este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
El mundo ha
entrado en trepidación. Los gobiernos intentan poner calma. Las familias -sobre
todo las mejicanas- están asustadas. La gente tiene miedo. Y es el que el
hombre, por más que fanfarroneemos, es un ser débil, expuesto a muchos peligros.
Creemos que no puede suceder nada y que siempre les va a ocurrir las calamidades
a los otros. El hombre del siglo XXI se enorgullece de su ciencia y de su
tecnología, de un poder que parece indestructible. Pero el caso es que seguimos
muriendo. Cada día hay catástrofes y vandalismos, asesinatos y suicidios, hambre
y agonía… El hombre no está tan seguro como aparenta. Ni tan feliz. La angustia
destroza la esperanza, y la soberbia nos paraliza el sentido común. Y ya ven: un
simple virus, algo microscópico, causa estragos. Nos podemos morir. Y es que
vivimos ausentes de Dios y obcecados en innumerables patrañas. Con el alma
olvidada en algún rincón, a la intemperie.
Y es que el hombre es muy
dado a olvidar, a disimular entre ruidos, juegos y mentiras aquello que podría
resultar molesto a su cómoda vida. Mejor no pensar en exceso, hacer unos
oportunos regates a la conciencia y no comprometerse con la verdad. Y llamamos
vida a pasar horas aletargados ante la televisión o internet, a comprar sin
medida, a presumir de lo que carecemos o a utilizar el sexo según sea la
apetencia del día. Por ejemplo. Es como una anestesia. Y conseguir las cosas sin
esfuerzo es una constante postmoderna que caracteriza a nuestra sociedad y a la
educación de nuestros hijos. De ahí tanto fracaso escolar, universitario y
existencial. Y nadie quiere saber nada del dolor. Sobre todo del propio, claro.
Sólo es lícito el placer y el dispendio. Nada, nada de sufrimiento. No se
concibe en una mente moderna, envalentonada en su soberbia y prosapia.
Pero el miedo nos hace sufrir. El miedo a lo imprevisto. El miedo a la
enfermedad (aunque la posibilidad sea muy remota). El miedo a morir. El miedo a
la realidad. El miedo es el peor de los virus. Y se tiene miedo porque basamos
casi toda nuestra existencia en hacer oídos sordos al amor de Dios. Por eso,
cuando llegan circunstancias así -en este caso la propagación del virus A/H1N1-
es bueno pensar un poco en qué estamos haciendo con nuestras vidas. Pensar si de
verdad somos felices o nos estamos conformando con lo más rudimentario.
Reflexionar sobre el sentido de lo que ocurre en el mundo y a nuestro alrededor.
Porque todo tiene un sentido que es preciso descubrir. Y una providencia. No
somos producto del azar ni somos sólo genomas o un variopinto muestrario de
células mortales. Somos más porque somos hombres. Y somos hombres porque tenemos
alma. ¿Qué esperamos para sacar conclusiones, para mirar al cielo y dejar de
tener miedo? La vacuna universal la tenemos a nuestro alcance. Es Dios. En
persona.