lunes, 09 de marzo de 2009

purgatorio


Quisiéramos iniciar el año con algunas reflexiones apologéticas sobre un dogma fundamental y que es la existencia del Purgatorio, ligado éste a nuestra vida diaria y a la expiación de nuestros pecados.

¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia respecto al Purgatorio? Desde sus orígenes, la Iglesia, mediante sus oraciones y sufragios por los difuntos, manifiesta claramente su fe en el Purgatorio. En su momento, definirá esta doctrina del Purgatorio en el Segundo Concilio de Lyón de 1274, en el Concilio de Florencia de 1438 y en el Concilio de Trento en 1563.

Esta doctrina esencialmente se reduce a lo siguiente:

  1. En el Purgatorio las almas de los justos pagan su deuda a la Justicia divina, sufriendo las penas purificatorias. Digamos que la purificación del Purgatorio no está fijada por la culpa, sino por la pena. Es decir, el perdón de Dios que se otorga al alma arrepentida en el momento de la confesión sacramental, borra la falta o la culpa, no así la pena, que es el medio que tiene el hombre para reparar el desorden que se haya ocasionado por los pecados. Aquí en la tierra, el alma sufre la pena bajo la forma de una penitencia voluntaria y meritoria. En el otro mundo la penitencia se expía mediante una purificación obligatoria y no meritoria.
  2. Según la Doctrina de la Iglesia hay dos clases de Purgatorio, la principal es la privación temporal de la visión de Dios, que va acompañada de un gran sufrimiento. La hora de la unión ha llegado; el alma arde en deseos de ver a Dios pero no puede alcanzarle porque no ha expiado suficientemente sus pecados antes de la muerte. La expiación debe terminar, pues, en el Purgatorio y se reviste de una forma de sufrimiento que aquí en la tierra no se puede imaginar. En el Purgatorio hay otras penas llamadas penas de los sentidos en las que de acuerdo al apegamiento desordenado del alma a las criaturas, o lo que es lo mismo, de acuerdo a la gravedad y número de sus pecados, tendrá que purificarlos por medio del fuego.
  3. Las penas del Purgatorio no son las mismas para todas las almas. Varían en duración e intensidad según la culpabilidad de cada uno. Y las almas reciben serenamente los sufrimientos expiatorios que Dios les impone. Las almas no buscan más que la Gloria de Dios y desean contemplar ardientemente a Aquél, que es, desde ahora, toda su esperanza. En el Purgatorio hay una paz y una alegría cierta pues se tiene certidumbre de la salvación, y ven su pena únicamente como un medio de glorificar la Santidad de Dios y llegar a la visión gloriosa. Los sufrimientos del Purgatorio ya no son meritorios, ya no aumenta la caridad en el alma que los padece. (Los sufrimientos de la tierra, en cambio, son meritorios para acrecentar la santidad de las almas).
  4. La Iglesia Militante puede ayudar con sus sufragios a la Iglesia Purgante. Esto crea lo que se conoce como la Comunión de los Santos. Las almas del Purgatorio, incapaces de procurarse a sí mismas el menor alivio, pueden así aprovechar las obras satisfactorias que los vivos realizan en su favor con la intención de pagar sus deudas. Esas obras satisfactorias tienen valor de expiación por las penas de las ánimas del Purgatorio, y es Dios quien regula, según Su Sabiduría, la aplicación de los sufragios por los difuntos.

La Misa es el socorro, el medio más eficaz que la Iglesia de la tierra puede proporcionar al alma que se purifica. También las limosnas, oraciones y toda forma de sacrificio son medios extraordinarios para las almas.

Finalmente, el Purgatorio terminará con el Juicio Final. Todas las almas destinadas a la Gloria habrán retribuido ya, de una u otra forma, a la Justicia divina.

Ahora bien, para que el lector pueda comprender mejor de qué estamos hablando, existe un texto dictado directamente por Jesucristo en 1943 a un instrumento suyo, (María Valtorta) y que resulta especialmente revelador sobre el tema del Juicio y el Purgatorio:

Dice Jesucristo: «Quiero explicarte qué es y en qué consiste el Purgatorio. Y te lo voy a explicar de forma que ha de chocar a tantos que se creen depositarios del conocimiento del más allá y no lo son.

«Las almas inmersas en aquellas llamas no sufren sino por el Amor. No desmerecedoras de poseer la Luz, más tampoco dignas aún de entrar inmediatamente en el Reino de la Luz, (mueren en estado de gracia pero no han purificado totalmente su alma, pues no han pagado las penas que se acumulan en virtud de los pecados cometidos en la tierra) al presentarse ante Dios, son revestidas por dicha Luz. En una breve y anticipada bienaventuranza que les certifica su salvación, les hace ver lo que será su eternidad y lo que hicieron a su alma privándola de años o de siglos de feliz posesión de Dios.

«¿Qué es lo que quiere el Dios Uno y Trino para las almas creadas por Él? El Bien. El que quiere el Bien para una criatura, ¿qué sentimientos abriga hacia ella? Sentimientos de Amor. ¿Cuáles son los mandamientos primero y segundo, los dos más importantes, aquellos de los que yo dije no haber otros más grandes y estar en ellos la llave para franquear la vida eterna? Es el mandamiento del Amor: Amar a Dios con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo.

«¿Qué os dije infinidad de veces por mi boca, por boca de los profetas y de los santos? Que la Caridad es la más grande de las absoluciones. Que la Caridad cancela las culpas y las debilidades del hombre, ya que quien Ama vive en Dios y, al vivir en Dios, peca poco y si peca, al punto se arrepiente y para el que se arrepiente se haya presto el perdón del Altísimo.

«¿En qué faltaron las almas? En el Amor, de haber amado mucho, hubieran cometido pocos pecados y estos leves, debidos a vuestra debilidad e imperfección.

«Por eso, Amando en la tierra es como trabajáis para el cielo. Amando en el Purgatorio es como conquistáis el cielo que en la vida no supisteis merecer. Y Amando en el paraíso es como gozáis del cielo.

«Este es el tormento: el alma recuerda la visión de Dios habida en el Juicio Particular. Si lleva consigo aquel recuerdo es porque, aún cuando no sea más que el haber entrevisto a Dios, representa un gozo que supera toda otra cosa creada y el alma se deshace en deseos de volver a gozar de aquella dicha. Aquel recuerdo de Dios y aquella Luz que le penetró al comparecer ante Él, hacen efectivamente que el alma «vea» en su exacta dimensión las faltas cometidas contra su bien, y este «ver», junto con el pensamiento de que con aquellas faltas se privó voluntariamente para años o para siglos de la posesión del cielo y de la unión con Dios, constituye su pena purgativa."

«El Amor y la convicción de haber ofendido al Amor es el tormento de los purgantes.»(María Valtorta. Cuadernos 1943. Edición Española. 1990. Dictado el 17 de octubre. P. 442.)


Tags: reflexión, evangelizar

Publicado por alfre1240 @ 6:02
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