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Fuente: Humanidades
Autor: Mayra Novelo

Dejando claro que
los valores son esencialmente objetivos y subjetivos, podemos ahora enfocar
nuestra atención en los valores humanos y, más adelante, en los diferentes tipos
y niveles de valores.
1. ¿Qué es un valor humano?
Los
valores humanos son aquellos bienes universales que pertenecen a nuestra
naturaleza como personas y que, en cierto sentido, nos «humanizan» porque
mejoran nuestra condición de personas y perfeccionan nuestra naturaleza humana.
Hay una diferencia entre los valores humanos en general y nuestros
propios valores personales:
El concepto de valores humanos abarca todas
aquellas cosas que son buenas para nosotros como seres humanos y que nos mejoran
como tales.
Los valores personales son aquellos que hemos asimilado en
nuestra vida y que nos motivan en nuestras decisiones cotidianas.
2. Una jerarquía de valores
Entre los valores
objetivos existe una jerarquía, una escala. No todos son iguales. Algunos son
más importantes que otros porque son más trascendentes, porque nos elevan más
como personas y corresponden a nuestras facultades superiores. Podemos
clasificar los valores humanos en cuatro categorías: (1) valores religiosos, (2)
valores morales, (3), valores humanos inframorales, y (4) valores biológicos.
Niveles de valores
Valores religiosos
Fe,
esperanza, caridad, humildad, etc.
Valores morales
Sinceridad, justicia, fidelidad, bondad, honradez, benevolencia, etc.
Valores humanos inframorales
Prosperidad, logros
intelectuales, valores sociales, valores estéticos, éxito, serenidad, etc.
Valores biológicos
Salud, belleza, placer, fuerza física,
etc.
La línea más baja representa el nivel biológico o sensitivo. Los
valores de este nivel no son específicamente humanos, pues los comparten con
nosotros otros seres vivos. Dentro de esta categoría quedan comprendidos la
salud, el placer, la belleza física y las cualidades atléticas.
Los
valores del segundo nivel, valores humanos inframorales son específicamente
humanos. Tienen que ver con el desarrollo de nuestra naturaleza, de nuestros
talentos y cualidades. Pero todavía no son tan importantes como los valores
morales. Entre los valores de este segundo nivel están los intereses
intelectuales, musicales, artísticos, sociales y estéticos. Estos valores nos
ennoblecen y desarrollan nuestro potencial humano.
El tercer nivel
comprende valores que son también exclusivos del ser humano. Se suelen llamar
valores morales o éticos. Este nivel es esencialmente superior a los ya
mencionados. Esto se debe al hecho de que los valores morales tienen que ver con
el uso de nuestra libertad, ese don inapreciable y sublime que nos hace
semejantes a Dios y nos permite ser los constructores de nuestro propio destino.
Hay todavía un cuarto nivel de valores, el más elevado, que corona y
completa los valores del tercer nivel, y que nos permite incluso ir más allá de
nuestra naturaleza. Son los valores religiosos. Éstos tienen que ver con nuestra
relación personal con Dios.
El mundo de hoy con frecuencia pasa por alto
un hecho muy sencillo: la persona humana es religiosa
Buscamos de forma
natural la trascendencia. Fuimos creados para ir más allá de nosotros mismos,
para tender hacia arriba, hacia el Absoluto. San Agustín expresó esta verdad
justo al inicio de sus Confesiones, donde dice: «Nos hiciste, Señor, para ti, y
nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Nuestra trascendencia
como seres humanos es lo que da sentido y significado a nuestra vida sobre la
tierra. Si el hombre cultiva los valores religiosos con tanta tenacidad es
porque ellos corresponden a la verdad más profunda de su ser.
3.
Encarnación de los valores : la virtud.
Definición de
virtud
Virtud es un hábito en el bien; es hacer, de un acto bueno,
una costumbre.
Virtud es una propensión, facilidad y prontitud para conocer
y obrar el bien, la verdad, la belleza y la unidad.
4.
Clasificación de las virtudes
Hay dos clases de virtudes: las
virtudes humanas o morales,
y las teologales o sobrenaturales.
A )
Virtudes Humanas.
Las virtudes humanas, llamadas también virtudes
morales, son disposiciones estables del entendimiento y de la voluntad que
regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según
la razón y la fe.
¿Cuántas son las virtudes humanas?
+ La
prudencia es la virtud que dispone de razón práctica para
discernir, en toda
circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir
los medios justos para
realizarlo.
+ La justicia es la virtud que consiste en la constante y
firme
voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
+ La
fortaleza es la virtud que asegura la firmes y la constancia en la
práctica
del bien, aun en las dificultades.
+ La templanza es la virtud que
modera la atracción hacia los
placeres sensibles y procura la moderación en
el uso de los bienes
creados.
B) Virtudes Teologales.
Las tres virtudes teologales son infusas por Dios en nuestra alma:
FE, ESPERANZA y CARIDAD
¿Qué es la fe?
La fe es la virtud
teologal por la cual creemos en Dios, en todo lo que El nos ha revelado y que la
Santa Iglesia nos enseña como objeto de fe.
¿Qué es la esperanza?
La
esperanza es la virtud teologal por la cual deseamos y esperamos de Dios, con
una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla, porque Dios
nos lo ha prometido.
¿Qué es la caridad?
La caridad es la virtud
teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo
como a nosotros mismos por amor de Dios, con el amor filial y fraterno que
Cristo nos ha mandado.
¿Qué es un Valor?
Los valores
en la vida cotidiana
El hombre, como animal racional, posee
capacidades que le diferencian del resto de los seres vivos. Una de esas
capacidades es la de emitir juicios de valor: “fulanito es muy empático,
menganita tiene don de gentes...” Esto es valorar las cosas que le rodean
Toda comunidad, como toda institución, no puede vivir sin una referencia
explícita o implícita a unos valores. Precisamente, para identificar esos
valores, el camino más conducente es quedarnos en el terreno concreto de la vida
diaria y entresacarlos de los comportamientos y actitudes mantenidas día a día
en nosotros como personas, como hijos, hermanos, amigos, trabajadores, novios,
esposos, y padres.
En la escuela
En el ámbito académico,
como es la Universidad, el estudiante aprende el valor del trabajo, para
responder lo más fielmente posible a unos objetivos pedagógicos, a trabajar, no
por un puesto o un prestigio, sino para alcanzar una dignidad personal y social.
Aprende también a descubrir en verdad sus valores intelectuales, las riquezas y
los límites de sus relaciones con los otros, y a deducir las conclusiones para
sí mismo. Otro valor educativo es el de sacar al estudiante del trabajo
solitario, que tiene el riesgo de replegarle sobre su propia individualidad: a
través de trabajos en equipo, donde aprende poco a poco a aceptar el punto de
vista de otro, a escuchar, a descubrir que él no detenta toda la verdad y, por
último, valora lo difícil que es una obra en común.
Siguiendo al alumno
en el terreno concreto de su vida diaria, descubrimos otros lugares de valores
que ocupan un gran espacio de su vida: la mesa y el cuarto de trabajo.
La primera, por el modo de comportarse en ella, termina siempre
revelando si, en verdad, se ha empezado a desprenderse de los comportamientos
instintivos, casi animales, a abrirse y a compartir a través del acto de comer o
inversamente.
La mesa es, por excelencia, el lugar de la "convivencia",
donde se valora el dominio de sus instintos más primarios en bien de la comunión
de ideas y de proyectos, y la voluntad de no hacer nada que carezca de dignidad
humana.
En su cuarto de trabajo, que también es el de descanso, el
estudiante aprende en firme el valor de la perseverancia en el trabajo personal
y solitario: suspira una y otra vez, pero sabe que si no se sujeta a esta
disciplina, tiene pocas posibilidades de llegar más lejos. Al mismo tiempo,
sólo, si es que tiene la fuerza de apagar su radio o su televisión, puede
descubrir otro valor : la interioridad; ese lugar, el más secreto de sí mismo,
donde está tan cerca de oír al Otro: pocos se atreven a adentrarse en él,
porque, para muchos, silencio e interioridad son sinónimos de soledad, de un
cara a cara casi insoportable consigo mismo.
De ahí, el aprendizaje de los
límites de su propia libertad, la práctica de las obligaciones de la vida de
grupo; así se ejercita en el respeto a la libertad de los otros.
Compromiso personal y social
El estudiante además está
comprometido a salir de su propio ambiente para descubrir otros diferentes: los
hogares de otras personas, de personas necesitadas, de ancianos, una casa de
acogida, hospitales, escuelas, campamentos al aire libre, canchas deportivas.
Poco a poco, así puede aprender el valor del servicio gratuito; puede conocer
otra óptíca de la vida que la que oye repitiéndose continuamente sobre las ondas
o en las conversaciones mundanas: el dinero a cualquier precio, y la vanidad de
parecer mejor de lo que se es o se tiene, incluso con desprecio de los otros.
Paralelamente a esta apertura a otras realidades, el muchacho aprende
continuamente a abrir los ojos a los valores, lo quiera o no, sobre el mundo
contemporáneo. Gracias a la actuación de algunos profesores y educadores y a las
juntas de padres de alumnos, le son propuestas algunas acciones concretas de
ayuda. Al mismo tiempo, los contactos directos y organizados con hombres y
mujeres que viven un compromiso, con frecuencia religioso, en diversas partes
del mundo (el Sr. Ernmanuel que ayuda en el hospital, las monjitas de las
Misiones, tal sacerdote comprometido en el ambiente del Cuarto Mundo, tal
político, etc.) no sólo pueden abrirle los ojos sobre otros modelos valiosos de
conducta, cada vez más compleja, del mundo contemporáneo, sino sobre todo,
ayudarle a salir de las seguridades y de las estructuras heredadas de su
ambiente sociocultural, a las que él mismo se siente inclinado a creerlas las
mejores.
Una Universidad cristiana
En nuestro
contexto actual educativo, los cristianos hacemos la propuesta clara y precisa
de un arraigo de la vida y de la cultura en el Evangelio, de una referencia
querida a Jesucristo y a su Palabra, en una Universidad cristiana.
“
La Universidad católica, para cumplir su función ante la Iglesia y ante la
sociedad, tiene la tarea de estudiar los graves problemas contemporáneos y de
elaborar proyectos de solución que concreticen los valores religiosos y éticos
propios de una visión cristiana del hombre “
( Consejo Pontificio de la
Cultura, “ Presencia de la Iglesia en la Universidad y en la cultura
universitaria “, 1994 ).
La Escuela y Universidad cristiana se define
por la referencia explícitamente querida al Evangelio de Jesucristo, a los
valores de la paz, del perdón, de la justicia y del amor. Lo esencial de esta
formación es Jesucristo vivo, revelador y promotor de un sentido nuevo en la
existencia humana, totalmente original y salvadora. Jesucristo, al vivir toda la
existencia humana a la manera de Dios, comunicó al hombre los valores divinos
que le hacen la creatura más digna dentro del Cosmos : el valor del amor, de la
inteligencia, de la maternidad y paternidad, de la compasión, del perdón, de la
solidaridad con el necesitado.
De los valores contenidos en las
Bienaventuranzas, la escuela cristiana hace los móviles de la formación que ella
ofrece y el verdadero estímulo de las actividades que ejerce. Busca el rigor en
toda actividad intelectual, física y manual, como expresión del respeto; la
cultura como capacidad de comunión; la atención como escucha de las cosas, de
los acontecimientos, de las personas. No ambiciona enriquecer materialmente a
los alumnos, sino capacitarlos como líderes abiertos, activos y disponibles, que
transformen la sociedad. La escuela cristiana no ve el futuro como el tiempo del
poder y de la influencia buscados en sí mismos, sino como el del servicio y de
la amistad. “Para ella, el mundo no existe para poseerlo, sino para descubrirlo,
para recibirlo, para arreglarlo y compartirlo. Los hombres -todos los hombres-
no existen para que se los reclute, sino para ser amados y liberados. Enseñar,
sea lo que fuere, es empezar a amar". ( P. Ferdinand LAMBERT s.j. )
A
modo de recapitulación, diremos que en esta Universidad la referencia explícita
a las Bienaventuranzas evangélicas dirige toda la actividad de cada uno.
Enraizados en este fundamento inamovible, encontramos propuestos los valores
siguientes: sinceridad, dignidad, autoestima, equilibrio, honradez, felicidad,
confianza, gratitud, orden y disciplina, respeto, ecuanimidad, decisión, vida
familiar, fe, humildad, colaboración, dominio de sí, resistencia, valentía,
perseverancia, interioridad, respeto, responsabilidad, compromiso.
En estos
tiempos que vivimos, ya no es tan fundamental que el alumno adquiera datos,
conocimientos; ni es tan fundamental que el alumno desarrolle habilidades. Ahora
lo realmente fundamental es que la escuela transmita valores. Hablamos de
educación en valores, no de educación de valores; porque lo que se debe hacer es
transmitir contenidos que pueden ser de cualquier índole, pero en un ámbito que
tenga en cuenta a los valores. No solo hablar o conocer, sino ser.
Los
valores en lo profundo de la vida diaria
Al final de este recorrido, que
no pretendemos que sea exhaustivo, comprendemos que, sin negar la necesidad de
un proyecto educativo previo, la educación para los valores se hace a diario en
lo más hondo de la vida del estudiante.
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