
Se dice que la diferencia entre el tercer mundo y el primero no la determinan las materias primas. Más bien, parece una diferencia marcada por la diversa concepción del ser humano. En concreto, por la forma de entender qué tipo de conducta es capaz de construir una sociedad donde sean posibles la justicia, la paz y el progreso. Si no se da con esa clave, la superlativa complejidad de la vida social no logra salir del caos, de la ley de la selva. Homero es el primero en entender a fondo esa complejidad y en descubrir las líneas maestras que debe trazar la lógica de la libertad inteligente. Su gran creación se llama Ulises. Mucho más que Aquiles o Héctor, Ulises es la respuesta de Homero a la más urgente de las preguntas: qué significa ser hombre. Una respuesta articulada sobre cuatro rasgos fundamentales: la justicia, la prudencia, la templanza y la fortaleza.
Ante todo orden
Este planteamiento, que discurre por Grecia y Roma y se suma al modelo cristiano, es la triple herencia que constituye la civilización occidental. El tercer mundo es, sobre todo, esa triple carencia. Sospecho que si Homero hubiera sido director de cine, no hubiera filmado la trepidante y anecdótica guerra de Troya, sino el periplo humanísimo e inolvidable del rey de Ítaca. Entre el Aquiles de la Ilíada y el Ulises de la Odisea hay una gran diferencia. El héroe de los pies ligeros es también el guerrero caprichoso y vengativo, capaz de cualquier desmesura irresponsable. Ulises, en cambio, es otra cosa. Tiene la fuerza y el poder de Aquiles, pero ambos resortes están ordenados por la prudencia y un sentido irrenunciable de la justicia. De paso, Homero lo presenta más atractivo que Brad Pitt y lo maquilla con un toque de sensibilidad que le lleva a ponderar su islote abrupto y pedregoso –eso es Ítaca– como una isla "hermosa al atardecer".
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