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Dios mismo mantiene una
relación real con los hombres. La iniciativa es suya, como la existencia misma
de la humanidad, de cada ser humano. Estas personas –sujetos individuales,
inteligentes con capacidad de amar– que somos cada uno y los que junto a
nosotros conviven, hemos sido objeto de cierto "toque" muy especial divino. Para
empezar, Él quiso nuestra existencia –ninguno hemos tenido semejante
iniciativa–, y no una existencia sin más, como lo que nosotros producimos y
simplemente está ahí, sin decir nada ni pretender nada: los coches, por ejemplo.
No somos tampoco las personas como los árboles, pongamos por caso, que son como
los hombres obras del Creador y vendrían a ser respecto a Él como los coches de
algún modo respecto a nosotros: tampoco los árboles le pueden decir nada ni
sienten nada respecto a su Creador: no tienen conciencia de sí mismos y mucho
menos de su Causa.
Es
patente que el hombre es un ser con conciencia: es consciente de sí mismo y se
pregunta el porqué de su existencia: por su Creador y por su destino. Pero los
versículos de san Mateo que consideramos en la fiesa de la Transfiguración de
Nuestro Señor, nos ponen de manifiesto –así lo ha previsto el Espíritu Santo,
principal autor de la Escritura– que Dios ha querido convivir con los hombres,
haciéndonos partícipes de su vida divina. Se narra en este pasaje que dos
hombres hablaban con Jesús: En esto, se les aparecieron
Moisés y Elías hablando con él. Debemos admirarnos –sin querer
acostumbrarnos a esa admiración– al considerar que los hombres llegan a tener
forma gloriosa, según afirma el evangelista –de modo expreso san Lucas– y
trascienden la realidad del tiempo: se les aparecieron bastantes años después de
su tránsito terreno. Dos personas, de sobra conocidas por todo israelita por su
lealtad a Dios, aparecen en perfecta sintonía con la divinidad. Tratan con Jesús
de palabra –el Verbo de Dios encarnado, no lo olvidemos ni por un instante–,
como la cosa más normal en ellos.
Se hace
necesario considerar repetidamente esta verdad decisiva en nuestra existencia.
Recordemos que incluso aquellos discípulos de Jesús elegidos para acompañarle en
aquel decisivo momento, Pedro, Juan y Santiago, al poco tiempo parecen haber
olvidado el suceso del que fueron testigos de excepción. El ajetreo de lo
cotidiano con sus afanes les lleva valorar poco que Dios se interesa por los
hombres, hasta el extremo de mostrarles el esplendor de su vida, hasta hacerles
posible vivir su eternidad. Señor, ¿es ahora cuando vas a
restaurar el Reino de Israel?, le preguntarán instantes antes de ascender
a los cielos. No terminaban de comprender que el Reino de Israel y todas las
realidades de este mundo, no pasan de ser un medio: que lo que Él vino a
establecer en el mundo y la empresa que les encomendaba difundir, era el Reino
de Dios, el Reino de los Cielos, la Vida de Dios con los hombres. Fue precisa la
Pentecostés, para que la Gracia divina iluminara sus mentes y sus corazones y
entendieran, por asombroso que pareciera, que la vida humana puede y debe ser
una vida con Dios, pues así lo quiso nuestro Creador y Señor.
¿En qué
se nota, en el quehacer cotidiano –en el mío– esa dimensión propia y específica
que nos trasciende de la existencia terrena? No es lo nuestro casi únicamente
esforzarnos en un intento para que transcurran nuestras jornadas más gratamente
cada día, con más influencia personal en el entorno o más satisfechos de los
logros conseguidos: no se trata de conseguir esos objetivos. Pedro, junto a
Santiago y Juan, tuvo por un instante la experiencia incomparable de aquella
vida enteramente sobrenatural e intentó permanecer de modo definitivo en aquel
estado que Dios quiso que apenas gozara: Señor, qué bien
estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y
otra para Elías. Comprobó, en efecto, que el hombre está pensado para la
vida en Dios: qué bien estamos aquí, declaró con
sencilla espontaneidad. Hasta entonces no se había sentido tan bien: aquello era
un anticipo de la Eterna Bienaventuranza, para la que todos los hombres hemos
sido creados.
Ahora ya
debemos conducirnos de acuerdo con esa vida –la vida de los hijos de Dios–, que
es la propia y específica para nosotros, como nos ha revelado el mismo Dios
haciéndose hombre. La Redención imprescindible de los pecados, con los medios
sobrenaturales que nos conducen a esa Vida, nos llega también de Jesucristo;
concretamente de su Pasión y muerte en la Cruz, que es su precio. ¿Vivimos de
una vida sacramental que nos nutre espiritualmente haciéndonos crecer en la vida
divina? Los sacramentos, medios por antonomasia para la vida de Dios, son el
fruto de la Cruz de Jesucristo. Sin ellos no puede el cristiano alcanzar la
plenitud que le corresponde: si no coméis la carne del Hijo
del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Así se
expresa Nuestro Señor, de modo inequívoco, para que tuviéramos los hombres muy
claro que no es la nuestra una existencia meramente terrenal, y que la
Eucaristía, a la que conducen los demás sacramentos, es imprescindible para la
salvación.
La
invocación frecuente a Nuestra Madre es medio que desarrolla la vida
sobrenatural y manifestación de ella.
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