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Catholic.netA todos los miembros y amigos del Movimiento Regnum Christi
Muy
estimados en Jesucristo,
Resurrectio Domini, spes nostra! La
resurrección del Señor es nuestra esperanza. Con estas palabras el Santo Padre,
Benedicto XVI, ha felicitado ayer a todos los cristianos por la solemnidad de la
Pascua. Quisiera aprovechar esta carta para compartir sencillamente algunas
reflexiones espirituales sobre este misterio central de nuestra fe y expresarles
también mi más cordial felicitación, esperando que el Señor Resucitado llene sus
almas de la más profunda alegría.
Una gran ayuda para vivir con más
fruto espiritual estos días ha sido estar a la escucha de lo que el Papa nos ha
transmitido con su palabra en las diversas celebraciones. El domingo de Ramos
habló a los jóvenes que participaban en la Jornada de la Juventud sobre la ley
fundamental de nuestra existencia, definida así por Cristo: «El que se ama a sí
mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará
para la vida eterna» (Jn 12, 25).
Desarrollando esta idea, el Papa
explicaba cómo sólo en la entrega desinteresada «nuestra vida se ensancha y se
engrandece». Es el principio del amor, íntimamente ligado al misterio de la
cruz: «el amor significa dejarse a sí mismo, entregarse, no querer poseerse a sí
mismo… mirar adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone
a mi lado» (Homilía, 5 de abril de 2009).
Estos días santos nos han
unido también a tantas personas que experimentan el sufrimiento físico o moral.
Hace una semana, un violento terremoto sacudió a la región italiana de Abruzzo
causando casi 300 muertes, miles de heridos y dejando a decenas de miles de
personas sin hogar. Un grupo de sacerdotes legionarios y miembros del
Movimiento, han estado colaborando con voluntarios de numerosas asociaciones
católicas, estatales y civiles, para llevar ayuda material y consuelo
espiritual.
Como leemos en el relato de la oración en el huerto de
Getsemaní, también nosotros quisiéramos ser para los hombres que más sufren como
ese ángel que se acercó a consolar a Jesús mientras oraba con angustia y dolor.
«Mi alma está triste…» (Mc 14, 34) llegó a decir Cristo antes de su Pasión.
Recordamos también en nuestras oraciones al señor Julio Max Fernández,
miembro de Familia Misionera, a quien Dios ha llamado a su presencia durante
estas misiones de Semana Santa. Nos unimos en la oración al dolor de su familia,
con el consuelo de saber que goza ya de la felicidad que estaba anunciando. Las
misiones son una ventana al cielo. En el dolor y en las pruebas, el ejemplo de
Cristo nos lleva a abrazar la Voluntad del Padre con amor. Si Dios es fiel, si
Cristo murió y resucitó por nosotros, entonces todo es posible.
Agradecemos a Dios de todo corazón que durante esta Semana Santa nos
haya permitido conmemorar los misterios de nuestra redención, que tienen su
culmen en el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. La mayor
tristeza en el hombre es precisamente el pecado, porque separarnos de Dios nos
divide, nos entristece y nos aleja de los hombres nuestros hermanos
Nuestras faltas se reparan con la oración sincera y humilde, como la del
publicano, que no se atrevía a levantar la cabeza. Se reparan también con la
penitencia, que es una forma de decirle a Dios que nos duele haberle ofendido.
Pero sobre todo se reparan con la virtud de la caridad. Ese fue el mandamiento
nuevo que nos dejó en el discurso de la última cena: «Amaos los unos a los otros
como yo os he amado» (Jn 15, 12); «si amáis a los que os aman, ¿qué mérito
tenéis? […] haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio» (Lc 6, 32).
¿Cómo puede agradar a Dios que oremos y hagamos sacrificios, si no vivimos la
caridad?
¡Cristo vive! Estas dos palabras dan sentido a nuestra vida y a
nuestra misión. Resuenan las palabras de san Pablo que nos llenan de confianza:
«Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde
está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba» (Col
3,1). Así aprendemos a vivir con los pies en la tierra, pero con la mirada
puesta en el cielo, que es nuestra casa definitiva. El que confía y mira el
cielo, transmite gozo y paz, en medio de cualquier situación.
A todos
nos ayuda meditar, especialmente en este tiempo pascual del año paulino, en el
testimonio del Apóstol. ¿Qué significaba para él “ser apóstol”? En una de sus
catequesis, Benedicto XVI afirma que son tres las características principales
que lo constituyen como tal: ser llamado, ser enviado y anunciar el Evangelio
(cf. Audiencia general, 10 de septiembre de 2008).
Primero, el ser
llamado, «haber visto al Señor» en el encuentro personal decisivo que cambia la
propia vida (cf. 1Co 9, 1). Nadie es apóstol por su propia decisión ni por sus
propios méritos. Somos apóstoles «por vocación» (Rm 1, 1). Para san Pablo, ésta
fue la experiencia del camino de Damasco, cuando Jesús, a quien él consideraba
definitivamente muerto, se le presentó de repente vivo y lleno de gloria: «Yo
soy Jesús a quien tú persigues» (Hch 9, 5). ¡Amigos de Cristo! Éste es el don
más grande de nuestra vida.
Señor, quédate con nosotros. Nunca te vayas
de nuestros corazones, porque sin ti nuestra vida es oscura y llena de
confusión. Contigo todo es luz y nuestro corazón descansa en paz. Cuando te
amamos, Jesús, nos damos cuenta lo mucho que nos amas. Gracias, Señor Jesús, por
ser tan bueno. Gracias por habernos creado y redimido por amor.
La
segunda característica del apóstol es ser enviado. En sus cartas, san Pablo se
define «colaborador de Dios» (1Co 3, 9) y «embajador de Cristo» (2Co 5, 20).
Cuando hablamos de “misión”, sabemos que no se trata de ir a un lugar o a otro,
sino de llevar a Cristo. Y éste es el verdadero descanso del cristiano, llevarlo
a Él. Con Él todo se suaviza y la carga, por más pesada que sea, se hace ligera.
Como dice un salmo: «Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza» (Sal 18, 2).
En tercer lugar, el apóstol es quien, siendo llamado y enviado,
efectivamente anuncia el Evangelio. En estas semanas del tiempo pascual, la
liturgia nos propondrá frecuentemente pasajes de los Hechos de los Apóstoles, en
los que podemos comprobar con cuánta audacia y generosidad los apóstoles se
entregaron a su misión de evangelizar. Todos somos instrumentos, y nuestro
modelo siempre es Cristo. Y así lo fue san Pablo para las numerosas comunidades
que fundó. Él se sabía portador de un mensaje que no podía callar ni guardar
para sí mismo.
Señor, que nuestra pasión por predicarte brote de un
corazón que ama. Es imposible conocerte y no transmitirte, como cuando amamos a
alguien y nuestro corazón no puede sino pensar, hablar y hacer lo posible por la
persona amada. Predicarte a ti es encontrarnos a nosotros mismos, porque te
llevamos en el corazón y Tú nos creaste para ti.
San Pablo es patrono de
los miembros del Regnum Christi porque su única pasión es Cristo y por eso es
también modelo de todo apóstol. «Cristo fue la única fuerza, la única pasión de
amor que alentaba y sostenía sus luchas, sus sufrimientos y su entrega a la
misión. Así pudo llegar a decir: “para mí la vida es Cristo” (Fil 1, 12) y “si
vivo, ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Y fiel hasta la
muerte se dedicó a amar y predicar a Cristo con toda la pasión de su corazón»
(Manual del miembro del Movimiento Regnum Christi, 149). Como él, buscamos
encontrarnos con Cristo, no como un personaje histórico lejano, sino como
persona viva y real.
Como san Pablo, nos sabemos enviados a anunciar el
Evangelio. Acabamos de vivir la experiencia extraordinaria de las misiones de
Semana Santa organizadas por Juventud y Familia Misionera. Gracias a Dios, cada
año hay más miembros del Movimiento y participantes que predican a Cristo con
toda la pasión de su corazón en estos días tan llenos de bendiciones y también a
lo largo del año.
Cuántos misioneros han recorrido las calles de miles
de pueblos en tantos países, tocando puerta por puerta. Sus rostros, cansados
pero felices, nos enseñan que la fe se fortalece dándola y que «hay más alegría
en dar que en recibir» (Hch 20, 35). Señor, danos la valentía de tu fe, para que
cuando nos vean a nosotros, no se queden con nosotros, sino contigo, a ejemplo
de san Juan Bautista, que encontró la plenitud de su vocación en que Tú
crecieras, buscando él mismo disminuir.
Es verdad, la espiritualidad del
Movimiento «está fuertemente marcada por un hondo sentido de la misión. El “¡ay
de mí si no predicara el Evangelio!” no puede dejar de resonar en el corazón de
todo miembro del Regnum Christi. Cada uno debe ser una llama que encienda el
fuego del amor de Cristo en su entorno: ¡A Cristo le faltan brazos! ¡A Cristo le
faltan pies! ¡A Cristo le faltan lenguas! Los apóstoles del Reino han de ofrecer
los suyos incondicionalmente para trabajar por los intereses de Cristo y de su
Iglesia» (MMRC, 100).
Es esto lo que debemos buscar, no sólo con las
misiones de evangelización, sino con toda nuestra vida, con el testimonio que
podamos dar, a pesar de nuestros límites personales; con nuestras palabras,
siempre llenas de bondad; con nuestras obras de caridad, con nuestro trabajo por
construir la civilización de la justicia y el amor. Como para san Pablo, ser
apóstoles debe ser para nosotros un estilo de vida, pues no podemos concebir el
ser cristianos sin esta dimensión esencial. Nuestra misión no es un momento del
día ni un período del año. La misión es más que un programa o un proyecto,
incluso es más que una doctrina.
¡Es una Persona! Es Cristo. Señor,
ayúdanos a predicarte con humildad. No queremos predicarnos a nosotros mismos ni
ser protagonistas. Queremos que venga tu Reino de amor a todos los hombres.
Queremos ser como una hoja en blanco en la que Tú escribas y hagas lo que
quieras para el bien de nuestros hermanos.
Los hombres necesitan a
Cristo y por eso el mundo necesita apóstoles santos. El pasado mes de marzo tuve
la enorme alegría de participar en el Encuentro de Juventud y Familia de Puebla
(México). Recuerdo la pregunta de un joven: «¿Qué es lo que Dios espera del
Movimiento en estos momentos?». Es una pregunta que todos los días le hemos de
hacer a Jesucristo y Él nos responde que espera nuestra santidad, que no
tengamos miedo a la santidad, a dar nuestras vidas y a abrazar la cruz. La cruz
se nos presenta de modos tan diversos e inesperados, a veces humillantes, pero
así nuestra respuesta es más auténtica y pura
Él espera de nosotros lo
que esperó de sus apóstoles, que seamos un espejo suyo, que cuando los demás nos
vean puedan decir que están viendo la mirada de Cristo, que nos amó hasta el
extremo. Espera que vivamos el mandato de la caridad, que seamos un solo corazón
y una sola alma para colaborar con todas las personas de buena voluntad en la
construcción de un mundo más unido, donde el bien triunfe sobre el mal.
Yo creo que no tenemos que cansarnos de pedir en la oración a Dios
nuestro Señor que nos conceda un corazón como el de su Hijo; que busquemos tener
los mismos sentimientos, los mismos pensamientos y palabras de Jesús. Así lo
pedimos cuando hacemos la señal de la cruz, sobre nuestra frente, nuestra boca y
nuestro corazón. Queremos verlo todo desde el corazón de Jesucristo, que es
nuestro modelo.
Jesucristo nos enseña que la vida es para pasar
haciendo el bien, pensando bien, hablando bien, dando no sólo lo que tenemos,
sino sobre todo lo que somos. El P. Escribano, uno de los primeros cofundadores
de la Legión que falleció en Chile hace casi tres años, solía decir: «el bien no
hace ruido y el ruido no hace bien», y tenía mucha razón. Dicen que hace más
ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Así es el bien, silencioso, pasa
desapercibido, no hace ruido ni es noticia, pero ahí está. Nadie nota de un día
para otro que un bosque ha crecido, pero el tiempo se encarga de evidenciarlo.
Creo que, en esta Pascua, Dios nos está pidiendo una respuesta de mucho
valor y de mucho amor. El miércoles, antes de comenzar el triduo santo, el
cardenal Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, quiso celebrar la
Eucaristía con nosotros y animarnos precisamente a esto, a vivir centrados en
Cristo, que es lo esencial de nuestra vida. Hacen falta corazones bien
arraigados en la fe, que se preocupen más por la salvación y el bien de sus
hermanos que por el propio bien e incluso la propia realización.
Nos
toca escribir este capítulo de la historia del Movimiento con la vivencia de la
caridad, de la verdad, de la benedicencia y de la humildad. Nos toca vivir con
un gran amor a la Iglesia y llenos de celo apostólico, conscientes de que somos
instrumentos de un plan maravilloso de Dios para la salvación de nuestros
hermanos. La misión nos sobrepasa y esto nos hace poner nuestra confianza en Él
y no en nuestras propias fuerzas, que no bastan.
María, gracias por
habernos dado a tu Hijo, por enseñarnos a amarlo. ¿Qué habrás sentido a los pies
de la cruz, cuando contemplabas su agonía y su mirada en medio de tanto dolor?
Él te veía y te decía que no te preocuparas, porque todo estaba por cumplirse y
porque así nos estaba abriendo las puertas del cielo. Tu dolor no te hizo
desesperar ni hundirte en la tristeza. Nos enseñaste el camino de la compasión y
de la fortaleza que provenía del dolor de tu corazón. ¡Gracias, Madre, por tu
fidelidad hasta la muerte! Danos el don de ser fieles a tu Hijo y de perseverar
en el amor. Esta mañana han recibido los ministerios del acolitado y del
lectorado, aquí en Roma, un grupo de casi cien religiosos legionarios que se
encuentran en los últimos años de preparación para su ordenación sacerdotal.
Agradezcamos mucho a Dios por el testimonio que nos dan con su generosidad y
pidámosle todos los días, para ellos y para todos los sacerdotes y religiosos,
el don de la perseverancia en su santo servicio. También hoy, 13 de abril,
recordamos el inicio de la vida consagrada masculina en México en 1975. Pedimos
mucho por las almas consagradas, por su vida santa y por el crecimiento en todos
aquellos que son llamados a seguirle por medio de esta vocación.
Gracias
a todos, por su testimonio de fidelidad y entrega. La única manera de
agradecérselo es siendo fieles. Cuenten con mis oraciones para que Dios los
bendiga siempre. Con sincera estima, quedo suyo afectísimo y s.s. en Jesucristo,