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Catholic.netFuente: Gama - Virtudes y valores Autor: P. Fernando Pascual, LC
Catholic.netEn muchas culturas la broma forma parte de la vida. Hay bromas entre niños y
entre ancianos, entre amigos y entre desconocidos, en un programa televisivo, en
el parlamento, en la fábrica o en el bar.
Las bromas son de muchos
tipos. Simpáticas o de mal gusto, de descanso o provocadoras, de tensión o de
ira, capaces de humillar y herir a una persona o llenas de sana alegría,
traicioneras o capaces de restablecer una amistad en quiebra, inocentes o llenas
de malicia.
La broma nace desde una idea y se concreta en palabras o en
acciones. Puede dirigirse a una o a varias personas, a un familiar, a un amigo,
a un desconocido, a uno que nos resulta simpático o antipático. Puede ser breve
y provocar un momento de risa, o larga, y crear una extraña situación entre lo
cómico y lo trágico. Puede mostrar la simpatía del bromista o su bajeza y falta
de escrúpulos.
¿Cómo juzgar el fenómeno de las bromas? En el Catecismo
de la Iglesia católica no aparece ni una sola vez la palabra “broma”. Tampoco se
encuentra la palabra “chiste”, aunque sí es mencionada una vez, en clave
positiva, la palabra “humor” (cf. n. 1676, al citar un documento del episcopado
latinoamericano).
Podríamos ver si se aplican a las bromas algunas
indicaciones dadas sobre la mentira, pues hay bromas que se basan en engaños de
mayor o menor gravedad (cf. Catecismo de la Iglesia católica nn. 2475-2487).
Cuando las bromas faltan seriamente contra la verdad, entonces podrían ser
consideradas como un pecado, especialmente cuando hieren gravemente la confianza
que los demás tienen en nosotros.
El novio, en broma, simula salir con
otra. O hace creer que toma drogas ligeras, o que va a romper con la novia por
un capricho, sólo para jugar y para “gastar una broma”. Sus gestos, aunque
aparentemente inocentes, o quizá incluso pensados como algo “cariñoso”, pueden
abrir heridas imprevistas en la novia, pues la psicología de cada corazón es tan
compleja que no siempre un gesto inocente es interpretado así por quien recibe
la broma.
En la mayoría de las ocasiones, las bromas serán bien
acogidas. Crearán un clima de distensión, de confianza, de simpatía.
Especialmente con ayuda de esas bromas simpáticas que nos muestran el ingenio de
los demás y que nos llevan también a reírnos un poco de nosotros mismos. Serán
bromas bienvenidas, que acogeremos y que repetiremos para reírnos juntos, para
crear un clima alegre en nuestras relaciones humanas.
Con una sana dosis
de prudencia, sabremos discernir con quién y hasta qué medida gastar una broma.
En caso de duda, lo mejor es no bromear: más vale parecer un poco serios que no,
por bromas inoportunas o molestas, abrir una pequeña herida en algún hermano
nuestro.
La prudencia también nos llevará a reconocer que un exceso de
bromas, el vivir continuamente entre chistes e ironías, puede hacer pensar que
somos personas superficiales. La broma vale en un contexto adecuado y sin
abusos. Cuando llega la hora de tocar temas serios, sin llegar a ser rígidos
como un soldado de plomo, hay que saber cambiar de actitud, reconocer que existe
un momento para cada cosa.
Acojamos, pues, las bromas, como parte de esa
riqueza humana que nos permite descansar y darle un toque alegre a la vida. A
pesar de tantas sombras y de tantos problemas, cada uno, desde las distintas
situaciones de la vida, puede reír un poco y crear un clima fraterno de alegría
y de descanso, con buenas bromas y, sobre todo, con el cariño de quien busca
hacer felices a los demás.