Siglo I d.C. En el camino de Damasco va un hombre con un ideal
fijo en la mente: acabar con los cristianos. Su espíritu decidido era capaz de
desafiar cualquier obstáculo, nadie podía detenerlo.

En un instante, su
vida cambió por completo. Aquel hombre cayó en tierra, una luz brillante bajó
del cielo, sintió que una voz le llamaba y sus ojos comenzaron a nublarse…, era
el inicio de su conversión. A partir de entonces este guerrero, llamado Saulo,
consideró “pérdida” y “basura” todo aquello que hasta entonces había consistido
para él la razón de su existencia (Cf. Flp. 3,7-8).
Tal vez parezca esta
escena algo que raya en lo poético, olvidando lo que verdaderamente significó la
conversión para san Pablo. Si poco nos habla de este acontecimiento es porque
era consciente de lo que había sido: un encuentro que supuso para él una
“muerte”. Él no escribió poesía, grabó con sangre y esfuerzo el camino que lo
llevó hacia Dios.
No todo ocurrió de la noche a la mañana. Fue una
batalla, un morir poco a poco a sí mismo para despojarse del hombre viejo.
¡Cuánto le debió haber costado! San Pablo tuvo que luchar contra ese pesimismo
que es capaz de ofuscar a todo persona y que sólo deja ver lo malo en la prueba,
el dolor en la dificultad, la muerte en el hombre.
¿De perseguidor a
fiel seguidor de Cristo? ¿De judío observante a evangelizador? ¿Qué iban a
pensar los demás? Pero el Apóstol supo confiar, sabía que aquella Luz que lo
había dejado ciego, estaba transformado su vida: “Yo no me avergüenzo, pues sé
en quién he puesto mi confianza y estoy persuadido de que tiene poder para
asegurar hasta el último día el encargo que me dio” (2Tm 1,12-13).
San
Pablo nos enseña que la conversión no es el resultado de un proceso psicológico,
sino de una experiencia vivida. Después que Cristo se apareció a Pedro, a los
doce, a Santiago y a todos los apóstoles, también se le apareció a san Pablo,
como él mismo lo cuenta: “y por último también se me apareció a mí, como a un
aborto” (1Co 15,8). Así nos da a entender que este acontecimiento fue el
fundamento de su nueva vida. Sólo de esta manera podemos entender este cambio
tan radical en la forma de vivir.
La misma voz que llamó a san Pablo
hace veinte siglos sigue hablando hoy a nuestros corazones. Tal vez la luz de
Cristo no se nos presente de esa manera tan fascinante y arrolladora como lo
hizo con él. Su luz sigue bajando a la tierra, pero la mayoría de las veces bajo
la forma de pequeñas centellas de vida ordinaria: el buen ejemplo de una
persona, la lectura de la Sagrada Escritura, un pobre que extiende su mano y
pide nuestra ayuda.
Los caminos de Damasco son tan variados, como lo son
también las personas. Cristo resucitado se sigue apareciendo a nosotros, pues
siempre hay algo en nuestra vida que nos invita a rectificar: la manera de
tratar a quien nos es antipático, obedecer con alegría a quien nos desagrada,
comprender a quien nos impacienta, etc. Por eso, la conversión no es obra de un
día, ni empresa terminada, sino que es un proceso que concluye con la misma
muerte.
Este es el testimonio de san Pablo. La conversión no es madurez
de pensamiento, no es poesía, sino es un encuentro con la Vida. Esta experiencia
supone muerte, sí; pero una muerte que es preludio de una vida nueva
mejor.
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