este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Catholic.netFuente: Catholic.net Autor: P. Antonio Rivero L.C.
Dice la
Biblia en el libro del Eclesiástico 20,26: La mentira es una tacha infame en
el hombre.
Este mandamiento sigue vigente, aunque hoy se diga: “Hoy
día ya no es posible vivir sin mentira, ya no es posible hacer política y llevar
negocios sin mentir”
Si tomáramos en serio el octavo mandamiento, casi
no habría manera de charlar en los cafés, en reuniones de amigos; los diarios
saldrían con las páginas en blanco, ¿no crees?
Este mandamiento
salvaguarda nuestro honor y nuestra fama.
La Sagrada Escritura está
llena de advertencias sobre este mandamiento. Se llega incluso a identificar a
Dios con la verdad y al demonio con la mentira. Cristo vino a dar testimonio de
la verdad. Es más, Él se autodefinió como el Camino, la Verdad y la Vida. Lo
puedes consultar en el evangelio de san Juan, capítulo 14, versículo 6.
Suele decirse que el pecado es como un puñal que puede tener muy
distintos tipos de hoja, pero en el que el mango casi siempre es el mismo: la
mentira. Y es cierto: mentimos cuando decimos que amamos a Dios y sólo nos
amamos a nosotros mismos. Mentimos cuando nos engañamos a nosotros para
encontrar razones para olvidarnos de la misa dominical. Mentimos cuando
justificamos nuestros pequeños o grandes robos.
Sabemos que la palabra
es la expresión oral de la idea. De ahí que, por ley natural, aquello que yo
expreso es algo que debe coincidir con lo que pienso. Si mi palabra no refleja
la idea, estoy violentando el orden natural de las cosas, voy contra la ley de
Dios. Por eso se dice que la mentira es intrínsecamente mala, es decir, no es
mala porque alguien la prohíba, sino que es mala en sí misma. Y algo de suyo
malo no puede producir nada bueno, aunque sean muy buenas las intenciones de
quien actúa.
Al mentiroso hoy se le quiere llamar como aquel que “tiene
chispa”, tiene “aptitud para la vida” o tiene “sentido comercial” o “viveza”.
Pero en realidad eso no cambia la realidad: el mentiroso se daña a sí mismo,
daña a los demás, daña a la sociedad y, sobre todo, desfigura la imagen de Dios
en su alma.
Cuida tu lengua, amigo. Es la parte más valiosa que tienes,
pero también la más peligrosa. Con ella puedes alabar a Dios, consolar al
triste, aconsejar a un amigo…pero también puedes herirte, herir el honor y la
fama del prójimo.
Decía san Bernardo que la lengua es una lanza, la más
aguda; con un solo golpe atraviesa a tres personas: a la que habla, a la que
escucha y a la tercera de quien se habla. ¡Cuánto destrozo puedes causar con tu
lengua, si la usas para el mal! Te dice Dios, a través del libro del
Eclesiástico: “Muchos han perecido al filo de la espada; pero no tantos como por
culpa de la lengua” (28, 22). Esto significa, creo, que será mayor el número de
los que se condenen por causa de la lengua que el de aquellos que mueran en la
guerra.
¿Por qué es tan grave esto? Porque se está pisoteando también la
caridad.
Un proverbio alemán dice: “El burro se delata por sus
orejas; el tonto, por sus palabras”. El corazón humano es una cámara de
tesoros, que tiene por puerta el habla; hay quien saca bondad, amor, verdad,
sabiduría; el otro saca insensatez, maldad, veneno, mentira.
Tienes que
agradecer a Dios que te haya dado este octavo mandamiento.
Vale para
todos este mandamiento, pero están especialmente obligados a vivirlo a fondo
quienes están al servicio de los medios de comunicación social, o trabajan en el
campo político, o son oradores o gobernantes o candidatos que se postulan para
ser presidentes de una nación. ¡No hay que mentir!
¡Cuántas veces
escuchamos discursos de presidentes que después han sido puras mentiras, o
verdades a medias! ¡Cuántos nos manipulan desde la radio y la televisión!
“¡No mentirás!” –nos dice Dios.
Si somos de
Cristo, y Cristo es la Verdad… andemos en la verdad.
Te propongo
los siguientes puntos:
I. La veracidad y verdad. Diversas clases de
verdad. II. Exigencias y obstáculos para la verdad. III. La malicia de
la mentira y los atropellos contra este mandamiento. IV. ¿Se puede ocultar
la verdad? Secretos, restricción mental y mentirillas.
I. HABLEMOS
DE LA VERACIDAD Y DE LA VERDAD
Para cumplir este mandamiento de Dios
es necesario desarrollar en nosotros la virtud de la veracidad, la cual nos
inclina a hablar bien siempre con la verdad y a comportarnos de acuerdo con lo
que pensamos.
La veracidad es una forma de justicia, pues los demás se
merecen la verdad y no el engaño.
Hablar de la verdad hoy, resulta no sé
si difícil, pero al menos atrevido y, en cierto sentido, sarcástico.
Vivimos en un mundo donde nos venden la mentira en platillos de oro;
asistimos a pactos incumplidos entre las naciones, donde sólo pusieron su firma,
pero después se hizo lo contrario. Hay manipulación en las noticias en algunos
medios de comunicación; desde las pantallas de televisión no siempre nos
presentan la verdad del amor, de la familia, de la sexualidad; desde algunas
cátedras universitarias se cercena la verdad del mundo, de las cosas, de la
existencia; se niega a veces la existencia de un Principio y una Causa Primera
que dé razón última a las cosas. Yo he conocido a jóvenes que entraron creyentes
a la universidad y salieron agnósticos y resentidos contra la religión, por
causa de algunos profesores que sembraron en sus mentes la duda y el rechazo de
Dios.
En fin, que la verdad no tiene hoy carta de ciudadanía en todas
partes del planeta, no la han dejado entrar y salir libremente, la tienen
maniatada, vendada, amordazada. ¿Por qué? No se quiere encontrar hoy con la
verdad, pues “la verdad, aunque no peca, incomoda”.
Parece que hoy
algunos no consideran la verdad como un valor. Por lo menos en la práctica. Te
doy estos ejemplos.
Se prefiere tener éxito en los negocios, aunque sea
a costa de la verdad. No creo que sea tu caso.
Se tiende fácilmente a
dar opiniones distorsionadas o a manipular los datos según distintos intereses.
¿No te has tentado alguna vez con esto?
Algunos partidos políticos
anuncian a veces programas electorales que después no se cumplen y ni siquiera
se quieren cumplir. Pon atención cuando alguien se postula para presidente de
una nación: ¿Qué dice? ¿Cómo lo dice? ¿Cumple lo que prometió? ¿Cómo ha sido su
trayectoria política, moral y familiar?
Se venden productos
anunciándolos como lo mejor, presentándolos como panaceas capaces de conseguir
por sí solos la felicidad de su comprador. ¡Cuidado!
La deformación de
la realidad o la verdad a medias tienen carta de ciudadanía en nuestra sociedad.
Por otro lado, el hombre, hoy más que nunca, busca la verdad; busca el
sentido de las cosas, sus leyes, y aplicarlas; busca conocer al hombre en
profundidad, su psicología, su funcionamiento biológico. Parece como si un
fuerte instinto le moviera a buscar la verdad en todo.
El hombre vive
inmerso en un mundo donde importa más tener o aparentar que ser, donde cuenta
más la imagen que el fondo y donde no es difícil encontrar gente que renuncia a
sus convicciones por quedar bien o por conseguir un buen puesto.
Por
todo esto vivimos en un clima de desconfianza general, pues se hace bastante
difícil distinguir entre quién te engaña y quién no.
De este clima de
desconfianza nace el deseo sincero de encontrar a alguien que haga de su vida,
de sus pensamientos y de sus obras una auténtica unidad donde no haya “poses” ni
apariencias ni cuidado excesivo de su imagen. En este sentido se puede decir que
el gran éxito del Papa Juan Pablo II ante la opinión pública mundial se debió a
esta autenticidad de vida, que se reflejó en la absoluta coherencia que existía
entre sus discursos, su palabra, su obra y su vida.
La veracidad es una
virtud muy necesaria para el mundo de hoy, pero además es la virtud de la
estabilidad psicológica. El hombre es el único ser en la tierra capaz de conocer
la verdad y de transmitirla y, al mismo tiempo, es el único capaz de mentir.
Esto se debe a su inteligencia y a su capacidad para comunicar pensamientos y
afectos.
Tú, si quieres, puedes aparentar, vivir de forma diversa a lo
que profesas externamente; puedes engañar, puedes llegar incluso a la
esquizofrenia, que consiste en tener dos personalidades en el mismo sujeto, y ya
no distingues lo que es real y lo que es apariencia.
El hombre es una
unidad perfecta. Todo lo que es mentira, falsedad, fingimiento, inautenticidad,
rompe esta unidad. La ruptura se da entre el ser y el actuar, entre el pensar y
el decir, entre el decidir y el cumplir. Y las consecuencias son: infelicidad,
insatisfacción, ruptura de la armonía de la personalidad.
Jesucristo se
denomina a sí mismo “La Verdad” (Juan 14,16). No dice que es la pureza o la
bondad, ni la fe, ni la esperanza. Y su misión se resume en dar testimonio de la
verdad (Juan 17, 37). Su vida es idénticamente igual a su mensaje. Por eso,
podemos decir, ser fiel a Cristo es ser fiel a la verdad, respetarla,
propagarla, defenderla, asimilarla.
Y el Espíritu Santo es el Espíritu
de la verdad, y el que nos descubre la verdad del hombre y de Dios, la verdad de
ti mismo. Es el que te enseña a apreciar en su justo valor las realidades de
este mundo, su fugacidad, el valor de la vida ante la eternidad. El Espíritu
Santo guía hacia la verdad, a quien lo escucha y pone en práctica sus
inspiraciones.
En medio de las mayores dificultades, el Espíritu Santo
da fuerza para profesar y testimoniar la verdad, como lo hicieron los mártires
de la fe. Te invito a repasar las actas de los mártires de los primeros siglos,
para que te des cuente de lo que te he dicho.
Te cuento un poco el
martirio de Perpetua y Felicidad, el 7 de marzo del año 203. Es uno de los
relatos más estremecedores de la historia y uno de los testimonios más
admirables y más puros que nos haya legado la antigüedad cristiana.
La
joven Perpetua sobresale por sus altas prendas, por su patética actuación frente
a su padre pagano, por su empuje y por su grandeza moral. Hoy lo llamaríamos:
coherencia de vida.
Fue arrestada cuando aún era catecúmena, es decir,
se estaba preparando para ser cristiana bautizada. Estaba casada y tenía un hijo
de pocos meses de vida. Cuenta ella misma, pues lo dejó escrito de su mano y
según sus impresiones:
“Cuando nos hallábamos todavía con los
guardias, mi padre, impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de
la fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.
Yo le
dije: - Padre, ¿ves, por ejemplo, ese cántaro que está en el suelo, esa taza
u otra cosa? - Lo veo –me respondió. - ¿Acaso se les puede dar un nombre
diverso del que tienen? - ¡No! –me respondió. - Yo tampoco puedo
llamarme con nombre distinto de lo que soy: ¡CRISTIANA!
Entonces mi
padre, exasperado, se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero sólo me
maltrató. Después, vencido, se retiró con sus argumentos diabólicos.
Durante unos pocos días no vi más a mi padre…Precisamente en el
intervalo de esos días fuimos bautizados y el Espíritu me inspiró, estando
dentro del agua, que no pidiera otra cosa que el poder resistir el amor
paternal.
A los pocos días fuimos encarcelados. Yo experimenté pavor,
porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas. ¡Qué día terrible! El
calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos
trataban brutalmente; y, sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación por
mi hijo…
Tercio y Pomponio, benditos diáconos que nos asistían,
consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas en un
lugar más confortable de la cárcel. Saliendo entonces del calabozo, cada uno
podía hacer lo que quería. Yo amamantaba a mi hijo, casi muerto de hambre.
Preocupada por su suerte, hablaba a mi madre, confortaba a mi hermano y les
recomendaba a mi hijo…Finalmente logré que el niño se quedara conmigo en la
cárcel. Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y
preocupación por el niño. Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y
prefería estar en ella a cualquier otro lugar.
Vayamos al momento
del martirio.
Finalmente brilló el día de su victoria. Caminaron de
la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, radiantes de alegría y
hermosos de rostro; emocionados, sí, pero no de miedo, sino de gozo. Perpetua
marchaba última con rostro iluminado y paso tranquilo, como una gran dama de
Cristo y una preferida de Dios. El esplendor de su mirada obligaba a todos a
bajar los ojos. También iba Felicidad, gozosa de que su afortunado parto le
permitiera luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la
partera al gladiador, para purificarse después del parto con el segundo
bautismo.
Cuando llegaron a la puerta del anfiteatro, quisieron
obligarles a disfrazarse: los hombres, de sacerdotes de Saturno; las mujeres, de
sacerdotisas de Ceres. Pero la generosa Perpetua resistió con invencible
tenacidad. Y alegaba esta razón: “Hemos venido hasta aquí voluntariamente, para
defender nuestra libertad. Sacrificamos nuestra vida, para no tener que hacer
cosa semejante. Tal era nuestro pacto con ustedes”. La injusticia debió ceder
ante la justicia. El tribuno autorizó que entraran tal como venían…
Para
las jóvenes mujeres el diablo había reservado una vaca bravísima. La elección
era insólita, como para hacer, con la bestia, mayor injuria a su sexo femenino.
Fueron presentadas en el anfiteatro, desnudas y envueltas en redes. El pueblo
sintió horror al contemplar a una, tan joven y delicada, y a la otra, madre
primeriza con los pechos destilando leche. Fueron, pues, retiradas y revestidas
con túnicas sin cinturón.
La primera en ser lanzada al aire fue Perpetua
y cayó de espaldas. Apenas se incorporó, recogió la túnica desgarrada y se
cubrió el muslo, más preocupada del pudor que del dolor. Una vez compuesta, se
levantó y, al ver a Felicidad golpeada y tendida en el suelo, se le acercó, le
dio la mano y la levantó…”.
Y así, hasta que murieron. ¡Esto es
coherencia de vida, entre lo que se es y lo que se profesa! Así eran tus
hermanos cristianos de los primeros siglos: vivían la verdad de su fe, hasta
derramar su sangre.
Visto todo esto, te hago un breve resumen de lo que
es la verdad y los tipos de verdad.
Hace veinte siglos un procurador
romano, llamado Poncio Pilatos, hizo esta pregunta a un judío llamado Jesús de
Nazaret: “Y...¿qué es la verdad?”. Y esa pregunta quedó sin ser respondida. ¿Por
qué? Jesús no quiso contestarla. ¿Por qué?
El término verdad se le suele
colocar al lado de otros términos sinónimos: autenticidad, coherencia,
honestidad, sinceridad, integridad, transparencia, hombre o mujer de una sola
pieza.
Y contrapuesto a verdad, tenemos: mentira, hipocresía,
fariseísmo, doblez, engaño, duplicidad de vida, fachada, ocultamiento,
ambivalencia, inescrupulosidad, incoherencia.
Te defino la verdad en
sus tipos; me perdonarás que emplee un poco de filosofía, que hace tiempo
estudié.
1. Verdad del ser: ser aquello que uno es, que
uno debe ser. Hay verdad del ser cuando tú te comportas como persona
inteligente, libre y responsable. Vives en la verdad de tu ser cuando sabes y te
comportas con lo que te exige tu origen, tu fin como persona humana, cuando
tienes trascendencia y sentido. Cuando vives la verdad de tu ser, vives
realizado, feliz, digno y te elevas sobre todo el universo material y animal. Lo
contrario a la verdad del ser es la inautenticidad.
2. Verdad del
pensar: tu mente está hecha para percibir el ser de las cosas. Cuando tu
mente coincide que la verdad de las cosas, vives en la verdad del pensar. Tu
mente tiene que respetar la verdad de las cosas: la verdad del trabajo, del
dinero, de la sexualidad, del matrimonio, del estudio, de la carrera... ¡Cuánta
formación necesitas para descubrir la verdad de las cosas, y pensar así con
veracidad de ellas! Lo contrario a la verdad del pensar es el error, que puede
ser consciente o inconsciente, voluntario o involuntario.
3.
Verdad del hablar: decir lo que tu mente sabe que es verdad, y que lo ha
descubierto así, después del estudio y la formación. Tus palabras deben ser
vehículo leal de lo que piensas. Por medio de tu palabra, haces partícipe a los
demás de lo que llevas dentro. La palabra es puente que hace transparente a los
demás el corazón y la intimidad de la persona. Lo contrario a la verdad del
hablar es la mentira.
4. Verdad del obrar: es la verdad
del comportamiento y de la vida. Vivir como se cree, coherencia de vida entre lo
que se cree, lo que se predica y lo que se vive. Si vives esta verdad, serás
sincero y cumplidor a tu palabra dada, serás leal y fiel a tus compromisos
asumidos, serás equitativo y justo con los demás. Lo contrario a la verdad del
obrar es la incoherencia, el fariseísmo, la hipocresía.
II.
EXIGENCIAS Y OBSTÁCULOS DE LA VERDAD
1. Primero, las
exigencias.
Tener una conciencia recta y bien formada es la
exigencia para vivir en la verdad, decir la verdad, hacer la verdad en la vida.
La conciencia moral es aquella capacidad que todo ser humano tiene de
percibir el bien y el mal, y de inclinar la propia voluntad a hacer el bien y a
evitar el mal.
La conciencia es esa voz interior que te dice (o te
debería decir, si es recta): “Haz el bien, evita el mal”. Ahí está la
conciencia. Si tú no cumples con tus deberes de estado y profesionales, si
descuidas las tareas encomendadas, si pierdes el tiempo en tu trabajo o te robas
algo...la conciencia te debería decir: “Oye, eso no es tuyo...estás perdiendo
tiempo...llegaste tarde...no dijiste toda la verdad”.
Si eres una
persona honesta y sincera...podrás leer en tu corazón estas normas de ley
natural, con las que todos nacemos:
- Di siempre la verdad. - No
hagas a los demás lo que no quieres que a ti te hagan. - No mates. -
Respeta a tus padres. - Respeta las cosas ajenas, etc.
No necesitas
ser cristiano o católico para escuchar esto en tu conciencia. Simplemente si hay
hombre honesto, sincero, leal... escucharás, nítida, la voz de tu conciencia.
Pero hay peligros de deformar la conciencia. Y cuando esto pasa, es muy
difícil escuchar esos imperativos de ley natural, y es muy difícil vivir en la
verdad y decir la verdad. Puedes ponerte máscaras en la conciencia, caretas:
eres una cosa y aparentas otra; en la vida social eres así, y en la vida
personal eres de otra manera, y con tu familia de otra,
Y aquí comienzan
los resquebrajamientos y las grietas de tu personalidad. No eres sincero, no
eres leal, no vives en la verdad. Te sientes mal. Incluso psicológicamente
quedas afectado.
Tienes que saber quitarte las caretas, tener la
valentía de arrancarte las máscaras, para que seas lo que eres y debes ser.
Hay diversas máscaras o caretas:
a) La conciencia
indelicada: cuando admites a sabiendas pequeñas transgresiones a tus
deberes profesionales, familiares y personales. “Total, no es nada. Total, a
nadie hago el mal. Total, es poca cosa”.
b) La conciencia
adormecida: bajo la anestesia de la juerga, la francachela, la
superficialidad, el alcohol, el vicio, las mujeres...tu conciencia no reacciona,
no escuchas su voz. Esta dormida, narcotizada, anestesiada.
c) La
conciencia domesticada. Una conciencia para andar por casa. Es
conciencia mansa, que ya no produce remordimientos, angustias, desazones
interiores ante el mal hecho. La has domesticado: ya no salta, ya no ruge, ya no
se lanza...la tienes bien tranquila, con el látigo de la excusa y de las
justificaciones.
d) La conciencia deformada: juzga bueno
lo que es malo y viceversa.
e) La conciencia farisaica:
afán de aparentar exteriormente rectitud moral, estando lleno por dentro de
mentiras e hipocresía.
Urge, pues, formar la conciencia, para poder
discernir entre lo bueno y lo malo, la verdad de la mentira, pues sólo la
conciencia debe ser el faro único que guíe tus pasos en la oscuridad.
Formar la conciencia. ¿Cómo, con qué medios?
Hacer balance de tus acciones, para ver si concuerdan a tus principios
rectos y sanos.
El consejo de un amigo formado.
Tener un guía espiritual.
Si eres cristiano, tienes el gran medio de la confesión sacramental.
2. Segundo, los obstáculos en la búsqueda de la
verdad.
El escepticismo radical moderno 47 : afirma que la verdad no existe, o que, si existe,
el hombre es incapaz de conocerla. Si el escepticismo fuese verdadero, se
negaría a sí mismo. En el campo moral, no sólo no se está de acuerdo sobre lo
bueno y lo malo, sino incluso se pone en duda sobre la validez de esa
distinción. En otros tiempos se veía la necesidad de defender algunas verdades
(la verdad de los bienes materiales, de la propiedad privada, la verdad sobre
los fines y propiedades del matrimonio, la verdad sobre las drogas...); hoy es
necesario defender la misma verdad.
Relativismo: se refiere tanto al conocimiento como a la moral. Es la
tesis que niega la existencia de verdades absolutas, universales y necesarias:
todas las verdades dependen de diversas condiciones y circunstancias que las
hacen particulares y cambiantes. El relativismo niega la posibilidad de
establecer verdades objetivas. Ya en el campo moral, el relativismo afirma que
no hay nada de lo que podamos decir que sea bueno o malo absolutamente. Hoy
cunde la dictadura del relativismo, nos dijo el Papa Benedicto XVI, al inicio de
su pontificado.
El utilitarismo o pragmatismo: dice que es verdad “sólo lo que te sirva
y te es práctico”. Hace de la utilidad el valor principal. Esta doctrina la
promovieron J. Bentham y Stuart Mill en la Inglaterra de finales del siglo
XVIII. Para Bentham, utilidad significa placer, bien, felicidad. Mill destacó el
carácter cualitativo del placer y proclamó la superioridad de los placeres
intelectuales y de los sentimientos morales.
Permisivismo: con su filosofía de “todo está permitido”, al final es una
bomba a la verdad de las cosas, a la verdad de la naturaleza. ¿El aborto, la
unión de homosexuales es una verdad, porque está permitido por la ley civil?
Manipulación social: en parlamentos, gobiernos y organismos
internacionales o nacionales. Por ejemplo, en el tratado de Maastricht de la
Unión Europea se esconde el peligro de manipular la sociedad de acuerdo con la
ideología socialista. Aquí se trata de ver todo en clave económica y financiera,
dejando o soslayando el campo educacional y el campo de valores éticos y
religiosos.
La falta de formación humanística y filosófica: también es un obstáculo
para encontrar la verdad. La formación humanística busca el equilibrio de tus
facultades humanas, la recta apreciación de las cosas, la capacidad de juicio,
la madurez humana, la apertura a los valores estéticos, la formación de la
inteligencia, etc. Y la filosofía te lleva a conocer las causas últimas de las
cosas; te lleva a descubrir la verdad total de las cosas.
El subjetivismo: Dice que la verdad no es objetiva, sino subjetiva, y
que cada persona puede determinar por sí misma lo que es verdadero o no. Suele
ser el defecto de los hombres prácticos, como Pilatos, que consideran como una
especulación inútil la búsqueda de la verdad objetiva. El subjetivismo viene a
ser una forma de escepticismo y de relativismo. Afecta a los juicios de valor y
a los criterios que guían la conducta personal.
El encerramiento: hay personas que se encierran en sus ideas, en sus
posiciones y creen que sólo ellos tienen toda la razón y toda la verdad. Pero es
una postura errada, porque nunca están dispuestos a abrirse a la verdad completa
y objetiva.
El hábito de la mentira: es el mayor obstáculo en la búsqueda de la
verdad. Ese decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. La
mentira hace mal sobre todo a quien la dice. Con la mentira se bloquea el
desarrollo de la personalidad.
La vanidad: pone en jaque la verdad de ti mismo, porque te hace
mostrarte como en realidad no eres. Te lleva a ser exaltado por encima de tu
estatura humana y moral. ¿Sabes la fábula de Esopo del cuervo y la zorra? Un
cuervo había robado un trozo de carne; se posó en un árbol. Una zorra, que lo
vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar las proporciones
y belleza del cuervo; le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de
las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. El cuervo se sintió halagado
y quiso demostrar a la zorra que tenía voz; abrió el pico y dejó caer la carne y
se puso a dar grandes graznidos. La zorra se lanzó ávida sobre la carne y la
agarró, diciendo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser
el rey de las aves”. La fábula vale para el insensato y vanidoso.
Termino este apartado con unos párrafos sobre la verdad, dichos por el
entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, que hizo de la
verdad su lema episcopal, “Cooperador de la verdad” que resumen todas las
exigencias y obligaciones de la verdad:
“Llegué a comprender y a
percibir con claridad que renunciar a la verdad no sólo no solucionaba nada,
sino que además se corría el peligro de acabar en una dictadura de la voluntad.
Porque lo que queda después de suprimir la verdad sólo es simple decisión
nuestra y, por tanto, arbitrario. Si el hombre no reconoce la verdad, se
degrada; si las cosas sólo son resultado de una decisión, particular o
colectiva, el hombre se envilece. De este modo comprendí la importancia que
tenía que el concepto de verdad –con las obligaciones y exigencias que,
indudablemente, conlleva- no desapareciera y fuera para nosotros una de las
categorías más importantes. La verdad tiene que ser como un requisito que no nos
otorga derechos, sino que –por el contrario- requiere humildad y obediencia, y,
además, nos conduce a un camino colectivo…”48 .
III.
LA MENTIRA Y LOS ATROPELLOS CONTRA ESTE MANDAMIENTO
La mentira no es
rentable. ¿Te acuerdas del pastor bromista, una fábula contada de nuevo por
Esopo, fabulista griego de mediados del siglo VI, por supuesto antes de Cristo?
Un pastor, que llevaba su rebaño bastante lejos de la aldea, se dedicaba
a hacer la siguiente broma mentirosa: se ponía a gritar pidiendo auxilio a los
aldeanos y decía que unos lobos atacaban sus ovejas. Dos o tres veces los de la
aldea se asustaron y acudieron corriendo, volviéndose después burlados; pero al
final ocurrió que los lobos se presentaron de verdad. Y mientras su rebaño era
saqueado, gritaba pidiendo auxilio, pero los de la aldea, sospechando que
bromeaba una vez más, según tenía por costumbre, no se preocuparon. Y así,
ocurrió que se quedó sin ovejas. La fábula muestra que los mentirosos sólo ganan
una cosa: no tener crédito aun cuando digan la verdad.
Tu vida, es un
hecho, está rodeada de mentiras.
Les decimos a los pequeños: “Niño, no
se dicen mentiras”. Y los mayores las dicen con las falsas sonrisas, con los
dobles juegos, con las medias verdades. Será bueno, por ello, que nos miremos
siempre en este espejo de la verdad que pone delante de nuestros ojos este
octavo mandamiento.
¿Qué es la mentira? La mentira es decir o
hacer lo contrario de lo que se piensa, con intención de engañar. Sólo se miente
cuando hay intención real de engañar. Por tanto, va contra la caridad, pues
busca confundir y engañar al otro.
Caretas de la mentira
La mentira puede presentar varias caretas:
La hipocresía: mentir con la vida. Lee el evangelio de San
Mateo capítulo 23.
La calumnia: echar al prójimo una falta que sabes que no ha
cometido.
La simulación: mentir con hechos. Por ejemplo, delante de tus
papás, del maestro, de tu jefe, del sacerdote... eres correcto, pero se van y
comienzas a portarte mal. ¿Qué pasó, pues?
Adulación: adular, para conseguir algo.
Atropellos
contra este octavo mandamiento
Hay también pecados contra la fama o
el honor del prójimo, unos son de pensamiento, otros de palabra. Todos
atropellan la virtud más importante que tenemos los cristianos: la caridad.
Sospecha temeraria: es dudar voluntaria e internamente de las
buenas intenciones de los demás sin tener fundamento sólido para ello. Se da por
prejuicios, envidias y por un espíritu mezquino que considera a los demás
incapaces de hacer el bien. Debes siempre pensar bien del prójimo.
Juicio temerario de la conducta del otro: Es pensar mal del
otro, sin tener fundamentos. Se da dentro del pensamiento de uno, pero ya
llevado a juicio interno: “Lo hizo por maldad…o para ser visto”. ¿Quién eres tú
para juzgar el interior del otro? Te dice Cristo: “No juzguéis y no seréis
juzgados…con la misma medida con que midiereis seréis medidos vosotros”
(Mateo 7, 1-2). Tan sólo el Dios que todo lo sabe puede dar un juicio justo
sobre los actos del hombre; Dios, que los aprecia en su conjunto y así puede
tener en cuenta la medida justa de nuestra responsabilidad, las circunstancias
de nuestra educación, las malas inclinaciones heredadas. El mismo Cristo, en la
cruz, nos perdonó y no excusó, y tú, ¿te atreves a constituirte en juez de todos
los demás? ¿Quién te has creído? Dice un refrán popular: “Piensa el ladrón que
todos son de su condición”. Yo te aconsejo que creas todo lo bueno que oigas y
sólo lo malo que veas, y aun viéndolo, busca una razón para justificarlo.
La murmuración o difamación: es cuando tú comentas en público
sin necesidad, defectos o pecados de los demás, que son ciertos, pero no es de
tu competencia hacer esto. ¡Es falta de caridad ! Y ya sabes que la caridad es
la virtud principal del cristiano. Por mucho que reces y hagas novenas y lleves
medallas colgadas sobre el cuello, si no tienes caridad, de nada sirve esa
religiosidad. De nuevo es Dios quien te advierte, a través del apóstol Santiago:
“Si alguno se precia de ser religioso, sin refrenar su lengua, antes bien,
engañando o seduciendo con ella su corazón, la religión suya vana es” (1,
26). Es contagioso el cólera, la gripe; pero ninguna enfermedad lo es tanto como
la murmuración. Basta que una apacible noche de verano se eche a cantar un solo
grillo…y al momento siguiente corea ya el canto toda una legión de ellos. No
olvides lo que te dice Dios en el libro del Eclesiástico: “El golpe del azote
deja moretones; pero el golpe de la lengua desmenuza los huesos” (28, 21).
Falso testimonio: consiste en afirmar o negar como testigo
algún hecho con la intención de distorsionar la verdad para perjudicar o
defender injustamente a alguien. El fondo de este pecado es la mentira, pero
incluye además el perjurio contra la fama del prójimo pues se comete la tremenda
injusticia de declarar oficialmente con mentira contra él.
Injuria: tú atacas al otro en su presencia.
Burla: por algún defecto que tenga la otra persona. Son esas
bromas de mal gusto, esas risotadas por deficiencias del prójimo: por sus pecas,
por sus orejas, por su nariz aguileña, por sus labios grandotes, por sus ojos
saltones, etc.
Maldición: pedir un mal contra el prójimo.
Locuacidad: es el hablar sin pensar. Cuando alguien habla
mucho, es fácil que caiga en mentiras, exageraciones, o simplemente palabras
ociosas que no aprovechan a nadie.
La susurración: es el sembrar cizaña entre los demás. El
típico “¿Sabes lo que fulanito dijo de ti? El susurrador suscita el odio y la
venganza. Causa graves daños en las relaciones personales y familiares y puede
llegar a ocasionar guerras, divorcios o peleas.
Déjame hablarte un poco
sobre algunos de estos pecados:
La calumnia
El
pecado de calumnia es de mucha gravedad, ya que combina tres pecados: uno contra
la veracidad (mentir), otro contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y
el tercero contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo).
La
calumnia hiere al prójimo en lo más delicado: su reputación. Si a un hombre le
robamos su reloj, puede enojarse o entristecerse, pero normalmente al cabo del
tiempo quizá compre otro. Pero si lo perdido es su buen nombre, lo privamos de
algo que no podrá comprar con dinero. ¿Qué hay en la tierra, entre los bienes
humanos, más grande, más valioso, que el honor, que el buen nombre?
Vale
más que el oro, que la plata, que todos los tesoros. Así lo declara Dios en el
libro de los Proverbios 22, 1. Si hubieras perdido dinero, empleo, salud,
todo…pero te ha quedado el honor, no eres todavía hombre perdido. Pero, ¡ay de
ti si pierdes tu honor! Y la lengua venenosa va justamente contra el honor. No
mata tan sólo el puñal del asesino. La lengua afilada también asesina. La lengua
viperina es el único instrumento de cortar que por el uso se afila aún más.
Es fácil entender, pues, que el pecado de calumnia es mortal, si con él
dañamos gravemente el honor del prójimo, aunque sea en la estimación de unas
pocas gentes. Y esto es así incluso aunque ese mismo prójimo no se entere del
daño que le hemos causado.
Difamación
Contra este
mandamiento se peca también a través de la difamación. Consiste en dañar la fama
ajena manifestando sin causa justa pecados y defectos que son verdad. Por
ejemplo, cuando comunico a los amigos los pleitos que tiene el matrimonio vecino
al llegar borracho el marido a casa. Puede que haya ocasiones en que, con el fin
de prevenir males mayores, deba revelar los pecados ajenos. Pero no a
cualquiera, sino a quien puede solucionar esos males.
Por ejemplo, será
una obligación hacer ver a tu hijo que su nuevo amigo es drogadicto, o que
convenga informar a la autoridad pública las actividades sospechosas en la
oficina contigua. Puede ser necesario advertir a los profesores del colegio la
deshonesta actitud mostrada por un compañero de tu hijo. Pero lo más usual es
que cuando hablamos mal de alguien lo hagamos llevados por una intención poco
recta.
Por eso, si no tenemos una causa justa, aunque lo que digamos sea
verdad, es ilícito difundir sin necesidad los defectos ajenos. Ahora bien, si el
hecho peyorativo que mencionas es algo público, algo que resulta del
conocimiento de todos, no es pecado, como el caso de crímenes pasionales que
publican todos los periódicos. Pero, aun en estos casos, la caridad nos llevará
a condolernos y a rezar por el pecador, más que a cebarnos en su desgracia.
¡La lengua! El que no peca con la lengua es varón perfecto, nos dice
Dios, a través del apóstol Santiago en su carta (capítulo 3, 2).
Dice
san Bernardo: “Dios dejó en libertad nuestros órganos, pero levantó un doble
muro delante de la lengua: los dientes y los labios; como para amonestarnos que
no nos pongamos a hablar precipitadamente”. Y el autor del Eclesiástico:
“Las palabras de los sabios serán pesadas en una balanza” (21, 28). Alguien
dijo que callar es la madre de los pensamientos sabios. De aquí podemos deducir
que la charlatanería es la madre de las cosas malas. ¡Domina tu lengua, amigo!
Te dice Jesucristo en el evangelio: “Yo os digo que hasta de
cualquier palabra ociosa que hablaren los hombres han de dar cuenta en el día
del juicio. Porque por tus palabras habrás de ser justificado, y por tus
palabras, condenado” (Mateo 12, 36-37). Si Cristo reprueba hasta la palabra
ociosa, ¡cómo ha de juzgar entonces la palabra chismosa, infamadora,
calumniadora!
No sólo se falta al octavo mandamiento con la palabra y la
mente, sino que también hay pecados de oído. Escuchar con gusto la
calumnia y difamación, aunque no digamos una palabra, fomenta la difusión de
murmuraciones maliciosas. Nuestro deber cuando se ataque la fama de alguien en
nuestra presencia, es cambiar la conversación, e incluso intentar sacar a
relucir las virtudes del difamado. Afrentar la dignidad de una persona, es
decir, lesionar su honor, es el pecado de contumelia.
Contumelia
¿Qué debes hacer cuando alguien critica
de otro en tu presencia? Basta un poco de habilidad, presencia de ánimo, para
llevar a otros cauces la corriente de las palabras chismosas. Así como lo hizo,
por ejemplo, el canciller mártir de Inglaterra, Tomás Moro. Si en su presencia
se empezaba a hablar de las faltas de una persona, inmediatamente interrumpía en
tono festivo: “Pues que digan lo que quieran; yo sostengo que esta casa está
bien construida y que su arquitecto fue un hombre eximio”. Los chismosos
caían inmediatamente en la cuenta, comprendían el delicado aviso.
En los
pecados anteriores, el prójimo está ausente, en éste el prójimo está presente.
Este pecado de contumelia adopta distintas modalidades. Una de ellas sería, por
ejemplo, negarnos a dar al prójimo las muestras de respeto y amistad que le son
debidas, como no contestar su saludo o ignorar su presencia, como hablarle de
modo altanero o ponerle apodos humillantes.
Un pecado parecido de grado
menor es esa crítica despreciativa, ese encontrar faltas en todo, que para
algunas personas -por ejemplo, para la esposa con su marido; para el marido con
su suegra- parece constituir una arraigada costumbre.
Revelar
secretos
Otro posible modo de ir contra el octavo mandamiento es
revelar secretos que nos han sido confiados.
La obligación de guardar un
secreto puede surgir de una promesa hecha, de la misma profesión (políticos,
médicos, investigadores, etcétera), o, simplemente, porque la caridad me lleva a
no divulgar lo que pueda dañar o herir al prójimo. Se incluyen en este tipo de
pecados leer la correspondencia ajena sin permiso, o escuchar conversaciones
privadas atrás de la puerta o por la extensión telefónica, o meterse en la
casilla de correo electrónico del otro para leer los mails que le mandan.
¿Cuál es la gravedad de estos pecados?
La gravedad
del pecado dependerá en estos casos del daño o perjuicios ocasionados por
nuestra actitud. Conviene recordar por último que este mandamiento, igual que el
séptimo, nos obliga a reparar los males causados.
Si perjudicamos a un
tercero con alguna mentira, lo difamamos, lo humillamos o revelamos sus
secretos, nuestra falta no estará saldada hasta que compensemos los perjuicios
lo mejor posible. Y debemos hacerlo, aunque hacer esa reparación nos exija
humillarnos o sufrir un perjuicio nosotros mismos.
Si has calumniado,
debes decir que te habías equivocado radicalmente; si has murmurado, tienes que
compensar tu difamación hablando cosas buenas del afectado; si has insultado,
debes pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público; si has revelado
un secreto, debes reparar lo mejor que puedas las consecuencias que se sigan de
tu imprudencia.
Si has tocado el honor del prójimo, debes reparar y
rectificar.
Rectificar, así como rectificó el rector de la Universidad
de París las sospechas que concibió contra Ignacio de Loyola, el fundador de la
Compañía de Jesús. ¿Sabes cómo fue el hecho?
Uno de los profesores de la
Universidad se quejó de Ignacio porque éste y sus jóvenes amigos hacían tantos
rezos, que por ello descuidaban el estudio. El hecho no era cierto. Pero el
rector dio crédito a la denuncia, y ordenó que se procediese al castigo de
Ignacio; había que convocar a son de campana a todo el colegio para que, a vista
de todos, cada profesor diera un golpe con una vara en la espalda del culpable.
¡Terribles tiempos aquellos del siglo XVI!
Ignacio sabía que era
completamente inocente, y, sin embargo, estaba dispuesto a sufrir el castigo; lo
único que pidió al rector fue que no se le humillase tanto delante de sus
compañeros para que no perdieran éstos su ánimo de llevar una vida piadosa.
Pero el rector, que conoció entretanto la inocencia completa de Ignacio,
no le contestó, sino que le hizo entrar en el aula, donde ya se había congregado
para el acto del castigo todo el claustro de profesores y la muchedumbre de
estudiantes. Y allí, a la vista de toda la Universidad, el rector se arrodilló
delante de Ignacio y le pidió perdón por haber dado crédito con tanta ligereza a
la acusación lanzada contra él… No sabemos a quién admirar más: si a
Ignacio, que estaba dispuesto a sufrir el castigo, aunque inocente, o al rector,
que supo rectificar con tanta hombría su sospecha precipitada.
“Quien
guarda su boca, guarda su alma; pero el inconsiderado en hablar sentirá los
perjuicios” (Proverbios 13, 3).
¿Podemos tomar medidas radicales,
firmes, profundas, contra la mentira, el chismecillo, la calumnia espontánea o
promovida de modo organizado y sistemático?
La primera cosa que
podríamos hacer es mirar nuestros corazones. Si guardamos rencores, si la
envidia asoma de vez en cuando su cabeza repugnante, hemos de pedir a Dios un
corazón bueno, que sepa perdonar, que sepa amar. Quien no ama a su hermano no
puede amar a Dios (1 Jn 4,20). Del corazón malo sólo salen malas cosas. El virus
de la calumnia se origina en mentes que viven fuera del Evangelio, en fuentes
incapaces de ofrecer el agua del amor (St 3,10-18).
Por lo mismo, hemos
de decidirnos a no ser nunca los primeros en lanzar una crítica contra nadie.
¿Para qué voy a decir esto? ¿Es sólo una imaginación mía? ¿Me gustaría que
alguien dijese algo parecido de mí? Al contrario, necesitamos aprender a ser
ingeniosos para alabar y defender a los demás. Esto es posible si tenemos un
corazón realmente cristiano, bueno, comprensivo, misericordioso. En ocasiones
veremos fallos, pero el amor es capaz de cubrir la muchedumbre de los pecados
(1Pe 4,8).
Cuando sea posible, podremos corregir al pecador, pero
siempre con mansedumbre, como nos enseña san Pablo: "Hermanos, aun cuando
alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con
espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser
tentado. Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de
Cristo" (Ga 6,1-2).
Después, como ante una epidemia grave, hemos de
levantar una barrera firme, decidida, contra cualquier calumnia. Nunca divulgar
nada contra nadie, mucho menos una suposición, una mentira como tantas otras
lanzadas por ahí (a través de la prensa, de internet, a viva voz). Incluso
cuando sepamos que alguien ha sido realmente injusto, porque lo hemos visto,
¿para qué divulgarlo? ¿Es esto cristiano? ¿No es mejor amonestar a solas al
hermano para ver si puede convertirse, si puede cambiar de vida?
Tendríamos que ser firmes como muros: delante de nosotros nadie debería
poder hablar mal de otras personas. De un modo especial deberíamos defender el
buen nombre del Papa, de los obispos, de los sacerdotes, de todos los demás
bautizados y de todo hombre. Todos somos Iglesia. El amor debe ser el distintivo
de los cristianos.
Andar continuamente con quejas y lamentaciones, con
rencores y espíritu de lucha mundana, no soluciona nada y fomenta ese veneno que
originará nuevos rencores, chismes y, en ocasiones, calumnias. ¡Qué triste
imagen la de una comunidad "cristiana" en la cual unos acusan a los otros, los
denigran, les ponen la zancadilla a sus espaldas!
El ejemplo de Jesús al
respecto es elocuente: “Nadie habló como Él” –decían. No sólo porque hablaba con
elocuencia, sino también porque hablaba con dulzura, con bondad, con respecto.
Jesús sabía lo malo que había en cada uno de los corazones, y sin embargo, nunca
criticó a nadie, ni pensó mal de nadie. Y cuando tenía que corregir a sus
apóstoles, lo hacía en privado, con respeto y dándoles lecciones de vida.
Sí, tuvo palabras duras y fuertes contra algunos fariseos que no querían
abrirse a su mensaje, o manipulaban a los demás, o incluso querían manipular al
mismo Dios. Lo hizo siempre comedido, con gran respeto y siempre para el bien de
ellos. Él sí podía decírselo, pues era el Señor. Pero con los demás pecadores,
incluso públicos, ni una palabra crítica, sino compasión y misericordia.
La distinción de los discípulos de Jesús será siempre la misma: el amor
(Jn 13,35). Desde el amor y con amor podremos (¡sí se puede!) eliminar cualquier
nuevo brote de calumnia entre cristianos. Podemos... si oramos humildemente, si
se lo pedimos a Cristo con todo el corazón. Entonces sí podremos vivir, de
verdad, como cristianos, porque estaremos dentro del amor. "Toda acritud,
ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de
entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos
mutuamente como os perdonó Dios en Cristo" (Ef 4,31-32).
Perdonarnos
y amarnos: ese será el mejor remedio para erradicar, dentro de nuestro mundo, el
síndrome de la calumnia, para vivir con salud, en autenticidad, nuestra fe en el
Señor Jesús.
Ojalá que la comprensión de la Verdad como atributo divino
nos ayude a aborrecer todo lo que sepa a doblez, simulación, charlatanería y
murmuración. “Que sea tu sí, sí; y tu no, no” (Mt 5, 37); abrir la boca
sólo para decir lo que estamos seguros de que es cierto y que es oportuno para
el bien de nuestro interlocutor. Que nunca hablemos del prójimo si no es para
alabarlo, y, si tenemos que decir de él algo negativo, lo hagamos obligados por
una razón grave y suavizando nuestras palabras con el aceite de la caridad.
Tal vez no exista en el mundo nada más peligroso que esa especie de
devaluación de la mentira que hoy circula entre los creyentes. Nadie sabe muy
bien por qué, pero lo cierto es que parece que entre los cristianos hubiésemos
decidido que la mentira bajase a segunda división. Es una especie de pecado
“menor” que consideramos inevitable para poder vivir. ¿No te ha pasado alguna
vez esto?
A veces escucharás: “Todos mienten”… “En la vida, ya se
sabe, hay que mentir, sería insoportable el mundo si no pusiéramos todos en
nuestra boca la vaselina de la mentira”. Y empezamos a mentir en lo que
llamamos “cumplidos sociales”. Luego empezamos a hablar de las “mentiras
piadosas” o de las “mentiras sin importancia”. Después nos inundamos de falsas
sonrisas. Y al final ya nadie cree en nadie porque todos estamos seguros de que
lo que fulano nos está diciendo es lo contrario de lo que dirá cuando esté a
nuestras espaldas. Y es así como, al final, nadie se fía de nadie, y creamos
esta especie de lago de mentiras en el que chapoteamos. ¡Qué feo!
Y no
hablemos de algunos medios de comunicación social y de algunos
periodistas. Son el cuarto poder, después del legislativo, ejecutivo y judicial.
Si tú decides ser periodista, lo primero que se te pide es que digas siempre la
verdad objetiva de los hechos, y con respeto, sin meterte en la vida privada de
las personas. Estás llamado a observar la verdad, que es el fundamento de toda
ética. En los medios de comunicación social se juega algo fundamental: la
relación de la comunicación de la palabra y la imagen con la verdad. Ojalá que
la pasión, fuerza y capacidades comunicativas de todos los periodistas estén
siempre puestas al servicio de la verdad y el bien común para construir una
sociedad más justa y fraterna.
Los medios de comunicación social son
algo bueno. El problema está no en lo que son, sino en la forma en que se usan.
Los medios de comunicación son una respuesta maravillosa a las necesidades del
hombre de comunicarse y ser informado y han ido adquiriendo cada vez más
importancia en todas las sociedades, gracias a la influencia que ejercen sobre
la opinión pública.
Esta influencia tan grande, debería de concienciar a
los encargados de los medios de la grave responsabilidad que tienen de hablar
con la verdad, de dar unas información verdadera e íntegra que respete la
justicia y la caridad y que sea dada de una manera honesta y conveniente,
respetando los derechos legítimos y la dignidad del hombre.
Sin embargo,
vemos que la realidad es distinta y algunos medios nos presentan, a veces, una
verdad deformada por los prejuicios, simpatías o antipatías de los informantes,
quienes en vez de ser objetivos en la información, expresan sus opiniones y sus
ideologías propias, influyendo de una manera nociva a toda la comunidad.
Otras veces, la información que recibimos de los medios es utilizada
para engañarnos y manipularnos hacia determinada acción, como la compra de un
producto, que te promete que si lo compras serán tan guapa como la modelo que
sale en el anuncio o que podrás salir con chicas tan guapas como ella.
Los programas de televisión, las canciones en la radio, las telenovelas,
muchas veces desvirtúan también la verdad y nos presentan modelos ficticios de
vida, presentándonoslos como los ideales a los que debemos tender. Estos
programas, generalmente nos ofrecen una imagen desvirtuada del matrimonio y de
la familia.
También encontramos que los medios muchas veces no respetan
la dignidad del ser humano y violan los derechos más esenciales, como el de la
vida privada. Existen miles de revistas y periódicos cuyo éxito consiste en
divulgar los secretos más íntimos de las personas famosas.
Este uso de
los medios atenta directamente contra la justicia y la caridad que se merece
todo ser humano, por ser imagen de Dios.
Es de todos conocido también el
mal uso y el abuso que han sufrido las redes de información, en las cuales hay
miles de gentes interesadas única y exclusivamente en engañar y manipular a los
jóvenes hacia vicios como la pornografía, la drogadicción o la prostitución.
Por eso, cuida mucho lo que ves y oyes en los medios de comunicación.
Selecciona aquello que te dignifica.
¡Cuántas veces te manipulan desde
tantas partes! Manipulan la verdad en el lenguaje televisivo, político y social.
Lo único que pretenden quienes manipulan la verdad es llevarte a lo que ellos
quieren.
Cristo nada odió tanto como la mentira. Para Jesús el diablo
era literalmente el padre de la mentira y Él veía en la falta a la verdad el
signo de lo diabólico. De ahí su rechazo visceral a las posturas mentirosas de
algunos fariseos. Jesús, que era comprensivo con los pecadores, que no tenía
inconveniente en comer con los ladrones y los abusivos, no soportaba algunas
posturas de los fariseos y hasta parece que le dolió más el hecho de que Judas
le traicionase con un beso que la misma traición de su discípulo. Judas jugó con
la mentira.
Unamuno, escritor español del siglo XX, decía que no es el
error, sino la mentira, lo que mata el alma. Porque el que yerra puede
equivocarse con buena voluntad y será juzgado según esa buena voluntad. Pero,
¿qué buena voluntad hay en el que miente?
La malicia de la
verdad
He querido reservar hasta el final de este apartado la
pregunta más importante:
¿Por qué la mentira es mala?
No puedes responder así: “No vale la pena mentir, porque de todos modos
viene a saberse la verdad”. De hecho, hay mentiras que nunca llegan a
descubrirse en esta vida.
¿Dónde está el mal de la mentira?
Tú
eres imagen y semejanza de Dios, ¿no es cierto? Pues Dios es la Verdad eterna.
Por tanto, más te asemejarás a Dios en la medida en que seas veraz y digas
siempre la verdad. En cambio, el que miente se hace semejante al diablo. El
Señor echa en cara de los fariseos mentirosos: “Vosotros sois hijos del diablo,
y así queréis satisfacer los deseos de vuestro padre…; es de suyo mentiroso y
padre de la mentira” (Juan 8, 44). Por tanto, toda mentira es mala porque borra
del alma esta semejanza con Dios. Y aunque no dañáramos a alguien, nos estamos
dañando a nosotros mismos.
Hay otra razón fuerte de por qué la mentira
es mala. La mentira es un abuso del orden natural, pues Dios nos ha dado el
lenguaje para expresar nuestros pensamientos. Te dañas a ti mismo con la
mentira, a tu misma naturaleza, a tu pensamiento, a tu psicología.
La
mentira se parece al arma del indígena de Australia, el bumerán, que, una vez
lanzada, o bien da en el blanco y lo destroza y le causa perjuicio (es la
mentira maliciosa), o falla, y entonces vuelve al que la ha lanzado y le hiere a
él (es la mentira inofensiva que daña al mismo individuo).
Un tercer
motivo de por qué la mentira es mala: porque haría imposible una vida digna del
hombre. ¿Qué pasaría si la mentira fuera la moneda corriente de nuestra
sociedad? ¿Qué enfermo creería al médico? ¿Qué alumno creería al maestro? ¿Qué
hijo creería a su padre? ¿Qué padre creería a su hijo? ¿Qué obrero creería en su
jefe? ¿Qué jefe creería a su obrero? ¿Qué esposo creería a su esposa y
viceversa? Todo sería un caos, ¿no crees?
Con estos motivos, podrás
comprender la malicia de la mentira.
IV. ¿PUEDES OCULTAR LA
VERDAD?
La obligación del octavo mandamiento de decir siempre la
verdad no te obliga a decir todas las verdades que conoces. Hay muchas cosas que
tal vez sabes y que la prudencia, la discreci&o