Se equivocan los ministros católicos estadounidenses que proponen la abolición del celibato como medida para reducir los casos de pederastia. Ni siquiera hay correlación entre la forma elegida de vida y la incidencia de esa podredumbre. Los casos de abusos sexuales a menores es cuatro veces más alta entre ministros de otros cultos fuera del régimen del celibato y aún mayor tratándose de hombres padres de familia; pero sobre todo se equivocan porque no entienden el sentido del celibato ni parecen estar a la altura de la santidad para vivirlo.
El celibato no es gracia ni virtud de la mayoría sino de una minoría selecta, dotada de una estructura personal propia, a la que esta gracia, esta virtud, no hace violencia. Si el reino de Dios no es de este mundo, tampoco lo son, de alguna manera, sus embajadores. A ellos concierne dar testimonio de aquel reino precisamente con su forma desprendida de vivir esta vida.
El sacerdote por darse entero a Dios y a sus hermanos los hombres renuncia todos los días a sí mismo; renuncia a hacer una familia que distraiga su atención de esa otra gran familia que él adopta para salvar a través de la administración de los sacramentos, de su consejo y del testimonio de su vida, y que significativamente lo acoge con el cariñoso mote de "padre". Que muchos no puedan entender esta vida en permanente donación del sacerdote célibe se explica fácil: el mundo en que vivimos, orgulloso de las humanas conquistas está privado de la sensibilidad para entender las sublimes conquistas del espíritu. Tampoco pueden entender el lado dócil del celibato en gozosa donación a Dios, castidad vivida y no por desprecio del don de esta vida sino por el aprecio superior a otra de mayor calibre. No se esperaba que lo entendieran todos sino precisamente aquellos que necesitaban entenderlo.

Quienes pugnan por abolir el celibato han argumentado también sobre la conveniencia de que los sacerdotes tengan la experiencia de la vida matrimonial para saber aconsejar matrimonios, lo que es tanto como suponer que el médico deba haber padecido cada enfermedad para saber curarla. El sacerdote no necesita estar casado para predicar la palabra de Dios que enseña el amor, la caridad, la entrega, el sacrificio y el perdón, conceptos fundamentales de un matrimonio cristiano, como tampoco necesita estar casado para conocer la sustancia del amor.
El ministerio del sacerdocio tiene en Jesucristo el modelo directo y el supremo ideal. Jesucristo, en plena armonía con su misión, permaneció toda su vida en estado célibe para dedicarse absoluta y totalmente al servicio del Padre y de los hombres, estado que Jesús mismo exigió de los pescadores que reclutó para hacerlos sus apóstoles al pedirles que dejaran todo y lo siguieran y así se hicieran pescadores de hombres.