Es relativamente fácil ver la semilla divina que el Espíritu Santo esparce con
abundante y en silencio en nuestras almas. Y es posible que en ocasiones no
sepamos cómo corresponder a esta tarea divina y que así nos estanquemos o
incluso nos desalentemos en nuestra ascensión hacia Dios. Las reflexiones que
siguen buscan señalar un camino sencillo para el alma deseosa de progresar en
sus relaciones con el Dulce Huésped del alma para identificar con mayor claridad
y acercarnos poco a poco a la meta que él marca a cada corazón.
La
primera reflexión que propongo es que se trata, precisamente, de una ascesis
diaria, de un ejercicio constante de distintas virtudes y actitudes. No basta
desear vaga y esporádicamente ser mejores amigos del Espíritu Santo para
alcanzar este objetivo. Más bien hemos de esforzarnos constantemente en el más
noble trabajo de toda nuestra vida. Así es como vivimos en la práctica aquella
consigna evangélica: “El Reino de los cielos padece violencia, y sólo los
esforzados lo alcanzan” (Mt 11,12).
San Juan de la Cruz, que vivió sólo
cuarenta y nueve años y alcanzó muy elevadas cimas de vida espiritual, aconseja
a este respecto lo siguiente al alma que desea llegar a intimar con el Espíritu
Santo:
“El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento,
silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico
refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios, y librarse de los
impedimentos de toda criatura de este mundo, y defenderse de las astucias y
engaños del demonio, y libertarse de sí mismo, tiene necesidad de ejercitar los
documentos siguientes, advirtiendo que todos los daños que el alma recibe nacen
de los enemigos ya dichos, que son: mundo, demonio y carne”(SAN JUAN DE LA CRUZ,
Cautelas, 1).
Para que esta ascesis diaria discurra por cauces fecundos,
se hace necesaria la atención a las inspiraciones del Espíritu Santo. El dulce
Huésped del alma nunca está inactivo. San Pablo nos recuerda que actúa en
nuestros corazones derramando el amor de Dios. El modo más común de su actuación
son sus inspiraciones. Al respecto, nos enseña el texto de san Francisco de
Sales:
“Llamamos inspiraciones a todos los atractivos,
movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que
Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones (Sl 20,
4), por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos, empujarnos
y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones;
en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestra vida eterna” (S. FRANCISCO
DE SALES, Introducción a la vida devota, II, 18)
Estas inspiraciones
nos pueden venir en la oración, a través de una lectura, del testimonio de una
persona cercana (el marido, la esposa, un hijo, un amigo, un formador...).
Normalmente son interiores, silenciosas y exquisitamente respetuosas de nuestra
libertad, como lo es siempre Dios en su relación con el hombre. Nos aclaran,
motivan o refuerzan la voluntad de Dios en nuestras vidas. Nos afianzan en
nuestros hábitos virtuosos y en los buenos propósitos. Nos impulsan a la
realización de una buena obra concreta. Refuerzan la pureza de intención de
nuestros actos. Así podemos diferenciar las inspiraciones divinas de lo que es
un mero sentimiento, un acto de egoísmo, un deseo meramente humano de
grandeza...
Por ser una voz tenue, puede captar los mensajes del
Espíritu Santo sólo el alma que está atenta a su interior, es decir, que tiende
hacia el centro de sí misma. Esta atención está hecha de silencio interior y
exterior, que crea el mejor ambiente para escuchar la voz del Espíritu
Santo. Es esta atención silenciosa la que nos permite apagar otras ‘emisoras’ de
mensajes que nos pueden distraer de lo esencial, como son nuestros sentimientos,
preocupaciones, prejuicios, temores, actividades propias y opiniones ajenas que
nos apartan de lo esencial.
Se trata de discernir, de distinguir entre
muchas la voz del Espíritu Santo y de darle el primer lugar que le corresponde.
Para ello nos aconseja santa Edith Stein:
“El auténtico discernimiento
es sobrenatural y se halla sólo donde reina el Espíritu Santo, donde hay un alma
que, en la entrega total, libre de impedimentos en su impulso, atiende a la voz
suave del dulce Huésped y observa su rostro”( SOR BENEDICTA TERESA DE LA CRUZ,
Antología de pensamientos, n. 209).
Hemos de procurar que nuestra
atención al Espíritu Santo sea ágil como la del adolescente Samuel que, cuando
sabe que Dios lo llama, dice de inmediato: “Habla, Señor, que tu siervo te
escucha” (1 Sm 3, 9) , superando nuestra natural tendencia a hacer caso a
propuestas más cómodas y prácticas, más tangibles y ventajosas según nuestro
reducido modo de ver.
Si nuestra atención es sincera y constante,
pasaremos con agilidad e interés a otro nivel en nuestra relación con el
Espíritu Santo: el conocimiento.
Se trata de un conocimiento más
experiencial y cordial que intelectual o académico. Es el conocimiento que va
surgiendo entre dos personas que empiezan a relacionarse y a interesarse una por
la otra. Más aún, es el conocimiento que el hombre quiere tener de ese Dios
interior que habita en su corazón y que desde allí actúa constantemente buscando
el bien de cada alma.
Este conocimiento interior es, en primer
lugar, un don de Dios que hay que suplicar diariamente al Espíritu Santo en la
oración, y que hay que enriquecer contemplando la acción del Consolador en la
vida de Cristo según los evangelios. Y es, también, resultado de un esfuerzo
personal mediante la asidua meditación de los dones del Espíritu Santo y de los
dos himnos litúrgicos más conocidos sobre él: el “Veni Creator” y el “Veni,
Sancte Spiritus”. Conviene que sea una meditación periódica, pausada, cordial,
profunda, para que poco a poco nos vayan penetrando con su luz las verdades y
experiencias espirituales encerradas en esas dos fuentes clásicas de la piedad
cristiana.
Así iremos captando y comprendiendo mejor sus gemidos
interiores inefables que buscan orientarnos en la vida, acercarnos a él,
llenarnos de sus dones y de sus frutos. Ayuda también el estudio de la acción
del Espíritu Santo en cada alma, en la Iglesia, en la sociedad y en la
humanidad.
Juan Pablo II, gran devoto del Espíritu Santo desde su
juventud, nos deja el siguiente testimonio del influjo del Consolador sobre su
alma que se abría a la acción de Dios también mediante el estudio y convertía
así esta actividad en una escuela de transformación interior progresiva:
“El estudio, para ser auténticamente formativo, tiene necesidad de estar
acompañado siempre por la oración, la meditación, la súplica de los dones del
Espíritu Santo: la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la
ciencia, la piedad y el temor de Dios. Santo Tomás de Aquino explica cómo, con
los dones del Espíritu Santo, todo el organismo espiritual del hombre se hace
sensible a la luz de Dios, a la luz del conocimiento y también a la inspiración
del amor. La súplica de los dones del Espíritu Santo me ha acompañado desde mi
juventud y a ella sigo siendo fiel hasta ahora” (JUAN PABLO II, Don y misterio,
BAC, Madrid 1996, p. 109)
La atención aquí sugerida nos lleva a un
conocimiento interior del Espíritu Santo. No es una atención predominantemente
intelectual como la que puedo prestar en una clase o en una película
emocionante. Es mucho más completa. Se trata de una atención amorosa. En ésta el
interés es mucho más profundo que en los demás tipos de atención humana porque
tiende a la identificación con el Amigo.
Si lo alimentamos debidamente,
este conocimiento llega a convertirse un una auténtica amistad con el Espíritu
Santo. Es el “dulce Huésped del alma”, como decimos en el himno “Veni, Sancte
Spiritus”. Ha llegado allí desde nuestro bautismo, es nuestro mejor Amigo, nos
quiere tratar de ese modo y nos lo irá manifestando a medida que nosotros
busquemos también cultivar esa amistad.
Esta amistad es una experiencia
que no se puede describir con palabras y que tiene sus requisitos. No se logra
sólo con desearla y quererla teóricamente; y exige un saber escuchar y un actuar
fielmente, cueste lo que cueste, según le agrade al dulce “Huésped del alma”.
Implica un ejercicio constante de la virtudes de la fe, la esperanza
y la caridad y un ofrecerle la propia vida como la materia humana que él puede y
quiere elevar progresivamente hasta la altura de la edad de la plenitud de
Cristo.
Esa amistad irá manifestándose en un cordial diálogo con el
Espíritu Santo e irá creciendo y transformándose en un auténtico amor al
Espíritu Santo. Un diálogo frecuente, íntimo, sabroso con quien sabemos que
mejor nos conoce y está más interesado en ayudarnos. Y un amor a quien sabemos
que es nuestro mejor Amigo y más nos ama. Un amor personal a quien ha recibido
de Jesús la misión de “conducirnos hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).
Este diálogo amoroso nos hará descubrirlo y experimentarlo íntimamente
como el Dulce Huésped de nuestra alma, el Amigo de los pobres, el Consolador de
los tristes, el Artífice de nuestra santidad, el Guía insobornable en nuestro
peregrinar hacia la patria celeste. Iremos captando mejor cuánto hace en su
esfuerzo por dirigir nuestros pasos por las sendas del bien y de la virtud, por
infundirnos fortaleza y entusiasmo en nuestras acciones. Apreciaremos también su
alegría por nuestra fidelidad y nuestro progreso y su llanto cuando advierte que
menospreciamos sus inspiraciones.
Como nos enseña Benedicto XVI
comentando la acción del Espíritu Santo en san Pablo, en este diálogo
experimentaremos que “no existe una oración verdadera sin la presencia del
Espíritu Santo, [...] que es como el alma de nuestra alma, la parte más secreta
de nuestro ser, desde donde se eleva a Dios incesantemente una oración.”(
BENEDICTO XVI, Audiencia general del 15 de noviembre de 2006).
Este
diálogo revela una relación de amor creciente que nos irá convirtiendo en
personas espiritualmente más sencillas y, por lo mismo, más dóciles, que no
pretenden fijarle pistas sino secundar sus más leves inspiraciones. En él lo
escucharemos y le hablaremos, pediremos y nos dará, nos pedirá y le daremos de
un modo cada vez más delicado y ágil. Haremos la experiencia más profunda de
Dios, nos enriqueceremos con las más decisivas lecciones divinas sobre nuestras
vidas, la vida de la Iglesia, el desarrollo de la historia de la humanidad. Y
algún día podremos captar la verdad de un autor de nuestra época que escribe
sobre esta experiencia:
En los coloquios que de día y de noche se
sostienen con Él es donde se va aprendiendo el verdadero sentido del tiempo y la
eternidad, de la fidelidad en el amor, de la vanidad de todas las cosas que no
sean Dios y de la relatividad de cuanto nos ocurre en el trato con las
creaturas. Él nos enseña a amar, nos enseña a perdonar, nos enseña a olvidar las
pequeñas injurias; a buscar y hacer el bien sin esperar recompensa; a confiar en
Dios y a amarle sobre todas las cosas.
También nos sitúa en una
perspectiva capaz de contemplar todo el devenir del mundo, con la relatividad
que encierra el tiempo frente a la eternidad y con la serenidad de quien se sabe
un pobre peregrino en el tiempo hacia la posesión eterna de Dios.
Si
queremos progresar en este campo, a la atención amorosa y al diálogo en nuestras
relaciones con el Espíritu Santo hay que añadir de modo muy principal en la vida
otra actitud: la colaboración. De poco nos sirve estar atentos para
identificar la voz del Espíritu Santo en nuestra alma; de poco nos sirve
dialogar con él e incluso aprender al contacto con él verdades importantes de la
vida si luego no colaboramos con él.
Es necesario fomentar una actitud
de colaboración pronta, generosa, delicada. Ella nos llevará a dar al Espíritu
Santo su lugar de principal protagonista de nuestra santidad y del apostolado. Y
nos inducirá a convertirnos y a actuar habitualmente como amigos suyos, con
madurez y responsabilidad, conscientes de nuestro papel. No somos los
principales protagonistas, pero sí debemos actuar. De este modo no caemos en un
quietismo que se cruza de brazos en espera de que el Espíritu Santo lo realice
todo en nosotros. Somos, si lo entendemos bien, personas que saben prestarse a
modo de instrumentos libres, pero secundarios y dóciles en sus manos. Aplicamos
la verdad de la segunda parte de aquella conocida sentencia: “A Dios rogando y
con el mazo dando”.
En el fondo, se trata de adoptar una actitud de
disponibilidad a cuanto nos vaya iluminando, sugiriendo o pidiendo. Y una
disponibilidad como la del adolescente Samuel, quien dijo: “Habla, Señor, porque
tu siervo escucha.” (1 Sm 3, 9). O, mejor aún, como la de María cuando pronunció
la frase que más debió alegrar el corazón de Dios en toda la historia de la
humanidad: “Aquí está la servidora del Señor: hágase en mí según tu palabra” (Lc
1, 38).
Retrasan esta colaboración nuestras incorrespondencias, siempre
posibles en esta vida terrena sobre todo cuando no vivimos unidos habitualmente
a Dios y no prestamos oído a sus inspiraciones. Un autor espiritual de renombre,
Garrigou-Lagrange, desentraña la seriedad de estas incorrespondencias en el
siguiente fragmento de su obra clásica de espiritualidad:
“¡Qué
desgracia tan grande, que permanezcamos insensibles a las divinas inspiraciones!
Lo cierto es que no las tenemos en gran estima; preferimos los talentos
naturales, los empleos honrosos, la estima de los hombres, y nuestras menudas
comodidades y satisfacciones. ¡Terrible ilusión, de la que muchos no se
desengañan sino a la hora de la muerte!
De modo que prácticamente
privamos al Espíritu Santo de la dirección de nuestra alma; y a pesar de que la
porción más elevada de ésta no fue creada sino para Dios, nosotros colocamos a
las criaturas en su lugar, con grave perjuicio para ella; en vez de dilatarla y
engrandecerla hasta el infinito, por la presencia de Dios, la vamos
empequeñeciendo haciendo que se ocupe en los miserables objetos de la nada. Por
eso nunca acabamos de llegar a la perfección”( GARRIGOU-LAGRANGE R., O.P., Las
tres edades de la vida interior, p. 459).
Las incorrespondencias se
vencen con una actitud de fidelidad a las inspiraciones del Espíritu Santo. Y de
una fidelidad ágil, delicada, constante como la que se construye día tras día
entre dos buenos esposos o entre dos amigos que compiten por ser siempre para el
otro quien mejor conoce sus deseos y con más gusto y precisión secunda su
voluntad.
Esta colaboración implica también estar unido a él y depender
de él, sobre todo en decisiones y pasos importantes de nuestra vida como pueden
ser la opción por el matrimonio o la vida consagrada, la elección de carrera, la
elección de la persona con la que deseo compartir toda mi vida... En ocasiones
de esta naturaleza y en otras de mayor o menor trascendencia convendrá consultar
a personas de confianza y más experimentadas en la vida espiritual, como puede
ser una alma consagrada, un sacerdote amigo, el confesor o el director
espiritual. Así nos liberaremos del subjetivismo, de la precipitación
superficial y del fácil error, pues nadie es buen juez en su propia causa.
Esta colaboración nos aportará el principal fruto que buscamos en
nuestra tarea y en nuestras relaciones con el Espíritu Santo: la
transformación interior. Iremos asimilando progresivamente las virtudes que
él nos inspira, las actitudes que nos sugiere, los hábitos que nos inculca.
Así, el Espíritu Santo es el encargado de cambiar a nuestro “hombre
viejo” en el “hombre nuevo”. Y éste no es un ser que se transforma en ángel.
Divinizado por la acción del Espíritu Santo, permanece totalmente hombre y
conserva lo mejor de su humanidad. Esta transformación interior reviste al
hombre de un espíritu nuevo. Late en él un corazón nuevo, brotan de él un amor,
unas pasiones y unos sentimientos nuevos. Juzga con criterios nuevos que superan
los prejuicios, apasionamientos, impresiones superficiales...
Para
lograr esta transformación interior procuraremos, en primer lugar, no contristar
al Espíritu Santo que habita en nosotros (cf Ef 4, 30). Dejaremos de ser
personas engreídas, autosuficientes, esclavas de su comodidad y de sus
caprichos, veleidosas, incoherentes. Superaremos nuestros temores y nuestros
complejos. No nos vencerá nuestro egoísmo en sus diversas versiones:
infidelidad, respeto humano, sentimentalismo, inconstancia, superficialidad...
Tomaremos cada vez más en serio la consigna de san Pablo: “Ésta es la
voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3). Y nosotros mismos nos
admiraremos de los cambios interiores y exteriores que se van operando en
nuestro modo de pensar, de juzgar, de querer, de hablar, de callar... Entraremos
en la virtuosa dinámica que envolvió cada vez más la vida de san Pablo cuando
escribió: “Vivo yo, pero ya no soy yo: es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20).
Será verdad en nuestra vida la afirmación paulina de que somos
templos del Espíritu Santo (1 Co 3, 16; 6, 19). Y la tomaremos como una vocación
y una misión personal. Así, como templos de él, estaremos siempre abiertos a su
acción, nos dejaremos habitar por él con su gracia santificante, nos
mantendremos ordenados y limpios, nos adornaremos para él con las distintas
virtudes, seremos para los demás una invitación al recogimiento...
Con
nuestra transformación vendrán los frutos de la presencia del Espíritu Santo en
nuestras almas. Aparecerá el amor cristiano, la alegría brillará en nuestras
obras, la paz inundará nuestro corazón, la paciencia será un hábito en nuestro
obrar, trataremos a todos afabilidad y bondad, actuaremos ante Dios y ante los
demás con fidelidad, mansedumbre y templanza” (Cf. Ga 5, 22-23).
Un
autor espiritual del siglo XX describe así la meta a la que conduce a las almas
el gobierno transformante del Espíritu Santo:
El objeto a que debemos
aspirar, después de habernos ejercitado largo tiempo en la pureza del corazón,
es estar de tal manera poseídos y gobernados por el Espíritu Santo, que él solo
dirija nuestras potencias y sentidos, regule todos nuestros movimientos
interiores y exteriores, y en él nos abandonemos enteramente por la renuncia
espiritual de nuestra voluntad y propias satisfacciones. Así no viviremos ya en
nosotros mismos, sino en Jesucristo, mediante la fiel correspondencia a las
operaciones de su divino Espíritu, y el sometimiento de todas nuestras rebeldías
al poder de la gracia (LALLEMANT, S.I., La Doctrine Spirituelle, IV p., c. 1, a.
3).
El último paso en nuestra tarea es la difusión de esta
amistad y de sus dones. Si, según el espíritu de un adagio latino, el amor
tiende a difundirse por sí mismo, tal verdad es mucho mayor tratándose del
Espíritu Santo, el Amor con mayúscula. Cuando el alma va experimentando los
frutos del trato íntimo con el Consolador interior, advierte que es un don tan
sublime y tan práctico, que no puede represarlo en su corazón.
Ha de
darle salida generosa y constante entre todas las personas que frecuenta y en
todas las actividades que realiza. Y lo hará con presteza, como María en su
visita a su prima Isabel. Actuará con la audacia que vemos en Pedro la mañana
misma de Pentecostés, cuando sale del Cenáculo poseído por el reciente fuego del
Espíritu Santo a predicar el Evangelio a todas las gentes, empezando por
Jerusalén.
Su acción iluminará con la luz sobrenatural de la fe el
ambiente en que vive y las tareas que emprende, caldeará los corazones de
quienes ven y escuchan al amigo del Espíritu Santo, moverá las voluntades,
apaciguará y encauzará las pasiones, dará consejos prudentes, ayudará a
discernir en decisiones difíciles.
De este mismo paso procede el
espíritu misionero que infunde el Espíritu Santo en el alma y que expresa así
Benedicto XVI:
Su presencia [del Espíritu Santo] se demuestra
finalmente también en el impulso misionero. Quien ha encontrado algo verdadero,
hermoso y bueno en su vida —el único auténtico tesoro, la perla preciosa— corre
a compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo, en todos los ámbitos
de su existencia. Lo hace sin temor alguno, porque sabe que ha recibido la
filiación adoptiva; sin ninguna presunción, porque todo es don; sin
desalentarse, porque el Espíritu de Dios precede a su acción en el "corazón" de
los hombres y como semilla en las culturas y religiones más diversas. Lo hace
sin confines, porque es portador de una buena nueva destinada a todos los
hombres, a todos los pueblos (BENEDICTO XVI, Homilía en las Vísperas en la
Vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006).
Así transformará la
vida de la propia familia y de la sociedad en que vive y su fe unida a la de
tantos otros hombres y mujeres creyentes se convertirá en la fuerza más poderosa
de transformación del mundo difundiendo en el ambiente la certeza de que el Amor
existe y busca al hombre para salvarlo, robustecerlo y elevarlo.