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Catholic.netFuente: Conoze.com Autor: Alfonso Aguiló Pastrana
He recibido un
e-mail, de esos envíos masivos que se mueven a diario por el ciberespacio, que
habla de un tal Jerry. Tiene su gracia, y es breve, así que lo copio a
continuación.
Jerry era director de un restaurante en una pequeña
ciudad de Estados Unidos. Siempre estaba de buen humor y tenía algo positivo que
decir.
Era un motivador nato. Por dos veces, cuando cambió de trabajo,
varios de sus empleados se empeñaron en seguirle a donde él fuera a trabajar. Si
un trabajador tenía un día malo, Jerry siempre estaba allí, haciéndole ver el
lado positivo de la situación.
Su manera de ser provocó mi curiosidad,
así que un día le pregunté: «No me lo explico. No se puede ser positivo siempre,
sin interrupción. ¿Cómo lo haces?». Jerry me contestó: «Cada mañana me levanto y
me digo, tengo dos opciones, puedo elegir estar de buen humor o de mal humor. Y
siempre elijo estar de buen humor. Cada vez que ocurre algo malo, puedo elegir
entre el papel de víctima o el de aprender algo de aquello. Y procuro elegir lo
de aprender algo. Cada vez que le oigo a alguien quejarse, puedo elegir entre
sumarme a sus lamentos o fijarme en el lado positivo de la vida, y siempre
escojo el lado positivo de la vida.»
«Pero no siempre es tan fácil»,
protesté. «Tampoco es tan difícil», contestó Jerry. «La vida es una elección
constante. Cada situación es una elección. Eliges cómo reaccionar ante las
situaciones. Eliges cómo va a afectar la gente a tu humor. Eliges estar de buen
o de mal humor. Es elección tuya decidir cómo vives tu vida.»
Tiempo
después, Jerry fue víctima de un atraco. Había olvidado cerrar con llave la
puerta trasera del restaurante mientras hacía el balance de caja del día, y
entraron dos hombres armados. Trató de abrir la caja fuerte, pero con el
nerviosismo fallaba la combinación. Los atracadores se pusieron más nerviosos
aún que él, y acabaron por dispararle. Afortunadamente, le llevaron enseguida al
hospital, y después de una larga operación y varias semanas de convalecencia,
Jerry recibió el alta.
Vi a Jerry unos meses después. Le pregunté qué le
había venido a la mente cuando ocurrió el atraco. «La primera cosa en que pensé
es que debía haber cerrado bien la puerta. Luego, después de que me disparasen,
cuando estaba tendido en el suelo, recordé que tenía dos opciones: podía elegir
vivir, o podía elegir morir. Y escogí vivir.»
«Los camilleros eran unos
tíos simpáticos. Me animaban. Me decían que me iba a poner bien. Pero cuando me
metieron en la sala de urgencias y vi las caras de los médicos y enfermeras,
mientras me exploraban, me asusté realmente. En sus ojos se leía "es hombre
muerto". Entonces vi que tenía que pasar a la acción.»
«¿Qué hiciste?»,
pregunté. «Bueno, había una enfermera que me preguntaba a gritos si era alérgico
a algo. "¡Sí!", le contesté. Se hizo un silencio grande. Esperaban que
continuara. Yo cogí aire y dije: "Sí, tengo alergia... ¡a las balas!". Después
de las risas de todos, les dije: "Quiero vivir. Así que, por favor, opérenme
cuanto antes".»
Jerry piensa que vivió gracias a los médicos y
enfermeras, pero también gracias a su actitud. Yo aprendí de él que cada día
puedes elegir si vas a encarar la vida con ganas o te vas a amargar. La única
cosa enteramente tuya, que nadie puede controlar o asumir en tu lugar, es tu
actitud. De modo que si tú te das cuenta de esto, todo lo demás de la vida se
hace bastante más fácil.
La historia de Jerry concluye aquí. Es
quizá un tanto simple, pero apunta una idea importante. Todos conocemos personas
que, con su sola presencia, irradian sentido positivo. Su actitud es optimista,
animosa, esperanzada. Poseen como una especie de campo magnético que orienta los
de los que le rodean, que quizá son más débiles o más negativos. Son
desactivadores de crispaciones y rencillas. Cuando afrontan una situación
difícil, suelen ser serenos, conciliadores, armonizadores.
Suelen ser
personas que han conseguido aprender de sus propias experiencias, tanto de las
negativas como de las positivas. Creen en los demás. No reaccionan
desproporcionadamente ante sus defectos, ni ante la crítica o las dificultades.
No se sienten satisfechos cuando descubren los errores y debilidades de los
demás (y eso no porque sean ingenuos, pues también ellos ven esos errores, pero
saben que con su actitud pueden hacerles mejorar o encastillarse en su
conducta). Procuran no etiquetar ni prejuzgar a la gente, sino descubrir los
valores positivos que hay en toda persona. Despiertan agradecimiento y gratitud.
No son envidiosas. Son agradecidas. Tienden, de forma casi natural, a perdonar y
olvidar las ofensas que reciben. Buscan el modo de mejorar su formación. Leen,
escuchan, poseen afán de conocer cosas, les interesa lo que interesa a quienes
le rodean. En fin, toda una actitud digna de imitar en nuestra vida.