Esta sensación se repitió en las dos carreras más importantes de su vida. En ninguna de las dos recibió reconocimiento ni premios. Estas, distanciadas por lo años han marcado su existencia.
Lopez Lomong entró en el estadio olímpico de Beijing. Sucedía hace escasos meses en las Olimpiadas. Era el día de la inauguración. Lopez encabezaba la expedición de los deportistas norteamericanos llevando la bandera.
Su sueño estaba a punto de realizarse.
El 23 de agosto de 2008 tuvo lugar la final olímpica de atletismo de los 1500 m. Lomong hizo buenas marcas y logró clasificarse. Los corredores estaban listos en sus marcas. Gran expectación. En ese instante, bajo la tensión propia de una final, le vino a la mente aquella “carrera vital” hace tantos años. Los mismos sentimientos volvieron a aflorar en su corazón…
Deportado sin motivo
1991, sur de Sudán, África.
Lopez tenía seis años. “Recuerdo muy bien todo lo que sucedió”.
Se encontraba un domingo asistiendo a misa con sus padres en la iglesia católica de su pueblo. De repente un grupo de soldados armados irrumpió en el recinto. Lopez no entendía que estaba sucediendo. Todo pasó muy rápido. Los soldados, apuntando con armas, obligaron a los niños a subirse a un furgón. Fueron “deportados” a un lugar desconocido y encerrados en un recinto reducido. Ese día fue el último que Lopez vio a sus padres…
El plan era ir matando a los niños poco a poco. La poca comida que les daban estaba mezclada con arena, que al poco tiempo les produciría la muerte. Así sucedió con algunos del grupo. Uno de los niños más grandes, advirtiendo esto, recomendó a Lopez comer muy poco.
Libre... y a correr

“Al fin libre”. Lomong sintió con gran intensidad la necesidad de correr, de correr por su vida. “Run, baby, run”. Empezaba así la carrera más
importante de su existencia. Tres días y tres noches. Dado que era el más pequeño, los demás niños se turnaban cargándole.
Sin saber cómo llegaron a la frontera con Kenia. El recibimiento fue un interrogatorio. Posteriormente les ubicaron en un campo de refugiados. Allí pasó los siguientes diez años de su vida… Algunos años después diría sobre esos años: “La fe nunca estuvo lejos de mí. Sólo tienes que mirar al cielo y decir: ¡Gracias por este día! Sabía que mi familia estaba muerta, pero en el campamento volví a encontrar la felicidad”.
Un día, a sus 15 años, tuvo la fortuna de ver durante un rato la televisión. En esos momentos se retransmitían los juegos olímpicos del año 2000. Michael Johnson, famoso corredor de 200 y 400 m ganaba una carrera y emocionado recibía el galardón. En ese instante una llama se encendió en su corazón. Ese era su sueño: participar en unos juegos olímpicos. Aunque las posibilidades reales de realizar su sueño eran extremadamente limitadas, en su interior su fe y confianza le empujaban con fuerza.
Su fuerza interiorAlbert Einstein solía decir: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”. Y la voluntad, a su vez, tiene que estar empujada por una convicción interior. En el caso de Lomong era la confianza en Alguien que le guiaba.
Lomong ganó una medalla en los juegos olímpicos. No fue ni la de oro, ni la de plata, ni la de bronce. Ganó una medalla más valiosa: la de la confianza. Al “levantar” emocionado esta medalla Lomong alentó los corazones de muchas personas, que se convencieron de que los sueños se pueden hacer realidad si sabes en quién confiar.
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