Por monseñor Alfredo H. Zecca, rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina

CRACOVIA, lunes, 7 de septiembre de 2009 (ZENIT.org).-
Publicamos la intervención que pronunció este lunes en Cracovia
monseñor Alfredo H. Zecca, rector de la Pontificia Universidad Católica
Argentina, en las jornadas de oración por la paz, que se clausuran este
martes en Auschwitz.
* * *
A
primera vista, contemplando la inmensa y variada realidad
latinoamericana, resulta difícil decidir por dónde comenzar. Pero,
uniendo esta temática al objeto y características de la reunión a la
cual la Comunidad de San Egidio ha tenido la amabilidad de invitarme,
se me ocurre buscar en la historia de nuestros países elementos que
estén operando en el presente y puedan proyectarse hacia el porvenir.
Pienso,
así, en los orígenes históricos de los países latinoamericanos: el afán
a la vez conquistador y colonizador de España, el encuentro asombroso y
la integración con el indígena de esas tierras, la transferencia de la
cultura europea de nuestras ciudades, los debates y avances de todo
tipo que este proceso provocó, la formación de una generación nativa
que absorbe las nuevas ideas, el incipiente progreso material, el
fértil terreno que la Iglesia católica encontró en esta nueva empresa
apostólica, los vaivenes de la historia europea que alimentaron el
deseo juvenil de independencia por parte de los primeros líderes de
nuestros países, el desarrollo político, económico, social y cultural
autónomo que llega hasta nuestros días y, finalmente, la apertura
dinámica a un mundo globalizado que caracteriza el momento actual.
Con sus luces y sombras, son éstas las etapas por las que pasó nuestro continente.
Europa
nos trajo cultura, Europa nos trajo progreso, Europa nos trajo la Fe.
Así, con inmenso optimismo y ante un mundo expectante, a principios del
siglo XIX América Latina se sumó al bloque de los países occidentales
libres.
Hoy nos cuesta reconocer este continente al que muchos
han llamado "la esperanza de la Iglesia", y "la esperanza de la
humanidad". Países prósperos y florecientes, parecen no encontrar el
rumbo para alcanzar el bien común de sus pueblos y la cultura, una vez
pujante y prometedora, parece hundirse en la mediocridad y la
banalización.
Actualmente el mundo se debate entre el
terrorismo fratricida y la represalia genocida; entre el consumismo
indiferente a la indigencia de muchos, y la pobreza que es un desafío
para la dignidad humana. El proceso de globalización que vivimos no
siempre se compadece con un adecuado respeto por las riquezas propias
de cada cultura. Las naciones más pobres se debaten entre las
exigencias derivadas de endeudamientos contraídos y en algunos casos no
aciertan a encontrar el camino para su legítimo desarrollo. Procesos de
corrupción de todos conocidos no colaboran en el hallazgo de soluciones
creíbles. Realidades como la familia, la niñez, la juventud, la mujer
no siempre son correctamente valoradas.
Todo esto parecería mostrarnos un panorama más bien desalentador sobre la realidad latinoamericana.
Sin
embargo, aún en medio de grandes desafíos, considero que América Latina
tiene un legado que ofrecer a la humanidad, y es sobre este legado que
quiero llamar la atención a través de estas palabras.
Todos
nuestros países, nuestras sociedades, nuestras economías, nuestros
gobiernos, nuestra historia: todos tenemos matices, acentos,
diferencias. Pero nos unen las mismas raíces culturales y religiosas.
Nos une también una misma esperanza ante el futuro. Nos une una pureza
de costumbres e ideales que, a pesar de todo, siempre se abren paso.
Hoy
como siempre, el mensaje de la doctrina social de la Iglesia es capaz
de prestar nueva luz a este panorama, e iluminar a los latinoamericanos
con la verdad manifiesta de que todos los hombres hemos sido creados
para vivir la comunión, unos con otros.
Y a partir de aquí,
somos capaces de levantar toda una cosmovisión que va poniendo claridad
en el andamiaje social y que va enunciando algunos principios
fundamentales a partir de los cuales es posible ordenar la convivencia
social según el Evangelio. Estos principios son especialmente
aplicables a la realidad latinoamericana, ya que acuden para prestar
sentido a las demandas actuales de todo tipo que nos acechan:
-
En primer lugar, el principio de la dignidad común y fundamental de la
persona humana nos hace mirar al prójimo con otros ojos, en los que se
refleja la alegría de reconocernos hermanos.
- Los
principios de la existencia de un bien común internacional y de la
solidaridad entre los pueblos nos ayudan a analizar problemas tan
graves hoy como el terrorismo, la ecología, la deuda externa y muchos
más.
- La idea de la globalización de la solidaridad nos
amplía enormemente las posibilidades para resolver los problemas de
muchos hermanos, aún distantes.
- La importancia asignada por
la doctrina social de la Iglesia a la "justicia social" nos hace ver
que es posible combatir la pobreza y la marginación.
- La opción preferencial por los pobres nos enseña a amar a los hermanos más necesitados y a procurar su bienestar.
-
El auténtico progreso del género humano ligado al destino trascendente
de la personas nos empuja a salir del materialismo y la
superficialidad.
- La prioridad de una ética no utilitarista nos enseña a poner en el centro del ordenamiento social a la persona humana
-
La violencia y el terrorismo como opuestas al auténtico espíritu
religioso nos hacen valorar una vez más la trascendencia del hombre. .
-
La justicia y el perdón como los fundamentos de la paz nos permiten
trabajar el ordenamiento internacional sobre bases más sólidas y firmes.
- La confianza recíproca, que debe renovarse siempre, nos alienta a hacer de nuestro mundo un ámbito más seguro y humano.
-
La promoción de un estilo de vida sencillo y austero nos ayuda a
acercarnos al prójimo y a descartar la vorágine consumista e
irresponsable de nuestras sociedades.
- La valoración de la familia nos proporciona un ámbito más plenificante donde nacer, criarnos y educarnos.
-
La problemática de los inmigrados nos llama a vivir el valor evangélico
de la fraternidad y a realizar el plan de Dios de una comunión universal
-
El reconocimiento de la función de la juventud como elemento
dinamizador del cuerpo social, proporciona a los jóvenes un lugar
insustituible en el cuerpo social.
Hoy estoy convencido de
que América Latina tiene un gran futuro. Si privilegiamos aquellos
muchos elementos que nos unen frente a aquellos pocos que nos dividen,
entonces encontraremos en nosotros el potencial para un ejemplo para el
resto del mundo. La unidad del género humano es una realidad más fuerte
que las divisiones contingentes que separan a los hombres y los
pueblos. Estas divisiones son sólo coyunturales. La verdad más profunda
es la otra: el llamado a la comunión.
Estimados miembros y
amigos de la Comunidad de Sant'Egidio: nuevamente expreso mi gratitud
por estar compartiendo con ustedes este encuentro. Que el Señor nos
ilumine a todos: a los pastores, para que podamos cumplir la misión que
Dios nos pide y a los laicos, para que su gestión en el mundo sea
eficaz y evangelizadora. Esta es la hora de los compromisos, tanto en
América Latina como en todos los continentes, para levantar un mundo
nuevo más fraterno, la tan ansiada civilización del amor entre todos
los pueblos.
Tags: legado latinoamericano