Estimado P. Juan Morre:
Hace unos días conocí a un
ex-sacerdote que ha fundado una asociación de ex-sacerdotes que aseguran que el
celibato es una forma de represión y aparentan estar felices en su nuevo estado
de vida como casados. La verdad, yo noté en sus ojos y en sus palabras un dejo
de rencor y una especie de melancolía, pero no supe qué decir y todos los que
estaban en la reunión se quedaron convencidos de que la Iglesia era una "tirana"
por exigir el celibato a los sacerdotes. ¿Me puede explicar u orientar para
tener una respuesta atinada en este tipo de casos?
Cristina
Estimada Cristina:
Sin duda es muy difícil pretender
responder desde la teoría, a una situación como la que se plantea, en la que sin
duda influyen muchos aspectos de la vida de la persona (afectos, sentimientos,
psiquis, formación espiritual, doctrinal, intelectual, etc.)
El celibato
es un medio valiosísimo para vivir con alegría la disponibilidad total a las
necesidades de la Iglesia y de los hombres, ya que el célibe se consagra por
entero al servicio de Dios y de los demás y a la administración de los
sacramentos. En otras palabras el sacerdote, siendo célibe, se puede entregar
por completo a todos los hombres ¿Sería esto posible si tuviese que atender a
una familia y mantener unos hijos? ¿Podría amar con corazón indiviso a todos los
hombres?
En esto aparecen varios elementos.
En primer lugar hay
que considerar la libertad de la persona. Ni Dios ni la Iglesia obligan a nadie
a asumir el sacramento del orden. Es un don de Dios concedido a la Iglesia. Dios
da pastores a su pueblo. Por lo tanto aquél que se sabe llamado por el Señor, da
una respuesta libre después de un largo proceso de formación.
Esa
respuesta libre, asume todo lo que significa ser sacerdote: también el celibato
que, como dice Paulo VI, es una riqueza para la Iglesia. Se supone que el sí que
cada uno da, es meditado a la luz de la Palabra de Dios con todas sus exigencias
y renuncias, como así también considerando la propia vida y las posibilidades de
responder que cada uno tiene.
En segundo lugar el celibato es un don, un
regalo de Dios que no es para todos, y que en el hoy de nuestra historia es
exigido para la recepción y el ejercicio del sacerdocio. Por lo tanto en la
Iglesia latina la presencia de este don puede considerarse junto con otras
cualidades como signo de verdadera vocación. Quien no lo tiene, insisto, en el
hoy de la
Historia de salvación, puede considerar que tampoco posee el
llamado.
Un tercer elemento a considerar es la importancia de la
formación para el amor que aquél que tiene el don del celibato por el Reino de
los cielos, debe recibir. Muchas veces esta formación se reduce al aspecto
genital o de relación con el otro sexo, sin considerar los aspectos positivos de
la renuncia. Quien está llamado al celibato no renuncia al amor, por el
contrario, es convocado a un amor superior, sobrenatural. Por ello nadie puede
sentirse solo si descubre este amor.
En cuarto lugar debemos considerar
en serio quién es el que llama. Aquél que nos invita a su seguimiento de un modo
mas exigente "deja todo y sígueme", Él fue el primero en hacerlo y no sin
esfuerzo. No juzgo, ni es mi tarea hacerlo, a quienes no pudieron mantener su
promesa. Creo que es mejor que pidan la pérdida del estado clerical y la
dispensa del celibato, antes que llevar una doble vida.
Pero me parece
que antes de eso, deben buscar los medios para permanecer fieles. Buscar la
ayuda de sus superiores, que a veces no es suficiente; la amistad sacerdotal, la
oración sincera. Ante la crisis el sacerdote debería preguntarse por qué se
siente solo, qué es lo que lo impulsa a buscar una compañía que pone en peligro
su decisión vocacional.
Sin duda, mantenerse célibe, es decir que sí cada
día al Señor. Y sin duda el sí es la vida toda: el trabajo pastoral, la oración,
la liturgia, la predicación, en fin, la dedicación al ministerio.
Cuando
alguien falla en alguna de estas cosas o no es feliz, entonces busca sucedáneos
y lo mas fácil será encontrarlo en aquello en lo que el hombre es más débil.
Debemos volver a pregonar la pureza entre nuestros jóvenes. Debemos
gritar que la virginidad y el celibato son un bien precioso que todos debemos
custodiar. Tenemos que decir que todos, aun los casados, estamos llamados a la
castidad, al buen uso del sexo.
Debemos acentuar el amor como el primer
valor de la relación humana y repetir que el
ejercicio de la sexualidad es
signo de ese amor entregado en el matrimonio; que la renuncia a ese ejercicio es
el signo del amor en el célibe o la virgen y que la pureza, la continencia de
quienes están en búsqueda, manifiesta la verdadera fuerza del amor.
No
creo que esto sea contradictorio si algún día la Iglesia permitiera el
ministerio sacerdotal a hombres casados. Hoy no es así. Quienes hemos sido
llamados a ser célibes no debemos preocuparnos por eso. En todo caso la
preocupación debería pasar por la necesidad de atender adecuadamente al pueblo
de Dios.
Esa remota posibilidad (de aceptar hombres casados) no traería
soluciones al célibe sino problemas a la atención de la Iglesia. Por ello, que
el célibe ame su celibato como un don de Dios y que lo cuide.
Si alguno
no puede hacerlo, que no tema, la Iglesia que es Madre, tiene la solución por
medio de la pérdida del estado clerical y la dispensa del celibato (c. 290 y
291). Si alguno no puede mantenerse fiel a su promesa, que tampoco se ponga en
contra.
Termino con una consideración de san Anselmo: "Si alguno no
comprende el misterio, que no lo rechace ni se oponga a él, sino que baje
humildemente la cabeza y lo adore".
P. Juan Morre, Diócesis de Morón,
Argentina
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