viernes, 24 de abril de 2009
Catholic.net
Juan 6, 1-15 Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar
de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales
que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía
de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al
levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe:
«¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle,
porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de
pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos,
Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes
de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se
recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los
hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de
dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces,
todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los
trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce
canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que
habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es
verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que
intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al
monte él solo.

Reflexión
Catholic.net
Entre los personajes que intervienen en la escena evangélica, además del
Maestro, los apóstoles y la multitud, el muchacho de los panes y los peces pasa
muy desapercibido en el relato. Apenas se menciona, pero su presencia y
generosidad fueron claves para que Jesús obrara el milagro.
De hecho,
cuando Felipe le señala, bien hubiera podido decir: "Aquí hay un muchacho que
tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero no sé si quiera entregarlos y, de
cualquier modo, ¿qué es eso para tantos?"
Todos los milagros de Jesús
requirieron de la fe de quienes los pedían. Éste, además, requirió de la
generosidad de aquel muchacho. Como si quisiera decirnos con ello el
evangelista, que para obtener el milagro de la propia conversión o del propio
progreso espiritual y humano, siempre se requiere generosidad. Darlo todo, y
darlo de corazón.
Igualmente, cuando se trata de la ayuda a los demás,
muchas veces tenemos en nuestras cestas los cinco panes y dos peces que necesita
nuestro prójimo. A veces es una limosna, a veces es ceder el paso en la calle o
una simple sonrisa que devuelva la confianza a nuestros hijos o compañeros de
trabajo, después de que hemos sufrido algún percance.
Los cinco panes
son, sin duda, una representación de los talentos que Dios nos ha regalado. Sólo
en la medida en que los demos a los demás, fructifican y rinden todo cuanto
pueden. Si los guardamos para nosotros mismos, pueden echarse a perder. Hay que
recordar que el milagro comienza cuando aquel muchacho cedió al Maestro sus
panes, para que diera de comer a toda una multitud...
Tags: Evangelio diario