismo, respetuoso ciertamente, es lo más natural, perfectamente
ecológico.