este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
En aquel tiempo, entre los que habían llegado
a Jerusalén para dar culto a Dios con ocasión de la fiesta, había algunos
griegos. Estos se acercaron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y
le dijeron. «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe se lo dijo a Andrés, y los dos
juntos se lo hicieron saber a Jesús. Jesús contestó: «Ha llegado la hora en que
Dios va a glorificar al Hijo del hombre. Yo les aseguro que si el grano de trigo
que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto
abundante. Quien aprecia su vida terrena, la perderá; en cambio, quien sepa
desprenderse de ella, la conservará para la vida eterna. Si alguien quiere
servirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquél que me sirva
será honrado por mi Padre. Me encuentro profundamente angustiado; pero, ¿qué es
lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he
venido precisamente para aceptar esta hora. Padre, glorifica tu nombre».Entonces
se oyó esta voz venida del cielo: Yo lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
De los que estaban presentes, unos creyeron que había sido un trueno; otros
decían: Le ha hablado un ángel. Jesús explicó: Esta voz se ha dejado oír no por
mí, sino por ustedes. Es ahora cuando el mundo va a ser juzgado; es ahora cuando
el que tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo en vez que haya sido
elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacía mí. Con esta afirmación, Jesús
quiso dar a entender la forma en que iba a morir.
Catholic.netReflexión
¿Has visto alguna vez cómo germina una semilla de
trigo para que nazca una nueva espiga? Seguro que no. Porque eso nunca se ve.
Todo sucede debajo de la tierra. Sólo podemos ver, si acaso, cuando el tallito
de la nueva espiga comienza a despuntar en el campo. Pero todo el proceso de
germinación permanece oculto a nuestros ojos. Primero tiene que caer el grano de
trigo en el surco, morir y podrirse bajo tierra para luego dar origen a una
nueva espiga.
En el Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma,
nuestro Señor nos habla del misterio de la vida y del secreto de la fecundidad
espiritual: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Es la necesidad de morir para tener
vida. Este tema nos introduce directamente en las celebraciones de la Pascua,
que estamos ya para conmemorar y revivir dentro de una semana: el misterio de
nuestra vida a través de la muerte de Cristo.
El domingo pasado
escuchábamos decir a Jesús que como la serpiente en el desierto, así tiene que
ser levantado también Él para darnos vida eterna. Y hoy vuelve a afirmarlo sin
rodeos: “Y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
Nuestro Señor tenía muy presente esta hora suprema de su vida, y sabía que había
venido a la tierra precisamente para cumplir esta misión. Es más, siente una
santa ansiedad por que llegue cuanto antes el momento de nuestra redención, como
lo diría en otro lugar: “Yo he venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero,
sino que arda? Tengo que recibir un bautismo de sangre, ¡y qué angustia hasta
que se cumpla!” (Lc 12, 49-50). Pero, a pesar de su conciencia mesiánica, la
sensibilidad humana de Jesús no deja de experimentar una profunda turbación
interior en el duro trance de su pasión: “Ahora mi alma se siente turbada, y
¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero es para esta hora para la que yo
he venido! Padre, glorifica tu nombre”.
Muchos teólogos han visto en
estas palabras de Cristo, con gran razón, como una anticipación de lo que sería
su agonía en el huerto de Getsemaní. Pero nuestro Señor no se echa para atrás.
Él “ofrecerá su espalda a los que lo golpeaban y sus mejillas a los que le
arrancaban la barba” –como diría el profeta Isaías, refiriéndose a los
sufrimientos del Siervo de Yahvéh (Is 50,6)–. Y, contrariamente a lo que
nosotros pudiéramos pensar –si juzgamos según los criterios del mundo– es en
esta humillación suprema de su pasión y de su muerte en cruz cuando llega al
culmen de su “glorificación”.
Ya había anticipado esta idea durante su
transfiguración sobre el monte Tabor. Pero, paradójicamente, será en el Calvario
en donde toque el ápice de su plena glorificación como Mesías y como Redentor:
“He aquí que mi Siervo prosperará, será elevado, ensalzado y puesto muy alto”.
Así introduce Isaías el cuarto cántico del Siervo de Yahvéh (Is 52,13). Y a
continuación describe toda la ignominia de sus sufrimientos y humillaciones.
¡Así son los planes de Dios, tan contrarios –y contradictorios– a los
pensamientos de los hombres! (Is 55,8). Su exaltación sobre la tierra se
realizará en la cruz. Y de esta manera llevará a plenitud su obra mesiánica y
redentora.
¡Sólo quien contempla este misterio con fe puede llegar a
comprenderlo! De lo contrario, es un absurdo. Por eso la cruz fue piedra de
escándalo para los judíos y locura para los paganos; pero poder, sabiduría de
Dios y salvación para los cristianos (I Cor 1, 22-25). Si nosotros no queremos
escandalizarnos ni rebelarnos cuando nos visite la cruz y el sufrimiento en
nuestra vida –y todos tenemos nuestras horas de amargura y de dolor, ¡todos!–
necesitamos la fe ante este misterio. Sólo si nos abrazamos con fe y con amor a
Cristo Crucificado, seremos capaces de vivir con paz y serenidad nuestra propia
existencia. Porque sólo la cruz, aceptada con fe, con humildad y dócil
resignación, como Jesús y como María Santísima, dará sentido a nuestro dolor y a
toda nuestra vida.
Éste es el misterio de la fecundidad y de la grandeza
del cristianismo: por la muerte llegamos a la vida, por el sufrimiento al gozo,
por la cruz a la resurrección. Es ésta la lección más importante que nos ha dado
Jesucristo con su Pasión y la fuerza necesaria para seguir sus huellas,
recorriendo su mismo camino. Éste es el poder de nuestra fe, el que vence al
mundo y nos da vida eterna. ¡Te adoramos, oh santísimo Cristo y te bendecimos,
que por tu santa cruz redimiste al mundo!
Fuente: Catholic.net Autor: P. Sergio A. Córdova LC