El amor humano de Jesús
Muchas veces y de diversos modos hemos considerado el amor incomparable de Jesús, y meditado en las manifestaciones de ese amor y sus consecuencias en favor nuestro. En definitiva, Jesús, el Hijo de Dios encarnado en las entrañas de María Santísima, hombre entre los hombres para redimirnos sin dejar por ello de ser Dios; quiso hacernos partícipes de su divinidad a partir de su muerte en la Cruz. Pero esta verdad, que deslumbra la inteligencia del hombre y sobrepasa de modo absoluto el más elevado anhelo humano de felicidad, quiso Jesucristo que la aprendiéramos precedida de otras manifestaciones de su amor que fueran humanamente tangibles. Es muy probable que nadie hubiera confiado en sus promesas de amor, si no hubiera manifestado ya antes de algún modo amor por los hombres durante su vida mortal.
Es de sobra conocido por todos el espectacular milagro que para hoy nos ofrece la liturgia de la Iglesia. Miles de personas son alimentadas por Jesús, que cuenta sólo con unos pocos panes y unos peces. El prodigio es notorio y pone de manifiesto, sin posible discusión, su poder sobrenatural. Aunque posiblemente gran parte de aquella multitud no entendió el genuino sentido del milagro, sí sirvió, sin embargo, para poner de manifiesto el poder y la autoridad sobrenaturales de su autor: las palabras exigentes que simultáneamente le escuchaban contaban con el refrendo de sus milagros. Las suyas son palabras de Dios –concluye el propio Cristo más de una vez– porque sólo Dios es capaz de las obras que Él hace.
Siendo
éste el principal sentido de los milagros de Jesús –manifestar a todos su
divinidad, y que había venido, como Dios y hombre, en favor de los hombres–, no
pocas veces hace Jesús estos prodigios pero dejando asimismo claro que lo que le
impulsa a ello es la compasión que siente ante el dolor humano o, como el caso
que hoy contemplamos, ante la necesidad de la gente. Jesús se preocupa de la
evidente indigencia humana y, en consecuencia, actúa con eficacia. Diríamos, en
efecto, que le mueve la compasión. No se queda en lamentarse, ni en acompañar
consolando en el sufrimiento. No le basta comprender que son muchos los que, por
desgracia, sufren en bastantes situaciones de ese estilo, ni que el dolor, por
desgracia, es lo propio de aquel triste caso. Comprende la tragedia que aquella
viuda en Naín, según cuenta san Lucas, que acaba de perderlo todo: a su único
hijo, y lo resucita. Y hoy contemplamos que Jesús, al
levantar la mirada y ver que venía hacia él una gran muchedumbre, le dijo a
Felipe:
—¿Dónde
vamos a comprar pan para que coman éstos? Porque algo, desde luego, se
podría pensar para que comiera aquella gente. De poco serviría argumentar lo
evidente: que cada uno era responsable de su problema, sin duda, libremente
asumido al seguirle; que en absoluto eran ellos responsables de la situación...
En el mejor de los casos, un caos considerable estaba garantizado –así habían
venido las cosas– si no se intervenía con eficacia. Pero el gran amor de Jesús
le lleva a sentirse responsable de ellos sólo porque le seguían.
Por lo demás, en buena lógica, cuando todavía no se tiene suficiente visión de las realidades sobrenaturales y, en consecuencia, no es posible captar su auténtico valor, las personas entendemos el amor ofrecido por la gratuidad y abundancia de los dones, meramente materiales, que quien dice amarnos nos otorga. Suele ser en un segundo momento cuando aprendemos el valor de la propia generosidad, del olvido de sí, de sacrificarse en favor de otros..., modos éstos superiores de amar que, por su excelencia, engrandecen de verdad a quien los ejercita, y mucho más que la posesión de bienes meramente terrenos. Pero, ¿cómo comprender que nos quiere quien, pudiendo amarnos, no lo manifiesta con eficacia? ¡Qué difícil se hace amar al que podría salir al paso de nuestro conocido dolor, pero parece ignorarlo a efectos prácticos, por muy buenos que pretenda son sus sentimientos?
El apóstol san Juan es muy claro en esto con los primeros cristianos: el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano. Porque el amor no es sino el de Cristo. En esto hemos conocido el amor –prosigue el apóstol y evangelista–: en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.
Querríamos llevar hasta el exceso –de ser posible– nuestro amor a Dios, por la gratitud que sentimos y pues está en ello la esencia de la santidad. Si el apóstol san Juan pone como condición de auténtico amor transcendente a Dios el amor efectivo a los hermanos, el propio Cristo parece identificar en uno ambos amores: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Y en verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo conmigo. Palabras de Jesús ciertamente nítidas y tajantes, concordes, por lo demás, con la teología paulina que ve otro Cristo en el cristiano: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, afirma.
Santa María nos ilumine maternalmente para que sepamos amar a su Hijo en los demás.
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