
El Padre Guillermo Ortiz, sj, Responsable de la Oficina de Radio Vaticana para Latinoamérica nos invita hoy a reflexionar sobre la posibilidad de conocer y transformar esos desiertos que no son parte del ecosistema sino de aquellos que los hombres creamos.
Hay desiertos que son parte del ecosistema, de la creación. Pero también hay desiertos que el hombre mismo ha creado, con la guerra, por ejemplo. Por eso el sucesor de Pedro dice que la Iglesia está comprometida con la defensa del ambiente, pero sobretodo en proteger al hombre contra la destrucción de si mismo” (Catequesis 26-08-09). A 70 años del inicio de la II Guerra Mundial la paz es todavía amenazada, afirmaron obispos europeos en Polonia.
Con la guerra, pero en Latinoamérica también con la violencia, con la injusticia el hombre ha creado desiertos y basurales; basurales inmensos de personas. No de desechos humanos sino de personas desechadas del sistema.
En un país tan grande y con tantas posibilidades como Brasil, hay un día para ‘El grito de los excluidos’. Se manifiestan los que viven en la calle, en las favelas, los que trabajan en condiciones de esclavitud, la juventud que no tiene perspectivas de futuro.
El Arzobispo de Buenos Aires, el Cardenal Jorge Bergoglio sj, en Argentina, denunció la trata de personas y el descarte de personas, en una misa con cartoneros, niños de la calle y personas rescatadas de la prostitución y los talleres clandestinos.
Pero, la situación puede ser cambiada. Es desde esta esperanza que el Papa y los obispos de una y otra parte del mundo denuncian. Porque “Cristo puede transformar el desierto del corazón humano” como afirma y grita al mundo hoy Benedicto XVI. Y pueden florecer los basurales.
Hoy hay esclavos en Plaza Constitución, que es una de las puertas de la ciudad de Buenos Aires, con mucha gente en situación de calle, bajo los puentes, innumerables niños que se drogan con pegamento a la vista de todos, mucha prostitución, cartoneros que viven de la basura.
“En esta ciudad de Buenos Aires tan linda, tan nuestra, hay esclavos. ...están los que ‘caben’ en este sistema, y los que ‘sobran’…material de descarte…” afirmó el Cardenal. Bergoglio en una misa en esa plaza, celebrada ‘Por una sociedad sin esclavitud’, con rescatados de la trata de personas, cartoneros y niños de la calle.
‘Volquetes’ son las cajas de hierro en las que se cargan los desperdicios grandes y en cantidad: “estamos llenos de “volquetes existenciales” afirmó el Cardenal.
Estos hombres y mujeres, chicos y chicas, que no caben, que son material de descarte, que son despreciados, se los trata como mercadería, son objeto de trata. En esta ciudad los talleres clandestinos, con los cartoneros, en el mundo de la droga, en el mundo de la prostitución, existe la trata de personas. ”Gritemos con fuerza y sin miedo”. No a la esclavitud. … ¡Es nuestra carne la que está en juego! Es nuestra carne la que se vende! Y ¿no te vas a conmover por la carne de tu hermano?
Hoy Dios nos dice lo mismo que le decía a Caín! “Caín: donde está tu hermano?” Caín lo había matado. Y Caín con un gran cinismo, le contesta: “Que se yo! ¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano? (Extracto de la desgrabación de la Oficina de Prensa del Arzobispado de Buenos Aires).
El desierto y el basural florecen… Sí, aunque se nos ha endurecido y hemos perdido el corazón, creando desiertos y basurales de humanos descartados del sistema; esclavizados, la comunidad católica tiene una esperanza, porque “Cristo puede transformar el desierto del corazón humano”.
Inspirado en el profeta Isaías dijo Benedicto: “cuando el Señor está presente… todo renace y todo revive porque aguas benéficas riegan el desierto. El “desierto”, en su lenguaje simbólico, puede evocar los eventos dramáticos, las situaciones difíciles y las soledades que marcan no raramente la vida; el desierto más profundo es el corazón humano, cuando pierde la capacidad de escuchar, de hablar, de comunicarse con Dios y con los demás.
Uno se convierte entonces en ciego porque es incapaz de ver la realidad; se cierran los oídos para no escuchar el grito de quien implora ayuda; se endurece el corazón con la indiferencia y el egoísmo. Pero ahora – como anuncia el Profeta – todo está destinado a cambiar; la “tierra árida” será regada… Y cuando el Señor viene… dice con autoridad: ¡Ánimo, no tengan miedo!
Podemos ver… el ardiente deseo de Jesús de vencer en el hombre la soledad y la incomunicabilidad creadas por el egoísmo, para dar rostro a una “nueva humanidad”, la humanidad de la escucha y de la palabra, del diálogo, de la comunicación, de la comunión.
…una humanidad sin discriminaciones, sin exclusiones… de modo que el mundo sea verdaderamente y para todos “campo de genuina fraternidad” (Gaudium et spes, 37).
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