este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Por su parte, los once discípulos marcharon a
Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos
sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado
todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Catholic.netReflexión
Hace apenas dos semanas celebrábamos la
solemnidad de la Ascensión del Señor, y la Iglesia nos ofrece en el Evangelio de
hoy un pasaje que bien podría servir también para la fiesta de la Ascensión: son
las últimas recomendaciones que Jesús hace a sus discípulos antes de subir al
cielo. Pero aquí está el núcleo del mensaje: “Id y haced discípulos de todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
¡Somos cristianos porque fuimos bautizados en el nombre de la Santísima
Trinidad! Desde la pila de nuestro bautismo somos hijos de nuestro gran Padre
Dios, que se nos dio a conocer en tres personas distintas.
Muchas veces,
cuando no entendemos alguna cosa, un poco en plan de broma decimos que “es más
oscuro que el misterio de la Santísima Trinidad”. Y, sin embargo, nada es más
cercano a nuestra vida cristiana que este maravilloso dogma. Cuantas veces nos
persignamos a lo largo del día, invocamos el nombre bendito de la Trinidad. ¿Y
qué otra cosa decimos, sino: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo”? Además, cada vez que rezamos el Gloria, hacemos un acto de adoración y
de glorificación a la Trinidad Santísima: “Gloria al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo”. Pero, tal vez no somos muy conscientes de este misterio.
Sabemos que Dios es Uno y Trino a la vez, pero no mucho más...
El
verdadero amor, el amor más bello, más hermoso y noble es el amor puro y casto,
el amor que sabe olvidarse de sí mismo y renunciar al propio egoísmo, al propio
capricho y al placer desordenado para pensar en el bien y en la felicidad
auténtica de la persona amada.
Desafortunadamente la sociedad está muy
secularizada estamos bombardeados de hedonismo, de sexo y de erotismo... ¡Da una
pena enorme ver a tantos jóvenes, en la flor de la vida, ya con ideas erróneas
sobre el amor y con comportamientos a veces tan desviados! Por eso hay que
proponerle a los jovenes estas ideas para tratar de sembrar así en su corazón
valores nobles y sentimientos generosos. Y como los jóvenes aman lo bello y lo
grande, responden a estos ideales de un modo positivo.
Pues la Santísima
Trinidad es el misterio del amor de Dios; del amor más puro y más hermoso del
universo. Más aún, es la revelación de un Dios que es el Amor en Persona, según
la maravillosa definición que nos hizo san Juan: “Dios es Amor” (I Jn 4, 8).
Siempre que nos habla de Sí mismo, se expresa con el lenguaje bello del amor
humano. Todo el Antiguo y el Nuevo Testamento son testigos de ello. Dios se
compara al amor de un padre bueno y a la ternura de la más dulce de las madres;
al amor de un esposo tierno y fiel, de un amigo o de un hermano. Y en el
Evangelio, Jesús nos revela a un Padre infinitamente cariñoso y misericordioso:
¡Con qué tonos tan estupendos nos habló siempre de Él! El Buen Pastor que carga
en sus hombros a la oveja perdida; el Padre bueno que hace salir su sol sobre
justos e injustos, que viste de esplendor a las flores del campo y alimenta a
los pajarillos del cielo; el Rey que da a su hijo único y lo entrega a la muerte
por salvar a su pueblo; o esa maravillosa parábola del hijo pródigo, que nos
revela más bien al Padre de las misericordias, “al padre con corazón de madre”
–como ha escrito un autor contemporáneo–, con entrañas de ternura y delicadeza
infinita.
Éste es el misterio del amor más bello, el misterio de la
Santísima Trinidad: las tres Personas divinas que viven en esa unión íntima e
infinita de amor; un amor que es comunión y que se difunde hacia nosotros como
donación de todo su Ser. Y porque nos ama, busca hacernos partícipes de su misma
vida divina: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y
vendremos a él y en él haremos nuestra morada” (Jn 14, 23). Y también porque nos
ama, busca el bien supremo de nuestra alma: la salvación eterna. ¡Éste es el
núcleo del misterio trinitario!
Ojalá que todas las veces que nos
persignemos y digamos: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”,
lo hagamos con más atención, nos acordemos de que Dios es Amor y de que nos ama
infinitamente; agradezcamos ese amor y vivamos llenos de confianza, de alegría y
de felicidad al sabernos sus hijos muy amados. Y, en consecuencia, tratemos de
dar a conocer también a los demás este amor de Dios a través de la caridad hacia
nuestros prójimos: “Todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque
Dios es Amor”.