miércoles, 25 de marzo de 2009
Catholic.net
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual Es fácil aceptar que
todos los seres humanos tenemos la misma dignidad. En cambio, no es tan fácil
tratar a los demás con el respeto que merecen, ni tampoco evitar
discriminaciones injustas hacia quienes son distintos.
La familia está
llamada a ser la primera educadora en el respeto a todos. Especialmente respecto
hacia quienes pertenecen a otras razas, religiones, culturas, clases sociales,
etc.
El niño aprende, desde su hogar, que existen personas diversas. Las
distinciones más originales, las que el niño percibe desde sus primeras
experiencias en el hogar, son las que se dan entre el padre y la madre, entre
los padres y los otros hijos, entre los familiares más cercanos y los más
lejanos, entre los familiares y los que, sin ser familia, entran en contacto
frecuente con los hijos.
En este nivel de relaciones, el niño necesita
adquirir actitudes de respeto hacia los cercanos. Los padres hacen una labor
enorme si se tratan entre sí con mucho cariño y sin alusiones despectivas.
Igualmente, los padres ayudan al hijo a apreciar a los otros familiares y
conocidos: los más jóvenes y los más ancianos, los sanos y los enfermos, los que
“triunfan” en la vida y los que viven sumergidos en serios problemas humanos.
En un segundo nivel, la familia enseña cómo relacionarse con “los
otros”, los “extraños”. Esta palabra abarca una amplia gama de posibilidades.
Los “otros” pueden ser del mismo edificio o de otros lugares; de la misma raza o
de raza distinta; de la misma religión o de otras religiones; de la misma
posición social o de niveles diferentes; de la misma nación o de países cercanos
o lejanos; de mayor o menor edad, con salud o sin ella, etcétera.
Cada
uno de “los otros” merece respeto simplemente en cuanto ser humano. Desde luego,
algunos de ellos pueden llegar a tener comportamientos reprobables, y resulta
oportuno enseñar a los hijos que ciertas cosas que ven no son correctas. Pero
ello no quita el ver maneras para que los hijos reconozcan que, en la gran
diversidad humana, es necesario tener siempre una actitud de acogida benévola
hacia el otro.
Pensemos, por ejemplo, en la distinción entre hombres y
mujeres. Hay niños varones que, desgraciadamente, se acostumbran a criticar a
las mujeres, incluso a despreciarlas o a tratarlas como seres menos capaces,
condenados de por vida a someterse a los hombres. Puede ocurrir algo parecido en
las niñas, que piensan que casi todos los hombres son seres informales,
violentos, dejados, agresivos, borrachos.
Los padres necesitan estar muy
atentos a evitar este tipo de discriminaciones. El trato que reine entre ellos,
lo que diga él sobre la madre y sobre las mujeres, lo que diga ella sobre el
padre y sobre los hombres, puede dejar una huella profunda en los hijos. Si los
padres saben apreciar al sexo diferente, si van más allá de un mal uso de las
etiquetas “hombre/mujer” para ir a los corazones, si ayudan a los hijos a
corregir cualquier comentario “machista” o “feminista” impropio con
explicaciones asequibles a cada edad, será mucho más fácil que los pequeños y
adolescentes tomen actitudes correctas ante la riqueza dual de la sexualidad
humana.
Otra distinción se refiere a las diversidades raciales y
sociales. Hay lugares en los que las dos cosas parecen coincidir: los que
pertenecen a una determinada raza suelen ser de condición social más elevada o
más empobrecida, aunque no siempre es así.
Los padres están llamados a
ayudar a los hijos a no despreciar a nadie por ser de raza o posición social
distinta de la propia. La bondad o maldad de los corazones no depende ni del
color de la piel ni de la cantidad de dinero almacenado en el banco. Por eso, a
la hora de mirar por la calle o en la televisión al “diverso”, los padres pueden
ofrecer juicios sobre cómo mirar y respetar a todos, en sus personas y en sus
actuaciones, con la idea clara de que el nivel social no determina ningún acto
bueno o malo. Los comportamientos nacen de los corazones, y los corazones no son
ni blancos ni negros, ni capitalistas ni proletarios.
Un ámbito
importante a tener en cuenta es el de la existencia de distintos niveles
intelectuales y de discapacidades físicas. Es triste encontrar a niños y
adolescentes que desprecian a compañeros o a adultos porque les falta una mano,
o porque padecen del enfermedades congénitas, o porque tienen el rostro quemado.
Como también es triste que desprecien al compañero que tartamudea en clase, o
que siempre suspende en inglés, o que es malo en los deportes. También hay
lugares en los que el despreciado es el “intelectual”, el más listo, que recibe
continuas humillaciones de sus compañeros de aula.
La familia necesita
convertirse en un auténtico “hospital” para curar este tipo de discriminaciones
tan presentes en nuestras escuelas. Los padres pueden pedir a sus hijos que
inviten a compañeros a clase, observar prudentemente cómo los tratan, y ver si
hace falta, en un momento de calma, dar una palabra de corrección ante actitudes
intolerantes, o alentar a mantener el buen espíritu si éste ya existe entre los
hijos. Igualmente, a través del diálogo con los profesores, pueden conocer mejor
cómo se comportan sus hijos en el grupo y si hace falta insistir más en una
profunda educación en el respeto hacia todos.
Algo muy útil, realizado
con mucha delicadeza por no pocas familias, es visitar en los hospitales a
personas enfermas, o a lugares de atención a ancianos necesitados de un rato de
cariño. De este modo, los hijos aprenden a descubrir cuántas riquezas humanas se
esconden bajo apariencias sencillas, rostros arrugados o cuerpos reducidos poco
a poco por enfermedades paralizantes.
Cada familia puede ayudar mucho a
crear sociedades más justas y más respetuosas. Ayudar a descubrir que cada ser
humano, desde su concepción hasta su muerte, es siempre digno de respeto, será
siempre la mejor enseñanza que un hogar ofrezca a los niños de hoy. Gracias a
ellos, podremos preparar nuevas generaciones que construyan un mañana con menos
discriminaciones y con mucho más amor.
Tags: familias