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Catholic.netFuente: Catholic.net Autor: Fernando Pascual
La ecología parece ser
una ciencia reciente, pero no lo es. En mayor o menor medida los hombres del
pasado se han preocupado por el ambiente: por la limpieza de los ríos, por la
belleza de los bosques, por la abundancia de los animales y de los peces. Muchas
veces han pensado cómo adornar las ciudades, cómo levantar nuevos parques, cómo
conocer más y mejor los misterios de la vida.
Podemos recordar, en el
mundo griego, los proyectos de Platón para construir una ciudad ideal, pensada
para vivir en armonía con el ambiente exterior; o los estudios de Aristóteles
sobre los animales y las plantas, que le permitían repetir una y otra vez que la
naturaleza “no hace nada en vano”. Los hebreos soñaban una tierra prometida
donde abundase la leche y la miel, o donde el niño pudiese jugar con el león.
Muchos otros pueblos han celebrado ritos y fiestas por los cambios de la luna,
por la llegada de las lluvias, por la primera cosecha, y han soñado en momentos
de paz y de equilibrio entre hombres, animales y plantas.
A simple
vista, uno puede pensar que todas las ecologías son iguales. En ellas se busca
conocer a fondo las distintas relaciones que existen entre los seres vivos y el
ambiente que los rodea. Pero en seguida notamos diferencias profundas.
Intentemos presentar, entre otros que podrían ser mencionados, tres
modelos distintos de ecología.
El primer modelo se limita simplemente a
analizar cómo están las cosas y qué cambios se están produciendo, sin decir nada
sobre si es bueno o es malo lo que ocurre. Es una ecología “neutra”. Si un
volcán quemó miles de árboles e hizo que muriesen ardillas, jabalíes y coyotes,
constatará el hecho, sin mayores problemas. Ocurrió esto y basta. Lo mismo se
aplica a la contaminación: los hombres crean fábricas que contaminan, y los
animales (no sólo los animales, sino también muchos hombres) mueren por culpa de
los gases tóxicos. ¿Es esto algo bueno o malo? La ecología neutra no se
pronuncia ni quiere pronunciarse sobre esto: describe y basta.
El
segundo y tercer modelo se parecen, pues creen que se puede distinguir entre
cambios buenos y cambios malos. Se diferencian, sin embargo, a la hora de
determinar cuáles cambios ecológicos sean buenos, cuáles malos, y por qué. El
segundo modelo toma como punto de referencia una situación ideal, en la que
sería bueno que todos los organismos pudiesen convivir con un cierto equilibrio,
sin realizar entre las especies animales y vegetales ninguna discriminación.
Así, consideran que el clima de los últimos siglos, sus glaciares y desiertos,
las especies animales y vegetales que han dominado en amplias llanuras o en
selvas ecuatoriales, son algo bueno en sí, que habría que conservar. Algunos de
estos ecologistas ven, como principal enemigo de este equilibrio ecológico, al
ser humano (no a todos), en cuanto que ha creado industrias y sistemas de vida
que han destruido millones de hectáreas de bosques, han contaminado ríos y
mares, y han terminado con la vida de un número incontable de animales y
plantas. Algunas especies, incluso, se han extinguido para siempre.
Según el criterio de bien que se escoge en este modelo, habría que tomar
soluciones profundas, aunque nos puedan resultar dolorosas: disminuir el nivel
de vida de los ricos, impedir a los pobres que copien los malos ejemplos de los
países industrializados, controlar la natalidad. Habría que conseguir, por
ejemplo, la eliminación radical de los coches de combustión; o volver al sistema
de cultivos naturales sin el uso de fertilizantes (aunque baje la producción: ya
luego veremos cómo dar de comer a todos los hombres que piden alimento...). No
falta quien dice que sería bueno disminuir el número de seres humanos del
planeta, para conseguir así un equilibrio ecológico idealizado. Los caminos para
esta disminución pueden ser muchos: desde la esterilización de millones de
mujeres (a veces incluso por medio de engaños o de presiones de todo tipo) hasta
el aborto promovido como medio de control natal. Dentro de esta perspectiva hay
quien ha llegado a decir que el ser humano es como un tumor o un cáncer que está
dañando a la tierra. Quien afirma esto sabe cuál es la “solución”: los tumores
se curan eliminándolos...
El tercer tipo de ecología también habla de un
“bien” y un “mal” a la hora de valorar cada ecosistema, pero establece el
criterio de lo que se debe hacer o evitar no en función del equilibrio en sí,
sino en función del ser humano. Es una ecología de tipo humanístico. Es bueno
cuidar el agua, el aire, la temperatura o la belleza de los bosques, y es bueno
porque todo ello hace más hermosa y más digna la vida de los hombres. De los de
hoy, de los que ya están viniendo (esos millones de embarazos que se producen
cada mes), y de los que vendrán. El hombre, en esta perspectiva, no es el malo
del planeta, ni un “cáncer”. No hay que promover la esterilización ni el aborto
ni cámaras de gas para eliminar a los hombres que “sobran” o para impedir que
puedan nacer más. El hombre es el que administra un tesoro, un sistema de vida y
de muerte, que nunca acaba de controlar del todo, y que debe respetar, si quiere
sobrevivir y si quiere hacer más amable la existencia de todos los demás seres
humanos y otras formas de vida que alegran y embellecen nuestros bosques y
praderas. El hombre, que en sí no es malo, puede serlo si vive de modo
irresponsable y arbitrario, si daña de modo indiscriminado el ambiente o
destruye a los animales y las plantas por puro capricho egoísta.
Es
cierto (primer modelo) que el equilibrio actual no es estático, y que basta un
volcán o un meteorito para que empiece a llover en el Sahara y se seque la selva
del Amazonas. Pero no podemos quedarnos con los brazos cruzados: podemos hacer
algo (tal vez mucho) para controlar la contaminación de las ciudades, para
defender los bosques de los incendios o las montañas de la erosión por falta de
árboles. Es cierto también (segundo modelo) que algunos hombres han abusado de
los bienes de la tierra y han destrozado un equilibrio que era bastante bueno,
aunque no perfecto. Pero la culpa de esos hombres (muchos o pocos, no importa)
no puede ser nunca motivo para acusar a todo el género humano como si fuese el
“animal malo” del planeta. Además, la idealización de un modelo ecológico no
podrá justificar nunca el que unos nuevos poderosos, en nombre del ecologismo
internacional, quieran eliminar a otros o controlar de modo salvaje e inhumano
su fertilidad o su misma existencia.
Pero lo más cierto (tercer modelo)
es que la ecología verdadera debe ser humanista: debe defender el valor de todos
y de cada uno de los seres humanos, o no podrá ofrecer criterios justos para
custodiar el patrimonio terráqueo de todos. Sólo por amor al hombre protegeremos
y conservaremos las riquezas de un planeta que, gracias al trabajo y al ingenio
de millones de hombres que han vivido antes que nosotros, nos han permitido
nacer, ser curados y alimentados. Gracias a sus conquistas y progresos podemos
hoy disfrutar de la salida del sol, del canto de un jilguero y, lo que es más
hermoso todavía, de los ojos de un niño que miran al futuro y piden un poco de
amor y de esperanza.
La ecología no puede no ser humanística. Necesita
conocer y amar al hombre, a cada hombre. De este modo podremos proteger e,
incluso, mejorar, algunos ecosistemas en los que se desarrolla nuestra vida
terrena, y en la que vivirán, si así lo quiere Dios y lo permiten los hombres,
las generaciones que vendrán en los siglos futuros.