
Adonai, אֲדֹנָי es uno de los nombres hebreos de Dios. Se usa
más de 300 veces en el Antiguo Testamento como una designación para Dios como
Señor, Amo, Gobernante de todo, Señor de señores, Gran Señor mío. Adonai era el
dueño de una propiedad, el jefe de familia, o el gobernador de una provincia. Es
un título de jerarquía, honor y autoridad.
En contextos cristianos se
considera el uso del nombre Adonai como un reconocimiento claro de que "Dios es
el Señor".
En el judaísmo, el nombre de Dios es más que un título
distinguido. Representa la concepción judía de la naturaleza divina, y de la
relación de Dios con el pueblo judío. Sobrecogidos por lo sagrado de los nombres
de Dios, y como medio de mostrar respeto y reverencia hacia ellos, los escribas
de textos sagrados «pausaban antes de copiarlos, y usaban términos de
reverencia para mantener oculto el verdadero nombre de Dios».
¿Que
nos revela, pues, el nombre Adonai?
Adonai es el Dios Soberano lleno de
poder y autoridad que desea revelar su voluntad a los siervos que estén
dispuestos a creerle y obedecerle, como Abraham (cf. Gn 15, 2), como Josué (cf.
Jos 5,13-15), como Gedeón (cf. Jueces 6,14-16). Principalmente el nombre Adonai
enfatiza la relación del hombre con Dios como su dueño, su autoridad y su
proveedor.
Esto significa que Dios es y debe ser el Señor, el que
determina cuál es el propósito para nuestra vida, y nuestra respuesta debe de
ser la de rendirnos humildemente a su santa voluntad. El es el Señor, nosotros
somos sus súbditos.
Debemos grabar a fuego en nuestra mente y corazón
estas grandes verdades:
1. Dios es Señor, yo soy su siervo.
2. Dios
diseñó un plan para su siervo, y el siervo le obedece con todas sus fuerzas, su
corazón, su inteligencia y su alma.
3. Dios manda con amor y por nuestro
bien, nosotros obedecemos sin cuestionarle. Y en nuestra obediencia amorosa y
fiel está nuestra realización como hombres, como criaturas y como cristianos. Y
está también el equilibrio, la paz y la armonía de toda la creación.
En
medio oriente para acercarse al rey uno tenía que hacer un ritual muy elaborado.
Cuando uno se acercaba al rey, tenía que hacer un ritual que consistía en
tirarse a los pies del rey. Era un gran honor que se permitiera besar el borde
de las vestiduras del rey, pues era considerado una de las ofensas mas graves,
aparte de las personas más cercanas de la corte del Rey, mirar a los ojos al
Rey. Este ritual denotaba la autoridad del Rey sobre todos sus súbditos.
Posición, autoridad, gloria. En estos tres sustantivos se encerraba la
esencia del nombre Adonai.
Y con Jesús, el Hijo de Dios vivo, ¿qué pasó?
¿Sigue siendo también Adonai?
Nuestro Dios, en Cristo, vino humilde,
hecho Niño, pobre, inerme, necesitado. Dios en Cristo, se quitó el manto de
autoridad para que no tengamos miedo. Se despojó de sus títulos de honor para
que nos acerquemos a Él con confianza. Se hizo niño para que lo podamos abrazar
y acariciar. Se hizo impotente para fortalecer nuestra debilidad. Se hizo finito
para que vislumbremos desde aquí el infinito. Se hizo tiempo para que lleguemos
a la eternidad. Se hizo Palabra para que escuchemos al Dios de cielo y tierra.
Se hizo hombre para que tengamos un modelo a quien mirar, seguir e imitar.
¿No es hermoso este misterio de Dios en Cristo? ¿No es tremendamente
fascinante y luminoso? ¿No nos llena de estupor y de gozo íntimo saber que esta
tierra fue cuna para este Señor Adonai? ¿No es un honor que hayamos sido
escogidos nosotros, y no los animales ni los vegetales ni los minerales, para
rendirle pleitesía y obediencia?
Ojalá que en este adviento tengamos una
revelación más clara del Señor como Adonai, para que podamos conocer su
propósito para nuestras vidas y así someternos con alegría y humildad como
siervos de este gran Señor. Y si existiera una zona de nuestra vida todavía no
sometida a este Adonai, porque está bajo nuestra égida… es hora de pedir perdón
por nuestra insolencia y soberbia, y prometerle vasallaje humilde y obediencia
sin condiciones.
Cada día deberíamos pasar tiempo en su presencia
eucarística para conocer mejor a este Dios Adonai que está ahí, escondido bajo
el velo del sacramento. ¡Cuántos secretos no querrá comunicarnos! ¡Cuántas penas
no querrá compartir con nosotros! ¡Cuántas gracias no querrá derramar sobre
nuestras almas!
Qué no sería este mundo si todos obedeciéramos a este
Señor de los señores.