
A nadie le gusta experimentar la amargura de la mentira y del
embuste, ni siquiera el sinsabor de una simple mofa o un insulto. Son ratos
decepcionantes. Qué desagrado saber que se es víctima de una mala referencia.
Duele el orgullo, el honor. Se piensa inmediatamente, y no siempre de buena
forma, sobre el autor de tal desatino.
Pero la experiencia enseña lo
fácil que es caer en estas insidias. Se podría pensar en esas conversaciones
subidas de tono que desconciertan, porque, entre puyas y sarcasmos, se pisa
fácilmente el nombre de un amigo o de un conocido. A pesar del buen rato que se
pasa, al final se experimenta cierta insatisfacción, como un vacío, y en algunos
casos hasta se siente el remordimiento de haber cometido una injusticia.
Por el contrario, ¡qué delicioso sabor deja una conversación sana o un
comentario constructivo donde nadie sale mal parado!
San Pablo fue el
apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó: “No salga de vuestra boca
palabra dañosa sino sólo la que sirva para edificar y para hacer el bien a
quienes os escuchan” (Ef 4,29). Y se refería a una costumbre que Él mismo
procuraba practicar porque la llevaba a flor de piel: “Hermanos, tened en mucha
estima todo lo que hay de verdadero, de justo, de santo, de amable, de
elogiable; toda virtud y todo lo que merece alabanza. Practicad todo lo que
aprendisteis de mí, lo que recibisteis de mí, lo que oísteis de mí, lo que
visteis en mí” (Flp 4,8-9).
A veces es difícil cerrar la boca y morderse
la lengua en casos particulares, como cuando se recibe una ofensa, o cuando se
antoja alguna ironía. A este respecto, san Pablo recomienda una actitud que
rompe todo esquema mundano para sobreponerse en un plano más honroso y
caballeroso: la caridad. “La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa,
no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no busca el propio interés, no
se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia; se complace en la
verdad” (1Co 13,4-6). ¿Por qué, en lugar de un reclamo, un enojo, una cara fea o
un insulto, mejor no se devuelve una sonrisa, una mirada compresiva, una palabra
de ánimo, o si es el caso, de perdón? ¿Por qué no, antes de soltar el comentario
frívolo, se deja en el bolsillo y se habla de temas edificantes?
Quien
se limita a lo externo o a lo superficial nunca llega a apreciar la gran riqueza
interior de tantas personas y, por tanto, las conversaciones y juicios se quedan
en el chisme y en el comentario trivial de los defectos ajenos, como si uno no
tuviese los propios. Por eso, en las relaciones interpersonales siempre se debe
ir a lo más noble del hombre, a su valor, a su espíritu. “Toda acritud, ira,
cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezca de entre
vosotros. Sed buenos entre vosotros, perdonándoos mutuamente” (Ef 4,32).
Cuando el Apóstol escribía estas fogosas recomendaciones simplemente
hablaba de lo que llevaba en su interior, en su corazón: la caridad. El deseo de
comunicarla le consumía por dentro. De hecho, después de su conversión, dedicó
toda su vida a transmitir la buena noticia del Evangelio. Sus palabras, aunque
firmes, siempre comunicaron noticias positiva de sus muchos viajes, y fueron,
además, un bálsamo de consuelo para las diversas comunidades cristianas. No cabe
duda de que estuvo bien inspirado en las palabras del Maestro: “No juzguéis,
para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis
juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6, 37).
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