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Quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad
Vivimos quizá una época histórica en la que hemos visto
cómo grandes utopías han quebrado. Ahora, se mantiene vigente más
bien –como señala José Antonio Marina– una utopía sin pretensiones,
que había permanecido latente, oscurecida por la prepotencia de las
demás. Se trata de la utopía ingeniosa. La nueva humanidad
se siente cómoda en un ambiente poco agresivo, tolerante, en
el que los individuos, liberados por desligación de la influencia
de los demás, se disponen a probarlo todo. Se ha
abolido lo trágico y se navega con soltura en una
afectividad ingeniosa: divertida, no comprometida, y devaluadora de lo real.
Nuestro siglo (el
pasado), que ha sido, posiblemente, el más sangriento y trágico
de la historia, justifica el descrédito de la seriedad, porque
en el origen de las grandes tragedias que nos han
conmovido aparece siempre alguien que se tomó algo demasiado en
serio, fuese la raza, la nación, el partido o el
sistema. La sociedad desconfía, con razón, de todo fanatismo. Hay
un valor máximo, que es la libertad, y el resto
son procedimientos para conseguirla. Le cuesta admitir cualquier afirmación sostenida
con vigor. Cualquier norma excesivamente definida le asusta. Busca el
vagabundeo incierto, el buen humor. Odia los tonos regañones y
gruñones. Una consigna tácita nos ordena no tomar nada en
serio, ni siquiera a nosotros mismos. Hemos descubierto las ventajas
de la anestesia afectiva, todos somos divertidos, la publicidad adopta
un tono humorístico, las costumbres son desenfadadas, las modas ingeniosas.
Nada se libra de la atracción de la levedad.
Es cierto que hay
que reconocer grandes conquistas a esta mentalidad. Entre otras cosas,
haber barrido —literalmente— a toda una fauna de personajes bastante
ridículos y prepotentes. Hay que reconocerlo y agradecerles sus servicios.
Sin embargo, es
fácil comprobar que esa actitud de levedad produce frutos ambivalentes:
pretende fortalecer el Yo, y acaba, sin embargo, propugnando un
Yo débil, fluido e insolidario; en vez de exaltar la
creatividad, que es lo que pretendía, engendra un sujeto errático
y pasivo.
La huida de la realidad convierte al hombre
en simple espectador de su vida. El rechazo del compromiso
abre paso a una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual
el hombre es lo que le da la gana, es
decir, lo que se le ocurre, es decir, una ocurrencia
imprevisible. Las equivalencias impiden la elección, porque aunque hay abundantes
solicitaciones, todas son equiparables y de carácter efímero.
Eludir el compromiso es eludir
la realidad. Es ineludible comprometerse porque la vida está llena
de compromisos: compromisos en el plano familiar, en el profesional,
en el social, en el afectivo, en el jurídico y
en muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos:
quien pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es
libre: es un prisionero de su indecisión.
Saint-Exupéry dijo que la valía de
una persona puede medirse por el número y calidad de
sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en algún momento
de la vida resulta costoso y difícil de llevar, perder
el miedo al compromiso es el único modo de evitar
que sea la indecisión quien acabe por comprometernos. Quien jamás
ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse,
no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad.