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Fuente: Pontificia Academia de las Ciencias Sociales
Autor: Michel Schooyans

Su Excelencia Mons. Roland Minnerath
Arzobispo de Dijon
Miembro
de la Academia
Invitados a la Asamblea: Sir Tony Blair y Sir Gordon
Brown
En nombre de todos, deseo agradecer vivamente a Mons. Minnerath de
habernos ofrecido una exposición suntuosa. Esta comunicación está ciertamente
llamada a enriquecer la enseñanza social de la Iglesia sobre la cuestión de los
derechos del hombre. Ella comporta en particular una contribución extremamente
original sobre la cuestión crucial del fundamento de estos derechos. Se debe
decir que sobre esta cuestión de los derechos del hombre, y más precisamente de
los derechos subjetivos de la persona, hay una discrepancia - que Mons.
Minnerath analiza con una gran penetración - entre dos tradiciones: la de la
Iglesia, realista, y la de Ilustración, nominalista. Nuestro comentario
contendrá dos partes netamente distintas: la primera se deducirá de la
antropología filosófica. En la segunda, recurriremos más a la filosofía política
para mostrar la fecundidad de las tesis expuestas por Mons. Minnerath cuando
ellas son solicitadas para analizar problemas contemporáneos.
I. Los
derechos del hombre revisitados
Los derechos del hombre y la tradición
iluminista
La tradición de la Ilustración vinculó los derechos
subjetivos a una concepción radicalmente individualista del hombre y a diversas
teorías del contrato social. Esta tradición remonta ella misma a Guillermo de
Occam (~1285-1349), para quien Dios es sujeto de una voluntad totalmente
arbitraria, imprevisible puesto que indefinidamente cambiante. Es lo mismo para
el hombre, que es también, sujeto de voluntad, la cual varía según los intereses
y la utilidad del momento. Hobbes (1588-1679) aplica este nominalismo al derecho
y a la política. Él afirma que la ley procede de la voluntad del príncipe. Él
abre la vía al positivismo jurídico contemporáneo: es justo lo que el príncipe
afirma que es justo. Según esta tradición desarrollada y difundida por la
Ilustración, para que los hombres no se destrocen mutuamente, es necesario que
ellos renuncien a hacerse justicia ellos mismos y que se pongan de acuerdo para
instituir un dios mortal, el Leviatán, cuya función primera será definir lo que
es justo o injusto, lo que hay que creer o no creer.
Según las
expresiones más recientes de esta tradición, los hombres pueden aspirar a hacer
legalizar sus necesidades y sus deseos, cualesquiera que ellos sean. Ellos
podrán pedir al Leviatán de dar a tal necesidad el estatuto de un derecho. Dando
lugar a un derecho, tal necesidad o deseo se vuelve exigible. La razón no es
aquí ningún recurso, dado que no tiene la capacidad de acceder al conocimiento
de lo que es verdad, ni de lo que es justo. Combinado al individualismo, el
agnosticismo de principio, característico de esta tradición occamiana, desemboca
en una concepción puramente positivista del derecho. Sólo hay derechos del
hombre con tal que estos procedan de un consenso entre las partes en presencia.
Pero el procedimiento que se supone lleva a este consenso debe ser validado por
la voluntad general, expresarse en la norma suprema, postulada y llamada a
validar, o a invalidar, las voluntades particulares.
Los derechos del
hombre y la tradición realista
La tradición realista tuvo siempre la
preferencia de la Iglesia. Ella precede la tradición nominalista e iluminista, y
difiere profundamente de ella. Esta tradición realista reconoce la existencia de
un orden natural estructurado, conocible por la razón humana. El hombre ocupa un
lugar particular en el conjunto del mundo de los cuerpos. Sus deseos mismos se
inscriben en el orden natural. Ciertamente el hombre tiene necesidades, desea
vivir, pero sabe que es mortal. Sus necesidades no proceden del capricho de los
individuos. Ellas derivan de un orden natural, el orden de las criaturas, el
orden que rige la existencia humana. La protección de los hombres depende del
respeto del orden natural, querido por Dios. En la medida que concierne al
hombre, este orden natural se expresa en el derecho natural. Este protege la
vida humana, la dignidad de cada hombre, su libertad.
La antropología
tomista precisa que el hombre es, por naturaleza, una persona: un ser, una
realidad subsistente dotada naturalmente de una actividad racional. En virtud de
su naturaleza racional, el hombre es capaz de hacer opciones; es capaz de
jerarquizarlas. Estas opciones, las hace libremente, pero su libertad se
inscribe dentro de los límites de su naturaleza y por tanto del orden natural de
las cosas. El hombre no es dios por él mismo, ni tampoco por los otros. Los
límites de su libertad están inscritos en su corporeidad. Es lo que aparece por
ejemplo en la expresión « acto contra natura ». Esta expresión indica que tal
acto, el homicidio voluntario por ejemplo, es la expresión de un desorden, de un
mal uso de nuestra libertad. En ese caso, el hombre usa de su libertad para
intentar colocarse en fuente y en dueño del orden de las cosas corporales, del
orden inherente a su naturaleza creada.
Los seres humanos son semejantes;
tienen en común el estar dotados de razón y de voluntad libre. Ellos se inclinan
a la sociabilidad, están abiertos a la fraternidad por tanto y en cuanto se
conozcan y se reconozcan como realidades naturales, participando todos, a título
de analogados secundarios, a la existencia de Dios, analogado principal. El
hombre no es ni Dios, ni bestia. La dignidad de los hombres se origina en su
naturaleza común, que se realiza en una multitud de personas. El derecho natural
no es otra cosa que un enunciado razonable que tiene como finalidad dar a cada
uno lo que le corresponde en razón de lo que es verdaderamente: no un simple
cuerpo individual sino una persona.
Cuando se oculta o rechaza la
conexión entre el cuerpo y la persona, la palabra naturaleza cambia de sentido
al punto de volverse equívoca. Como Mons. Minnerath lo subraya con penetración,
la palabra naturaleza reenvía entonces a la corporeidad pura, cortada de la
persona. La palabra naturaleza reenvía aquí a seres corporales, pero inferiores
al hombre en el orden de las cosas corporales. La naturaleza en tanto que
esencia específica del hombre es aquí negada. Ya no hay orden natural, jerarquía
entre los seres. No hay más ejercicio de la razón para descubrir la ley natural
y el derecho en el cual esta se concretiza. Lo único que hay es la voluntad, el
poder de decidir sin referencia a la razón. Los límites de nuestra libertad,
aunque inscritos en nuestra corporeidad, son pura y simplemente ignorados. El
cuerpo, el cuerpo humano especialmente, es un simple objeto sobre el cual se
ejerce el imperio del individuo.
El derecho natural aquí es apagado. Es
asfixiado y reemplazado por un derecho resultante de la voluntad del sujeto. La
moral del ser racional es reemplazada por la ética situacionista de la elección
puramente voluntaria. El derecho ya no dice lo que es justo. Ya no dice la
ordenación de los seres para que las relaciones sean justas entre las personas.
Comienza por afirmar que, en adelante, no hay más límites a nuestra libertad.
Acoge luego como derechos, e incluso como « nuevos derechos » del hombre, actos
por los cuales él afirma, de una sola vez, su autonomía con relación a la
naturaleza humana entendida en el sentido de esencia específica, y su señoría
con relación a la naturaleza entendida como seres corporales no dotados de
razón.
Que esta concepción « moderna » de los derechos del hombre esté
rivalizando con la concepción realista clásica de la Iglesia, nos podemos
convencer fácilmente. La crisis de los derechos del hombre es un aspecto mayor
de la crisis de la razón. Basta con ver como, por el simple juego de las
voluntades consensuales, son introducidos y multiplicados numerosos « nuevos
derechos »: concernientes al aborto, la eutanasia, las manipulaciones genéticas,
la homosexualidad, el género, etc. Sería además fácil mostrar que esta
concepción de los derechos del hombre repercute también sobre las relaciones
económicas y sobre la sobreexplotación de los recursos naturales. No obstante,
mostraremos, a partir de la actualidad, como esta nueva concepción de los
derechos del hombre y de sus fundamentos repercute hoy día sobre las relaciones
internacionales.
II. Los derechos del hombre a prueba de las
relaciones internacionales
El mesianismo reinterpretado
La
elección de M. Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos suscitó
numerosas expectativas en el mundo entero. En los Estados Unidos, los electores
votaron por un presidente joven, mestizo y brillante. Se espera de él que, según
sus promesas, corrija los errores del presidente anterior. Se utilizaron incluso
fórmulas excesivas, afirmando, por ejemplo, que había llegado la hora de «
reconstruir » los Estados Unidos o de reorganizar el Orden internacional. Se
notará aquí la influencia de Saúl D. Alinsky (1909-1972; cf. Google), uno de los
mentores del nuevo presidente (y de Hillary Clinton). No faltaron celosos
admiradores del apuesto elegido, que diabolizaron al desgraciado presidente G.W.
Bush, recomendando que sea destruida, lo más rápido posible, la política que él
había articulado. Ahora bien, la administración Bush, si no le faltan méritos,
se caracteriza por fracasos reconocidos, incluso en el círculo más próximo de
ese presidente. Sin embargo, sobre un punto esencial y fundamental, el
Presidente Bush promovió una política digna de respeto y de continuidad: ofreció
al ser humano no nacido, como al personal médico, una protección jurídica,
insuficiente sin duda, pero eficaz.
Los electores que condujeron a
Barack Obama a la presidencia no percibieron la debilidad y la ambigüedad de las
declaraciones hechas por el candidato de ellos a propósito de este punto
decisivo. Aun más, una vez electo, una de las primeras medidas del Presidente
Obama fue revocar las disposiciones tomadas por el Presidente Bush para proteger
el derecho a la vida del ser humano no nacido.
El Presidente Obama
reintroduce así el derecho a discriminar, a apartar ciertos seres humanos. Con
él, el derecho de todo individuo humano a la vida y a la libertad no es más
reconocido ni menos aun protegido. El Presidente Obama contesta, en
consecuencia, la argumentación que fue invocada por sus propios hermanos de raza
en el momento en que ellos reivindicaron, a justo título, que fuese reconocido
el derecho de todos a la misma dignidad, a la igualdad y a la libertad. En su
variante prenatal, el racismo acaba de ser restaurado en los Estados Unidos.
El nuevo presidente arrastra así al derecho en un proceso de regresión
que altera la calidad democrática de la sociedad que lo ha elegido. De hecho,
una sociedad que se dice democrática, en la cual los gobernantes, invocando «
nuevos derechos » subjetivos, permiten la eliminación de ciertas categorías de
seres humanos, es una sociedad que ya se ha comprometido de pies y cabeza en la
ruta del totalitarismo. Según la Organización Mundial de la Salud, 46 millones
de abortos son realizados cada año en el mundo ( ). Al revocar
las disposiciones jurídicas que protegen la vida, M. Obama va a prolongar la
lista fúnebre de las víctimas de leyes criminales. El camino está abierto para
que el aborto se haga legalmente exigible. El derecho mismo podrá ser
precipitado en la indignidad cuando será instrumentalizado y acosado para
legalizar cualquier cosa, y puesto, por ejemplo, al servicio de un programa de
eliminación de inocentes. A partir de allí, la realidad del ser humano no tiene
más importancia en sí.
La consecuencia evidente del cambio decidido por
M. Obama es que el número de abortos va a aumentar en el mundo. El Presidente
Bush había cortado las subvenciones destinadas a programas comportando el
aborto, en particular al exterior de los Estados Unidos. La revocación de esta
medida por la nueva administración limita el derecho del personal médico a la
objeción de conciencia y permite a M. Obama aumentar los subsidios atribuidos a
las organizaciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, que
desarrollan programas de control de la natalidad, de « maternidad sin riesgos »,
de « salud reproductiva » que incluyen el aborto entre los métodos
contraceptivos que ellos promueven.
El Presidente Obama aparecerá por
tanto inevitablemente como uno de los principales responsables del
envejecimiento de la población de los Estados Unidos y de las naciones «
beneficiarias » de programas de control de la natalidad presentados como
condición previa al desarrollo. ¿Cómo un líder político bien informado puede
ignorar que una sociedad que aborta a sus niños es una sociedad que aborta su
futuro?
La medida tomada por Barack Obama está destinada a tener
repercusiones en el plano mundial. El « mesianismo » norteamericano tradicional
se jactaba de ofrecer al mundo el mejor modelo de democracia. Con el permiso de
matar legalmente a los inocentes, esta pretensión se está viniendo abajo. En su
lugar emerge un « mesianismo » que anuncia la extinción de los principios
morales que aparecen en la Declaración de la Independencia (1776) y en la
Constitución de los Estados Unidos (1787). En adelante es rechazada la
referencia al Creador. Ninguna realidad humana se impone ya en virtud de su
dignidad intrínseca. Prevalece desde ahora la voluntad presidencial. Según sus
propias palabras, el presidente no deberá más referirse a las tradiciones
morales y religiosas de la humanidad. Su voluntad es fuente de ley. A propósito,
¿qué piensa de ello el Congreso americano?
Ahora bien, puesto que el
peso de los Estados Unidos es el que pesa más en las relaciones internacionales,
bi y multilaterales, y especialmente en el marco de la ONU, se puede prever que
tarde o temprano, el aborto será presentado a la ONU como un « nuevo derecho
humano », un derecho que permita exigir el aborto. De lo que resultará que no
habrá más lugar, en derecho, para la objeción de conciencia. Este mismo proceso
permitirá al presidente manifestar su voluntad de incluir en la lista otros «
nuevos derechos » subjetivos, como la eutanasia, la homosexualidad, el
canibalismo, la zoofilia, el incesto, el repudio, la droga, etc.
¿Rehacer las religiones? ¿Rehacer el cristianismo?
En sus
programas, el Presidente Obama podrá contar con el apoyo de la pareja
Blair-Booth. El think-tank fundado por el ex-primer ministro británico bajo el
nombre de Tony Blair Faith Foundation ( ) tendrá, entre sus atribuciones, reconstruir las grandes religiones como su
colega Barack Obama reconstruirá la sociedad mundial. Con ese fin, la fundación
en cuestión deberá propagar los « nuevos derechos », utilizando para ese fin las
religiones del mundo y adaptándolas a sus nuevos cometidos. Estas religiones
deberán ser reducidas al mismo común denominador, es decir vaciadas de su
identidad. Ello sólo podrá hacerse mediante la instauración de un derecho
internacional inspirado en Kelsen (1881-1973) y llamado a validar todos los
derechos propios de las naciones soberanas. Este derecho deberá también
imponerse a las religiones del mundo de tal manera que la nueva « fe » sea el
principio unificador de la sociedad mundial. La antropología aquí subyacente es
la antropología pesimista de Hobbes. Por su naturaleza, el hombre es un lobo
para el hombre; la guerra de todos contra todos es inevitable. Volvemos al siglo
XVII: las religiones, en vez de favorecer la paz, son ellas mismas fuentes de
guerras. Conviene pues reducirlas a la unidad, bajo las insignias de la espada y
del báculo, como aparece en el frontispicio del Leviatán.
Esta nueva «
fe », este principio unificador, deberá permitir hacer avanzar los Millenium
Development Goals (). Entre estos figuran bajo
el nº 3 « Promote gender equality and empower women »; bajo el nº 5 « Improve
maternal health ». Sabemos lo que recubren y lo que implican estas expresiones.
Para hacer arrancar el programa de la Foundation, una campaña antimalaria está
anunciada (). Ella forma parte del objetivo nº 6, « Combat
HIV/AIDS, malaria and other diseases ». Este anuncio está hecho de manera que,
suscribiendo a esta campaña, se suscribe al conjunto de los objetivos del
Milenio.
En efecto, el proyecto de Tony Blair prolonga y amplifica la
Iniciativa de las Religiones Unidas (), aparecida hace
varios años. Prolonga igualmente la Declaración para una ética planetaria, de la
cual Hans Küng es uno de los principales inspiradores (). Este plan sólo podrá realizarse al precio del
sacrificio de la libertad religiosa, de la imposición de una lectura «
políticamente correcta » de las Escrituras y del sabotaje de los fundamentos
naturales del derecho. Ya Maquiavelo recomendaba la utilización de la religión
para fines políticos…
La « conversión » muy mediatizada del antiguo
primer ministro al catolicismo al igual que su entrevista a la revista « gay »
Attitude (, abril 2009) permiten comprender aun mejor las
intenciones de Tony Blair con respecto a las religiones, comenzando por la
religión católica. El discurso del Santo Padre, en particular sobre el
preservativo, sería de otra generación. ¡El reciente « convertido » no duda en
explicar al Papa no solo lo que este debe decir, sino también lo que él debe
creer! Mr Blair no cree en autoridad del Papa. ¿Es él católico?
Volvemos
aquí al tiempo de Hobbes, si no a Cromwell: es el poder civil que define lo que
hay que creer. La religión es vaciada de su contenido propio, de su doctrina;
resta solo un residuo de moral, definido por el Leviatán. No se dice que haya
que negar a Dios, pero en lo sucesivo Dios no tiene nada más que hacer en la
historia de los hombres y de sus derechos: volvemos al deísmo. Dios es
reemplazado por el Leviatán. A este corresponde definir, si quiere, una religión
civil. A él de interpretar, si quiere y como quiere, los textos religiosos. La
cuestión de la verdad de la religión no tiene más pertinencia.
Los
textos religiosos, y en particular bíblicos, deben ser comprendidos en su
sentido puramente « metafórico »; es lo que recomienda Hobbes (III, XXXVI). Al
límite, solo el Leviatán puede interpretar las Escrituras. Hay además que
reformar las instituciones religiosas para adaptarlas al cambio. Hay incluso que
tomar de rehenes algunas personalidades religiosas, llamadas a caucionar la
nueva « fe » secularizada, la del « civil partnership ».
Los derechos
del hombre tal como son concebidos en la tradición realista son eliminados. Todo
es relativo. Solo resta de los derechos aquellos que son definidos por el
Leviatán. Como lo escribe Hobbes, « La ley de la naturaleza y la ley civil se
contienen una en la otra, y son de igual extensión. » (I, XXVI, 4). Solo resta
de verdad la que es enunciada por el mismo Leviatán. Solo este decide como el
cambio debe ser conducido.
La vuelta del águila
El
proyecto Blair no puede realizarse sin cuestionar la distinción y las relaciones
entre la Iglesia y el Estado. Este proyecto comporta el riesgo de hacernos
regresar a una época en que el poder político se atribuía la misión de promover
una confesión religiosa o de cambiarla. En el caso de la Tony Blair Faith
Foundation, se trataría incluso de promover una y una sola confesión religiosa,
una sola “fe”, que un poder político universal, global, impondría al conjunto
del mundo. Recordemos que el proyecto Blair, impregnado de New Age, fue
preparado ideológicamente por la Iniciativa por las Religiones Unidas así como
por la Declaración para una ética planetaria (ya citadas) y es apoyada por
numerosas fundaciones similares (cf. Google: Euro-med, 17 noviembre 2008).
Este proyecto recuerda evidentemente la historia del anglicanismo y de
su fundación por el « defensor de la fe », Enrique VIII. Entretanto, el proyecto
de las religiones unidas y reducidas a un común denominador es más criticable
aun que el proyecto de Enrique VIII. En efecto, la realización de ese proyecto
postula el establecimiento de un gobierno mundial y de una policía global de las
ideas. Como lo vimos a propósito de Barack Obama, los artesanos de la
gobernancia mundial se dedican a imponer un sistema de positivismo jurídico que
hace proceder el derecho de la voluntad suprema, de la cual depende la
validación de los derechos particulares. En adelante, si debiese realizarse el
proyecto de M. Blair, los agentes de la gobernancia mundial impondrán, por una
nueva Acta de Supremacía, una religión única, validada por los intérpretes de la
voluntad suprema, cuyo Vicario general ya está tal vez encontrado (Hobbes, III,
XXXVI).
Lo que revela el análisis de las decisiones de Barack Obama y
del proyecto de Tony Blair, es que se perfilan una Alianza de dos voluntades
convergentes, dirigidas, una, a subyugar el derecho, la otra, a subyugar la
religión. Tal es la nueva versión del águila con dos cabezas. Derecho y religión
son instrumentalizados para "legitimar" cualquier cosa.
Esta doble
instrumentalización es mortal para la comunidad humana. Es lo que se deduce de
diversas experiencias realizadas en el marco del Estado Providencia. Este, a
fuerza de desear agradar a los individuos, multiplicó los « derechos »
subjetivos de complacencia, por ejemplo en materia de divorcio, de sexualidad,
de familia, de población, etc. Pero al hacerse esto, este Estado Providencia
creó innumerables problemas que él es incapaz de resolver. Con la extensión de
estos « derechos » de complacencia a escala mundial, los problemas de
precarización/marginalización van a multiplicarse a tal punto que ninguna
gobernancia mundial podrá resolverlos.
Lo mismo ocurre con la religión.
Desde que se adquirió la separación de la Iglesia y del Estado, es inadmisible
que el Estado se sirva de la religión para reforzar su dominio sobre los
corazones, los cuerpos y las conciencias. Como lo dice Mons. Minnerath, el
Estado no puede encadenar la verdad religiosa y debe incluso garantizar su libre
búsqueda.
Hacia un terrorismo político-jurídico
Por estos
canales, y con el apoyo de la pareja Blair, el jurista-presidente Obama está
lanzando un nuevo mesianismo norteamericano, totalmente secularizado. En ello se
beneficia del apoyo de su fiel copartícipe, presunto candidato a la presidencia
de la Unión Europea. La voluntad suprema del Presidente de los EEUU validará el
derecho de las naciones y el derecho de las relaciones entre las naciones.
Siguiendo las zancadas, los « Treinta y nueve Artículos » de la nueva religión
deberán ser promulgados por su colega británico.
A partir del vértice de
esta pirámide, la voluntad del Príncipe está destinada a circular por los
canales internacionales de la ONU y a alcanzar los canales nacionales
particulares. A término, este proceso, como se ve, apaga la autoridad de los
parlamentos nacionales _ todos Rump Parliaments, desmantela la autoridad de los
ejecutivos y derriba la independencia del poder judicial. Es por estas razones
que, en la lógica del Sr. Obama, el rol de un tribunal penal internacional está
destinado a extenderse. Debe estar armado para reprimir a los recalcitrantes –
por ejemplo, los católicos – que rechazan esta visión del poder y del derecho,
de un derecho avasallado que no protege de la corrupción del poder. ¿Cómo no ver
esta verdad enceguecedora: asistimos a la emergencia de un terrorismo
político-jurídico sin precedente en la historia?
Para terminar,
apresurémonos en recordar que la Iglesia no tiene el monopolio del respeto del
derecho humano a la vida. Este respeto es proclamado por las mayores tradiciones
morales y religiosas de la humanidad, a menudo anteriores al Cristianismo. La
Iglesia reconoce plenamente el valor de los argumentos proporcionados por la
razón en favor de la vida humana. Como Mons. Roland Minnerath lo ha
admirablemente mostrado, la Iglesia completa y consolida esta argumentación
prevaliéndose del aporte de la teología: respeto de la creación; el hombre,
imagen de Dios; amor al prójimo: nuevo mandamiento; etc. Estos argumentos son
frecuentemente expuestos en las declaraciones de la Iglesia y los numerosos
documentos cristianos sobre la cuestión.
Pero cuando las más altas
autoridades de las naciones, e incluso de la primera potencia mundial, vacilan
frente al respeto del derecho humano fundamental, es un deber para la Iglesia
llamar a todos los hombres y a todas las mujeres de buena voluntad a unirse a
fin de constituir un frente único para defender la vida de todo ser humano. La
primera actitud que se impone a todos, según las responsabilidades de cada uno,
es la objeción de conciencia, que por otra parte M. Obama quiere circunscribir.
Pero esta objeción debe ser completada por un compromiso a actuar en la esfera
política, en los medios de comunicación y en las universidades. La movilización
debe ser general y ponerse como fin el objetivo central de toda moral, y
especialmente de toda la moral católica : reconocer y amar al prójimo,
comenzando por el prójimo más débil y más vulnerable.
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