este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Desde hace más
de medio siglo, se ha venido sembrando un miedo por traer hijos a la tierra.
Mejor dicho, una especie de psicosis que raya en el terror o pavor histérico
contra la vida humana.
Hay un sistemático “bombardeo” a través de los
medios de comunicación (periódicos, revistas, radio, televisión, cine… ) para
alarmar a la población sobre el crecimiento demográfico, como en décadas
anteriores se asustaba a cierta clase de gente con el mito de que el día menos
pensado “nos iban a invadir los marcianos”.
Ahora suena de risa, pero
había personas que se lo creían firmemente. Hoy ocurre lo mismo. Esta mentalidad
antinatalista ha permeado en forma notable en nuestra sociedad. Parecería que
“estar a la moda” es tener cuando más un solo hijo, o bien, tener un par de
perros gordos.
También hay matrimonios jóvenes que prefieren invertir su
dinero, en vez de tener descendencia, en comprar un buen departamento, una casa
de campo, coches costosos, computadoras de vanguardia, aparatos eléctricos,
joyas, ir a buenos restaurantes, o quizá, realizar largos viajes por el mundo…
En definitiva, se trata de pasarla “lo mejor posible”, en una vida de
derroche y de placeres sensibles, y tal vez, a los treinta y muchos o a los
cuarenta y tantos, plantearse el tener un hijo. Es común que cuando esto ocurre,
los cónyuges han perdido su fertilidad o el médico les comenta que sería un
embarazo de alto riesgo… ¡y se les fue la vida sin tener hijos!
Un
importante papel lo juegan algunos médicos sin ética que, casi de inmediato, al
nacer el primer hijo, les recomienda al nuevo matrimonio que ella se ligue las
trompas, o bien, que él se haga la vasectomía. También es común que se les
asuste y se les diga que las paredes de la matriz probablemente no resistirán
otro embarazo y se podría poner en grave riesgo la salud de la madre.
Se
les presenta toda una “novela trágica” para que, a fin de cuentas, acepten que
la mujer sea operada y se le extirpe la matriz, en la mayoría de los casos sin
una fundamentación científica y verificable; utilizando la mentira y el engaño,
y aprovechándose de la ignorancia del matrimonio en esta materia.
Ese
dinero “sucio” va, en buena medida, a parar a los bolsillos de esos doctores que
se dedican a la Medicina con fines mercantilistas, y no me explico por qué
muchos de ellos no han sido demandados como delincuentes profesionales y puestos
en la cárcel.
Un joven ginecólogo que trabajaba en un dispensario médico
rural me comentaba que desde la Secretaría de Salud y sus diversas dependencias,
venían indicaciones muy precisas. En resumen se les señalaba más o menos lo
siguiente: “En esta clínica se deben practicar tal número de ligaduras, tantas
vasectomías, colocar tal número de dispositivos intrauterinos, distribuir tantos
miles de preservativos y píldoras anticonceptivas o microabortivas, etc”.
Pero el asunto no terminaba allí, también recibían instrucciones para
que, después de los partos, a las mujeres indígenas o de bajos recursos, se les
ligaran las trompas sin su consentimiento ni el de su marido. Con tal atropello
a la dignidad y a los derechos humanos, le pareció conveniente, además de enviar
una carta de queja formal a los directivos de la clínica, presentar su renuncia.
No hace mucho tiempo, Lourdes, esposa de mi amigo Ricardo, quienes son
muy felices con sus seis hijos, me comentaba que –en no pocas ocasiones– en
plena calle y a la luz del día, en la Ciudad de México, cuando va en la
camioneta con todos los hijos, se le emparejan otros automóviles, con algunas
mujeres adentro, y le comienzan a gritar:
“¡Cochina! ¡Irresponsable!”.
En plan de soez reclamo por tener muchos hijos, y en una actitud de delirante
fanatismo.
Lourdes, como es una persona con buena educación, nunca les
contesta. Pero me decía que lo primero que le viene a la cabeza es que son esas
mismas mujeres que la insultan en la calle, las que se envilecen dándole un uso
perverso a su matrimonio; buscando únicamente el placer sexual y rechazando el
tener hijos. Naturalmente, muchas de ellas terminan divorciándose, siendo
infieles o viviendo en unión libre.
Cada hijo es un maravilloso tesoro,
un increíble regalo, una prueba de confianza del mismo Dios que continúa, a
través de los padres, con su portentosa obra creadora. El Papa Juan Pablo II
afirmaba con mucha razón: “No tengáis miedo a los hijos que puedan venir; ellos
son el don más precioso del matrimonio. No os neguéis a traer invitados al
Banquete de la Vida Eterna”.
Una familia numerosa es el resultado de una
generosidad a veces heroica, fruto de una magnanimidad que lleva a valorar en
tanto el don de la vida, que cualquier sacrificio parece proporcionalmente
pequeño comparado con el infinito valor de un ser humano y su destino eterno.
El hombre está constituido por una parte corporal y otra espiritual. La
imagen de Dios está presente en todo hombre porque está hecho a “imagen y
semejanza de su Creador” (Cfr. Génesis 1, 27) y dotado de un alma que es
espiritual e inmortal. Por lo tanto, tiene una gran dignidad como persona y, por
vocación, todo ser humano está llamado a la bienaventuranza divina. ¡Muchas
veces se pierde de vista esta maravillosa realidad!
La decisión de
formar, si Dios quiere, una familia numerosa, es algo muy grato al Señor. Las
familias numerosas son una excelente manifestación de fe y amor, y una escuela
de virtudes para padres y hermanos.
Además, la sociedad –incluso en
aspectos materiales, como las energías para el trabajo o la equitativa
distribución de la riqueza– es de ordinario beneficiada inmediatamente por el
bien de la natalidad.
La restricción de los nacimientos –como atestigua
la historia– ha llevado a muchos pueblos a la decadencia moral y a la extinción
física.
En conclusión, el tema de la natalidad, como cualquier otro
referente a la vida humana, hay que considerarlo por encima de las perspectivas
parciales de orden biológico, psicológico, demográfico o sociológico. Más
bien, hay que considerarlo a la luz de una visión integral del hombre y de su
vocación, que no es únicamente natural y terrena, sino también sobrenatural y
eterna.