CIUDAD DEL VATICANO, viernes 31 de julio de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la meditación de monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca, con motivo de las vacaciones en el verano boreal.

El relato bíblico de la creación es una descripción literaria del hecho
que creemos con profunda fe: que Dios hizo todas las cosas, que las
dejó revestidas de esa bondad y belleza que ponen su firma de autor, y
que tras la creación del hombre y la mujer como cumbre de toda la obra
creada, Dios descansó. Se nos dice con rasgos humanos que el Creador
tiene un momento para crear (no deja ningún instante este divino
quehacer), y otro momento para holgar (sin que signifique fuga
distraída). Por eso a nosotros se nos invita a ser también en este
punto reflejo del Señor: tener un tiempo para nuestro trabajo y un
tiempo para el descanso.
No me estoy refiriendo a las
vacaciones sin más, sino al descanso. Hay vacaciones que pueden ser un
desproporcionado alarde de divertimento frívolo que no aportan nada más
que gasto superfluo. Unas vacaciones así planteadas podrían ser incluso
un sarcásticas ante personas que han perdido su trabajo y que con
creciente angustia tratan de sobrevivir y de encontrar una salida a su
desesperante situación.
En este mundo de la prisa en el que
tantas veces nos vemos envueltos, todos necesitamos un paréntesis de
resuello en el que tomar aliento y recuperar la razones profundas por
las que nuestra vida tiene un sentido. Por eso el principio divino de
descansar supone también un inteligente y al mismo tiempo sencillo modo
de proceder a esta holganza, para que realmente el descanso nos traiga
paz a las tensiones, nos recupere de fatigas, nos reencuentre tras los
desencuentros, nos permita mirar a las cosas, a las personas y a
nosotros mismos como nos contemplan los ojos serenos de Dios. Cada uno
tiene una circunstancia personal que hace que tengamos que pensarnos
cuándo, cómo, dónde, con quién es posible tener estos días vacacionales.
Primero, volver nuestra vida a Dios. Demasiadas veces le tenemos
orillado y ausente por nuestro descuido, por nuestra fe superficial y
nuestro amor raquítico hacia el Señor, hacia María y los santos. Es
deseable que encontremos un hueco según nuestras posibilidades para
recuperar esa relación afectuosa y filial con Dios que tantas veces nos
hurta el apresuramiento de nuestros días. Visitar alguna iglesia en
nuestro deambular veraniego y rezar al Señor, tomar la santa Biblia
como lectura y vivir con más hondura la santa Misa o el sacramento de
la confesión, leer algún libro que nos ayude a comprender mejor nuestra
fe cristiana y nuestra pertenencia eclesial.
Segundo, volver
nuestra vida a las personas a las que Dios ha querido vincularnos por
motivos familiares, amistosos o profesionales. Especialmente con las
personas más cercanas con las que incluso podemos gozar juntos de unos
días de descanso, tratar de disfrutar de su compañía, de aprender de su
sabiduría, dejarnos complementar con sus talentos y dones, al tiempo
que ofrecemos lo que cada uno es y tiene para este intercambio de amor
recíproco. Muchas historias de extrañeza e incluso de hostilidad,
provienen de una falta de verdadera convivencia en el respeto y en la
apertura al otro, e incluso en el mismo tiempo que nos hemos dedicado.
Finalmente, tomarnos estos días de descanso para realmente descansar.
Todo lo que sea saludable para nuestra vida ajetreada y dispersa hemos
de cuidarlo con esmero: la comida, el sueño, el ejercicio físico, lo
que enriquece nuestra vida humana y culturalmente. Sólo así, a la
vuelta de estas vacaciones podremos continuar con nuestro trabajo
habitual habiendo sido enriquecidos en nuestro cuerpo y en nuestro
espíritu.
