
La mayoría de los cambios se producen después de advertir en nosotros –siempre con cierta dosis de sorpresa– algo que nos desagrada.
Ese
descubrimiento nos produce un impacto emocional, más o menos
fuerte, que evaluamos, sobre el que reflexionamos, y que finalmente
nos hace decidirnos a dar un cambio.
La ventaja del propio conocimiento
Hay que cultivar una elevada sensibilidad personal que nos permita captar aquello que en nuestra vida no debe pasarnos inadvertido.
A su vez, esa percepción que cada uno tiene de sí mismo depende mucho de la que tengan los demás. De ahí la importancia de sentirse valorado y querido por quienes nos rodean, y por eso también gran parte de los trastornos afectivos tienen su origen en una deficiente comunicación con las personas más cercanas.
El arte de educar
Para evitar esos problemas, o para intentar subsanarlos, es preciso establecer buenas relaciones personales. Esto es aplicable a la familia, a las relaciones de amistad o vecindad, al ambiente de trabajo o a cualquier otro. Y en el caso de la enseñanza, o de la educación en general, muestra la importancia de lograr, en mayor o menor medida, la colaboración del interesado.
— Pero el problema, en muchos casos, es que precisamente el interesado está falto de motivación para cambiar.
Tienes razón, y quizá por eso la tarea de educar reviste a veces tanta dificultad, y supone un auténtico reto de ingenio y de paciencia, un verdadero arte. Para educar, y sobre todo en las edades más difíciles, los problemas de motivación son quizá los de mayor complejidad. Por eso las recetas de cambio fácil pueden llegar a resultar tan irritantes para quienes sufren esos problemas y están hartos de escuchar consejos que se empeñan en trivializar la realidad.
Salir del círculo vicioso de la desmotivación es uno de los retos más importantes y más difíciles para cualquier educador.
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