
La duda continua es algo terrible, una enfermedad que corroe
por dentro. No se puede estar tranquilo, es desesperante. Algunas personas viven
en una incertidumbre constante, son víctimas de una perpetua indecisión cuando
tratan de contraer algún compromiso al no saber cómo afrontarlo.
La
determinación es la virtud que ayuda al hombre para que con su voluntad
deliberada tienda hacia un fin concreto y busque poner los medios para
conseguirlo. El apóstol san Pablo es un modelo, digno de imitar, de hombre
valiente y decidido. Tres puntos claves formaron este espíritu resuelto del
Apóstol.
Él sabía lo que quería. El hombre actúa en su vida buscando
siempre un fin, algo que quiere lograr o encontrar. San Pablo, después del
encuentro con Cristo en el camino de Damasco, halló lo que quería. Fue tan clara
la visión de Jesús, que decidió vivir sólo para Él. En su corazón grabó la
consigna de luchar para poseerlo, hasta llegar a exclamar: “para mí la vida es
Cristo y la muerte una ganancia” (Fil 1,21). Así clavó los ojos en el cielo y
puso los pies firmes sobre la tierra.
San Pablo obró en consecuencia con
su decisión. Elegir es renunciar. Él tomó una resolución y ordenó toda su vida
de acuerdo a esa elección. “Lo que era para mí una ganancia, lo he juzgado una
pérdida a causa de Cristo” (Fil 3,7-8). Por esto, si alguna cosa le convenía
para lo que buscaba, adelante, si no, ni perdía tiempo. Después de encontrar a
Cristo se retiró a un periodo de preparación con la oración y después se lanzó a
predicarlo. No tenía miedo al futuro porque lo iba construyendo conforme
avanzaba la vida, como el protagonista activo de la gran película de Dios.
El Apóstol perseveró en su decisión. Lo que vale cuesta. Ser constante
es duro, pero muy valioso. San Pablo fue fiel porque nunca perdió de vista su
fin. Las dificultades le sirvieron para fortalecerse y no para desanimarse, pues
constantemente robusteció su opción fundamental. “¿Quién nos separará del amor
de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la
desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?” (Rm 8,35). Como al metal que se elige
para hacer una espada se calienta y se golpea para darle forma, así la
tribulación forjó la vida de san Pablo para sacar de él una espada sólida y
brillante, premio de los hombres esforzados, para la defensa de la fe de los
primeros cristianos.
El triunfo, mediante la determinación, es la corona
de los hombres luchadores. Este es el testimonio de la figura excelsa del
Apóstol: los hombres resueltos no nacen, se hacen. Más vale invertir un poco de
tiempo en trazar un fin, elegir los medios y decidir, que permanecer toda la
vida dudando.
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