este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Catholic.netFuente: multimedios.org Autor: Cardenal Antonio Quarraccino
I.
Consumo y consumismo
1. Desde el momento que el hombre necesita
bienes para su subsistencia, salud, educación, vivienda, descanso, etc., hay que
concluir que resulta imprescindible la producción y el consumo de los bienes que
responden a las necesidades fundamentales de la persona humana. Sería ideal, por
consiguiente, que todos los poseyeran según sus necesidades y conforme a la
capacidad de cada uno, en orden a su desarrollo integral, de cuerpo y alma.
Por eso, en esa línea, el gran doctor de la lglesia santo Tomás de
Aquino, hace siglos, enseñó que un mínimo de bienestar es necesario para
practicar la virtud. En los últimos tiempos se ha dicho, en lenguaje más
directo, que no se puede hablar de Dios a estómagos vacíos. En conclusión,
digamos que hay un consumo de bienes materiales útiles e indispensables ya que
se trata de medios necesarios para el bienestar material y espiritual de la
persona humana.
2. El consumismo es otra cosa. Con la denominada
sociedad industrial aparece la multiplicación y acumulación de bienes, con
frecuencia innecesarios y superfluos, cuando no ordenados con frecuencia a la
ostentación y obtención de determinado "status". Entonces la persona resulta
esclava de las cosas, dominada por ellas. Nada le resulta suficiente, aparece
insaciable y enredada en una conjunción, a veces hasta ridícula, de vanidad y
codicia, con un asfixiante trasfondo materialista. En definitiva, el paroxismo
del tener cosas ahoga al ser de la persona. Los "shopping centers" y los
"free-shops" de los grandes aeropuertos podrían ser como los símbolos del
consumismo contemporáneo. A veces hasta aparece un aspecto ridículo como es el
ofrecido sobre todo por los denominados "nuevos ricos" a quienes el lenguaje
popular graficó llamándolos "piojos resucitados".
3. A este consumismo
empuja la propaganda que de mil maneras atrapa a la persona y a la familia,
cautivas e indefensas frente a las presentaciones y "slogans" de aquélla. Así
como desde hace un tiempo se imparten lecciones de "defensa personal", habría
que propiciar la enseñanza del arte de "defenderse de la propaganda".
4.
Añádase a los artilugios de la propaganda los oscuros manejos de los resortes de
los mercados y de la producción que someten a la gente a consumos innecesarios y
hasta nocivos a veces. Convengamos en que la influencia sutil y en ocasiones
asfixiante de la propaganda es una fuerza tan irracional como poderosa.
II. Austeridad de vida
5. Ella es la actitud que
constituye ante todo una réplica al materialismo que subyace en las bases del
consumismo. Adelantemos que, para no entrar en detalles, entendemos "austeridad"
y "sobriedad" de vida como términos equivalentes. Ambos llevan implícita la
afirmación de que los valores materiales no son la razón de ser de la persona
humana ni el objetivo último de su existencia; son expresiones del dominio del
hombre sobre las cosas en lugar de ser su esclavo.
6. No se confunda la
austeridad de vida con la actitud del avaro que acumula y esconde; el avaro es,
por antonomasia, esclavo de lo material. La austeridad de vida se encuadra
dentro de los límites de las cosas necesarias y realmente útiles, habida cuenta
de las condiciones y circunstancias de vida de una persona o de una familia y su
situación en la sociedad.
7. La austeridad de vida es una exigencia
ética y una virtud cristiana. Como exigencia ética obliga preferentemente a
quienes están al frente de la cosa pública en sus diversos niveles y a los que
en el ámbito privado están situados en planos patronales o dirigenciales. Si más
no sea porque lo contrario fácilmente suscita envidias, resquemores o
desigualdades irritantes, y sospechas de corrupción...
8. Como virtud
cristiana la austeridad de vida es forma y expresión del espíritu de pobreza que
debe ser vivida aun en los estratos económicamente más elevados de la realidad
social. No está de más recordar que dicho espíritu implica humildad y caridad.
HUMILDAD porque comienza por reconocer que Dios es el único por sobre todas las
cosas, pleno y supremo bien, y que los hombres son administradores de los bienes
recibidos, cuya administración debe redundar en bien para los demás, sin dejar
de tener especial atención de los más necesitados; por eso implica CARIDAD.
III. Egoísmo y amor
9. Si así se piensan las cosas no
hay contradicción entre desarrollo, productividad, consumo y austeridad de vida.
Sí hay frente a cualquier concepción o sistema que proclame que el egoísmo
individual es el motor del progreso y del bien general. El denominado
capitalismo salvaje está en esa línea, y sabemos bien cuántas y cuáles han sido
y son sus consecuencias.
En un mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz, el Papa Juan Pablo II se expresó así: "En los países industrializados la
gente está dominada hoy por el ansia frenética de poseer bienes materiales" (y
en ciertas capas - añado yo - de la sociedad de países no desarrollados sucede
lo mismo). "La sociedad de consumo pone todavía más de relieve la distancia que
separa a ricos y pobres, y la afanosa búsqueda de bienestar impide ver las
necesidades de los demás...La moderación y sencillez de vida deben llegar a ser
los criterios de nuestra vida cristiana..." (NS).
10. Me permito agregar
otra cita que viene a cuento; es de un ensayista francés - Patrice de Plunkett -
quien acaba de escribir hace poco lo siguiente: "El materialismo marxista ha
retrocedido fuera de nuestras miradas. Esta marea muy baja nos descubre una
playa desierta... Librada a todos los vientos: es el materialismo occidental.
Impulsados solamente por la obsesión del bienestar individual, su nada
espiritual es una amenaza... No creemos más en nada, ni en nosotros, ni en
nadie... El célebre ’modelo occidental’ impone a los cinco continentes la más
alta tecnologia y la ética más baja. De esta manera... las grandes tradiciones
morales de la humanidad corren el riesgo de desaparecer asfixiadas por nuestra
nada, nuestro vacio... una nación se suicida si se esconde de las grandes
fuerzas éticas y religiosas de su historia". Hasta aqui las palabras de
Plunkett.
11. Si el crudo liberalismo económico hace dos siglos pudo ser
denominado la "revolución del egoismo", hoy parece evidente la necesidad de
abandonar la idea de que el egoismo es el pilar básico del orden social. Esa
revolución debe ser reemplazada por la "revolución del amor", la cual exige la
enseñanza y difusión de una verdadera y válida escala de valores en la sociedad,
la austeridad de vida, el espiritu de servicio y de solidaridad frente a toda
carencia, sea ésta de naturaleza material, psicológica o espiritual, la
reducción del consumo superfluo y frívolo, la idolatría del dinero y del placer,
la educación en la cultura del trabajo...Menuda tarea ésta! pero, qué sociedad
distinta a la de hoy configuaría una "revolución del amor"!
IV.
Conceptos finales
12. Para concretar algo más estas consideraciones
me permito dirigir algunas palabras a determinados grupos de creyentes sinceros.
a) A los que tienen abundantes medios materiales les digo que vivan sin
ostentación y con austeridad y sobriedad; que contribuyan a disminuir las
urgencias de los más necesitados; que no guarden con avaricia sus bienes y
ganancias sino que inviertan para el desarrollo y crecimiento de la economía
nacional y la multiplicación de puestos de trabajo. Ello revertirá en bien de la
sociedad.
b) A quienes tienen lo necesario, me atrevo a pedirles que
"hagan, de la necesidad, virtud", es decir que vivan serenamente la austeridad,
sin angustias ni ambiciones desmedidas y colaborando solidariamente con los que
menos tienen.
c) A quienes han hecho promesa o voto de pobreza
evangélica o quieren vivir su espíritu, les digo que lo hagan con gozo de
corazón y sintiéndose liberados del peso de las cosas materiales para manifestar
más ejemplarmente la existencia y el valor de las cosas espirituales y la
supremacía del amor a Dios y al prójimo.
d) A los que nada tienen no es
fácil en este orden de cosas decirles una palabra oportuna y útil. Sin embargo
me atrevo a expresarles mi deseo de que no caigan en la amargura, el
resentimiento o la desesperación, ni se nieguen a ningún esfuerzo solidario para
mejorar esperanzadamente su situación.