este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
1. Al comienzo del nuevo año, quiero hacer llegar a los
gobernantes y a los responsables de las naciones, así como a todos los hombres y
mujeres de buena voluntad, mis deseos de paz. Los dirijo en particular a todos
los que están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la
amenaza de la violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su
dignidad, esperan en su rescate humano y social. Los dirijo a los niños, que con
su inocencia enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad y, con su dolor,
nos impulsan a todos trabajar por la justicia y la paz.
Pensando
precisamente en los niños, especialmente en los que tienen su futuro
comprometido por la explotación y la maldad de adultos sin escrúpulos, he
querido que, con ocasión del Día Mundial de la Paz, la atención de todos se
centre en el tema: La persona humana, corazón de la paz. En efecto, estoy
convencido de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo
la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se
prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.
La persona
humana y la paz: don y tarea
2. La Sagrada Escritura dice: «Dios
creó el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó»
(Gn 1,27). Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la
dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de
poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas.
Al mismo tiempo, por la gracia, está llamado a una alianza con su Creador, a
ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie más puede dar en su lugar. (1) En
esta perspectiva admirable, se comprende la tarea que se ha confiado al ser
humano de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo,
renovándolo en la justicia y en la paz. San Agustín enseña con una elocuente
síntesis: «Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin
nosotros». (2) Por tanto, es preciso que todos los seres humanos cultiven la
conciencia de los dos aspectos, del don y de la tarea.
3. También la paz
es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los
individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo
relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también
es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios. En efecto, la paz es
una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de
un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que
necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran,
pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra
existencia sobre la tierra. Mi venerado predecesor Juan Pablo II, dirigiéndose a
la Asamblea General de las Naciones Unidas el 5 de octubre de 1995, dijo que
nosotros «no vivimos en un mundo irracional o sin sentido [...], hay una lógica
moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los
hombres y entre los pueblos». (3) La “gramática” trascendente, es decir, el
conjunto de reglas de actuación individual y de relación entre las personas en
justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja
el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, «creemos que
en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad». (4) Por
tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una respuesta personal
coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha
respuesta no puede ser otro que el respeto de la “gramática” escrita en el
corazón del hombre por su divino Creador.
En esta perspectiva, las
normas del derecho natural no han de considerarse como directrices que se
imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario,
deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino
universal inscrito en la naturaleza del ser humano. Guiados por estas normas,
los pueblos —en sus respectivas culturas— pueden acercarse así al misterio más
grande, que es el misterio de Dios. Por tanto, el reconocimiento y el respeto de
la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo entre los creyentes
de las diversas religiones, así como entre los creyentes e incluso los no
creyentes. Éste es un gran punto de encuentro y, por tanto, un presupuesto
fundamental para una paz auténtica.
El derecho a la vida y a la
libertad religiosa
4. El deber de respetar la dignidad de cada ser
humano, en el cual se refleja la imagen del Creador, comporta como consecuencia
que no se puede disponer libremente de la persona. Quien tiene mayor poder
político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo para violar los
derechos de los otros menos afortunados. En efecto, la paz se basa en el respeto
de todos. Consciente de ello, la Iglesia se hace pregonera de los derechos
fundamentales de cada persona. En particular, reivindica el respeto de la vida y
la libertad religiosa de todos. El respeto del derecho a la vida en todas sus
fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el
sujeto no tiene a su entera disposición. Igualmente, la afirmación del derecho a
la libertad religiosa pone de manifiesto la relación del ser humano con un
Principio trascendente, que lo sustrae a la arbitrariedad del hombre mismo. El
derecho a la vida y a la libre expresión de la propia fe en Dios no están
sometidos al poder del hombre. La paz necesita que se establezca un límite claro
entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables
en ese patrimonio de valores que es propio del hombre como tal.
5. Por
lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se
hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos
armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes
silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los
embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El
aborto y la experimentación sobre los embriones son una negación directa de la
actitud de acogida del otro, indispensable para establecer relaciones de paz
duraderas. Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma
preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades
que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a
menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas.
Hablando en particular de los cristianos, debo notar con dolor que a veces
no sólo se ven impedidos, sino que en algunos Estados son incluso perseguidos, y
recientemente se han debido constatar también trágicos episodios de feroz
violencia. Hay regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que
otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino
un escarnio cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. En todo
caso, no se respeta un derecho humano fundamental, con graves repercusiones para
la convivencia pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una
cultura negativa para la paz.
La igualdad de naturaleza de todas las
personas
6. En el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz
se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, hay
todavía en el mundo. Entre ellas son particularmente insidiosas, por un lado,
las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la
casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades entre hombre y mujer
en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales. Un elemento de
importancia primordial para la construcción de la paz es el reconocimiento de la
igualdad esencial entre las personas humanas, que nace de su misma dignidad
trascendente. En este sentido, la igualdad es, pues, un bien de todos, inscrito
en esa “gramática” natural que se desprende del proyecto divino de la creación;
un bien que no se puede desatender ni despreciar sin provocar graves
consecuencias que ponen en peligro la paz. Las gravísimas carencias que sufren
muchas poblaciones, especialmente del Continente africano, están en el origen de
reivindicaciones violentas y son por tanto una tremenda herida infligida a la
paz.
7. La insuficiente consideración de la condición femenina provoca
también factores de inestabilidad en el orden social. Pienso en la explotación
de mujeres tratadas como objetos y en tantas formas de falta de respeto a su
dignidad; pienso igualmente –en un contexto diverso– en las concepciones
antropológicas persistentes en algunas culturas, que todavía asignan a la mujer
un papel de gran sumisión al arbitrio del hombre, con consecuencias ofensivas a
su dignidad de persona y al ejercicio de las libertades fundamentales mismas. No
se puede caer en la ilusión de que la paz está asegurada mientras no se superen
también estas formas de discriminación, que laceran la dignidad personal
inscrita por el Creador en cada ser humano. (5)
La ecología de la
paz
8. Juan Pablo II, en su Carta encíclica Centesimus annus,
escribe: «No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla
respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido
dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe
respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado». (6)
Respondiendo a este don que el Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus
semejantes, puede dar vida a un mundo de paz. Así, pues, además de la ecología
de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar «humana», y que a su vez
requiere una «ecología social». Esto comporta que la humanidad, si tiene
verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre
la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología
humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio
ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más
claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los
hombres. Una y otra presuponen la paz con Dios. La poética oración de San
Francisco conocida como el “Cántico del Hermano Sol”, es un admirable ejemplo,
siempre actual, de esta multiforme ecología de la paz.
9. El problema
cada día más grave del abastecimiento energético nos ayuda a comprender la
fuerte relación entre una y otra ecología. En estos años, nuevas naciones han
entrado con pujanza en la producción industrial, incrementando las necesidades
energéticas. Eso está provocando una competitividad ante los recursos
disponibles sin parangón con situaciones precedentes. Mientras tanto, en algunas
regiones del planeta se viven aún condiciones de gran atraso, en las que el
desarrollo está prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de los
precios de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué género de desarrollo,
o de no desarrollo, les impondrá la escasez de abastecimiento energético? ¿Qué
injusticias y antagonismos provocará la carrera a las fuentes de energía? Y
¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición? Son preguntas que
evidencian cómo el respeto por la naturaleza está vinculado estrechamente con la
necesidad de establecer entre los hombres y las naciones relaciones atentas a la
dignidad de la persona y capaces de satisfacer sus auténticas necesidades. La
destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento
de los recursos de la tierra, generan fricciones, conflictos y guerras,
precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo. En efecto,
un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico, descuidando la
dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo humano integral y, al ser
unilateral, terminaría fomentando la capacidad destructiva del hombre.
Concepciones restrictivas del hombre
10. Es apremiante,
pues, incluso en el marco de las dificultades y tensiones internacionales
actuales, el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca el
crecimiento del «árbol de la paz». Para acometer una empresa como ésta, es
preciso dejarse guiar por una visión de la persona no viciada por prejuicios
ideológicos y culturales, o intereses políticos y económicos, que inciten al
odio y a la violencia. Es comprensible que la visión del hombre varíe en las
diversas culturas. Lo que no es admisible es que se promuevan concepciones
antropológicas que conlleven el germen de la contraposición y la violencia. Son
igualmente inaceptables las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia
ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un
punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en
nombre de Dios. Cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos
criminales, es señal de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología.
11. Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las
concepciones restrictivas del hombre, o sea, entre las ideologías. Peligra
también por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del
hombre. En efecto, son muchos en nuestros tiempos los que niegan la existencia
de una naturaleza humana específica, haciendo así posible las más extravagantes
interpretaciones de las dimensiones constitutivas esenciales del ser humano.
También en esto se necesita claridad: una consideración “débil” de la persona,
que dé pie a cualquier concepción, incluso excéntrica, sólo en apariencia
favorece la paz. En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas a
la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa
a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la
violencia.
Derechos humanos y Organizaciones internacionales
12. Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del
hombre. Pero si éstos se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo
evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto la
profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando se
trata de justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en este caso:
los derechos se proponen como absolutos, pero el fundamento que se aduce para
ello es sólo relativo. ¿Por qué sorprenderse cuando, ante las exigencias
“incómodas” que impone uno u otro derecho, alguien se atreviera a negarlo o
decidera relegarlo? Sólo si están arraigados en bases objetivas de la naturaleza
que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se le han atribuido pueden
ser afirmados sin temor de ser desmentidos. Por lo demás, es patente que los
derechos del hombre implican a su vez deberes. A este respecto, bien decía el
mahatma Gandhi: «El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los
deberes». Únicamente aclarando estos presupuestos de fondo, los derechos
humanos, sometidos hoy a continuos ataques, pueden ser defendidos adecuadamente.
Sin esta aclaración, se termina por usar la expresión misma de «derechos
humanos», sobrentendiendo sujetos muy diversos entre sí: para algunos, será la
persona humana caracterizada por una dignidad permanente y por derechos siempre
válidos, para todos y en cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad
versátil y con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el
tiempo y en el espacio.
13. Los Organismos internacionales se refieren
continuamente a la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la
Organización de las Naciones Unidas que, con la Declaración Universal de 1948,
se ha propuesto como tarea fundamental la promoción de los derechos del hombre.
Se considera dicha Declaración como una forma de compromiso moral asumido por la
humanidad entera. Esto manifiesta una profunda verdad sobre todo si se entienden
los derechos descritos en la Declaración no simplemente como fundados en la
decisión de la asamblea que los ha aprobado, sino en la naturaleza misma del
hombre y en su dignidad inalienable de persona creada por Dios. Por tanto, es
importante que los Organismos internacionales no pierdan de vista el fundamento
natural de los derechos del hombre. Eso los pondría a salvo del riesgo, por
desgracia siempre al acecho, de ir cayendo hacia una interpretación meramente
positivista de los mismos. Si esto ocurriera, los Organismos internacionales
perderían la autoridad necesaria para desempeñar el papel de defensores de los
derechos fundamentales de la persona y de los pueblos, que es la justificación
principal de su propia existencia y actuación.
Derecho internacional
humanitario y derecho interno de los Estados
14. A partir de la
convicción de que existen derechos humanos inalienables vinculados a la
naturaleza común de los hombres, se ha elaborado un derecho internacional
humanitario, a cuya observancia se han comprometido los Estados, incluso en caso
de guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este derecho no ha sido
aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes. Así ha
ocurrido, por ejemplo, en el conflicto que hace meses ha tenido como escenario
el Sur del Líbano, en el que se ha desatendido en buena parte la obligación de
proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar a la población
civil. El doloroso caso del Líbano y la nueva configuración de los conflictos,
sobre todo desde que la amenaza terrorista ha actuado con formas inéditas de
violencia, exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho
internacional humanitario y lo aplique en todas las situaciones actuales de
conflicto armado, incluidas las que no están previstas por el derecho
internacional vigente. Además, la plaga del terrorismo reclama una reflexión
profunda sobre los límites éticos implicados en el uso de los instrumentos
modernos de la seguridad nacional. En efecto, cada vez más frecuentemente los
conflictos no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan grupos
terroristas decididos a alcanzar por cualquier medio sus objetivos. Ante los
hechos sobrecogedores de estos últimos años, los Estados deben percibir la
necesidad de establecer reglas más claras, capaces de contrastar eficazmente la
dramática desorientación que se está dando. La guerra es siempre un fracaso para
la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad. Y cuando, a
pesar de todo, se llega a ella, hay que salvaguardar al menos los principios
esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil,
estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños y
ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas de los
conflictos. (7)
15. Otro elemento que suscita gran inquietud es la
voluntad, manifestada recientemente por algunos Estados, de poseer armas
nucleares. Esto ha acentuado ulteriormente el clima difuso de incertidumbre y de
temor ante una posible catástrofe atómica. Es algo que hace pensar de nuevo en
los tiempos pasados, en las ansias abrumadoras del período de la llamada “guerra
fría”. Se esperaba que, después de ella, el peligro atómico habría pasado
definitivamente y que la humanidad podría por fin dar un suspiro de sosiego
duradero. A este respecto, qué actual parece la exhortación del Concilio
Ecuménico Vaticano II: «Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la
destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es un
crimen contra Dios y contra el hombre mismo que hay que condenar con firmeza y
sin vacilaciones». (8) Lamentablemente, en el horizonte de la humanidad siguen
formándose nubes amenazadoras. La vía para asegurar un futuro de paz para todos
consiste no sólo en los acuerdos internacionales para la no proliferación de
armas nucleares, sino también en el compromiso de intentar con determinación su
disminución y desmantelamiento definitivo. Ninguna tentativa puede dejarse de
lado para lograr estos objetivos mediante la negociación. ¡Está en juego la
suerte de toda la familia humana!
La Iglesia, tutela de la
trascendencia de la persona humana 16. Deseo, por fin, dirigir un
llamamiento apremiante al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta
comprometido a ser un trabajador incansable en favor de la paz y un valiente
defensor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables. El
cristiano, dando gracias a Dios por haberlo llamado a pertenecer a su Iglesia,
que es «signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana» (9) en el
mundo, no se cansará de implorarle el bien fundamental de la paz, tan importante
en la vida de cada uno. Sentirá también la satisfacción de servir con generosa
dedicación a la causa de la paz, ayudando a los hermanos, especialmente a
aquéllos que, además de sufrir privaciones y pobreza, carecen también de este
precioso bien. Jesús nos ha revelado que «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y que la
vocación más grande de cada persona es el amor. En Cristo podemos encontrar las
razones supremas para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces
constructores de la paz.
17. Así pues, que nunca falte la aportación de
todo creyente a la promoción de un verdadero humanismo integral, según las
enseñanzas de las Cartas encíclicas Populorum progressio y Sollicitudo rei
socialis, de las que nos preparamos a celebrar este año precisamente el 40 y el
20 aniversario. Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos —aun entre
peligros y problemas— con el corazón lleno de esperanza, confío mi constante
oración por toda la humanidad a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo,
«nuestra paz» (Ef 2,14). Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la paz, e
ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro en el rostro de cada
persona humana, corazón de la paz.
Vaticano, 8 de diciembre de 2006.
Benedicto XVI Notas [1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica,
357. [2] Sermo 169, 11, 13: PL 38, 923. [3] N. 3. [4] Homilía en la
explanada de Isling de Ratisbona (12 septiembre 2006). [5] Cf. Congr. para
la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la
colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo (31 mayo
2004), 15-16. [6] N. 38. [7] A este respecto, el Catecismo de la Iglesia
Católica ha impartido unos criterios muy severos y precisos: cf. nn. 2307-2317.
[8] Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 80.
[9] Ibíd., 76.