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Todos tenemos la obligación de informarnos y educarnos para comprender este fenómeno tan complejo y para discernir entre lo que tiene de bueno, lo que es indiferente y lo que resulta incompatible con nuestra fe.
Los educadores católicos y padres de familia deben vigilar esmeradamente el contacto que tengan sus hijos con las ideas y la moda que promulga el New Age, para evitarles confusiones, dudas e insatisfacciones. En particular, habría que evitar el uso indiscriminado de los medios masivos de comunicación -televisión, radio, cine, música, y los sistemas de informática electrónica como el internet- por los que el New Age se difunde en mayor escala.
Los fieles con capacidad para influir en la prensa y los medios de comunicación harán un servicio inestimable a los mexicanos y a la Iglesia si difunden información o proponen contenidos que sirvan para orientar y dar criterios de juicio cristianos frente a la confusión que engendra el New Age. Así responderán positivamente a la invitación, muchas veces repetida por el Papa Juan Pablo II, de hacerse partícipes de vanguardia en la tarea de la nueva evangelización, "porque la evangelización de la cultura moderna depende en gran parte del influjo en los medios de comunicación"(7).
Además de estar prevenidos, los católicos debemos defender activamente nuestra fe y nuestros valores en la vida real de la sociedad mexicana. Hay formas pacíficas y legítimas de protesta que sirven para presionar a los promotores de los aspectos del New Age que nos perjudican: no participar en las actividades de instituciones y empresas promotoras del New Age, no seguir programación televisiva que difunda sus ideas, no comprar los productos de sus patrocinadores, llamar la atención con cartas y artículos de prensa a las figuras públicas, educadores y políticos que se muestren públicamente a favor de las ideas o prácticas del New Age, etc.
Nuestras parroquias e institutos educativos pueden ofrecer cursos y conferencias sobre los temas más controvertidos de esta corriente; pueden igualmente difundir literatura crítica y presentar bibliografía que esclarezca los términos del problema y dé pautas para un juicio bien fundado.
¡Cuánta importancia tienen nuestros sacerdotes, pastores de almas, en la tarea de educar, prevenir y defender la fe de nuestro pueblo! Consciente de esto, y con un sincero afán de apoyar y acompañar su esfuerzo por lograr los objetivos prioritarios del segundo Sínodo arquidiocesano, hago mía la invitación reciente del Santo Padre a renovar nuestra acción evangelizadora en vistas de las amenazas a la fe del tiempo presente. Tenemos que revitalizar nuestra predicación, "devolviéndole una fuerza kerigmática capaz de estimular las conciencias de los hombres contemporáneos, a menudo indiferentes, por lo menos en apariencia; o interesados en otros asuntos" (8).
El otro punto de convergencia de todos los esfuerzos pastorales sigue siendo el anuncio de Cristo, Redentor del hombre: "Dios te ama, Cristo ha venido por ti"(9). De ahí la urgente necesidad de una predicación valiente, en contacto con los problemas y las dudas reales de nuestro pueblo. Tenemos que conducir a los fieles, con nuestra palabra y con nuestro ejemplo, hacia una vida de oración más profunda, que desemboque en la experiencia vital de Jesucristo. Tenemos que mostrarles la honda verdad de la doctrina que nace de nuestra fe en El y ayudarles a apreciar las formas litúrgicas que nos unen con El en la familia que es la Iglesia. Asimismo les exhorto a la búsqueda solícita y la escucha paciente de aquellos miembros del Cuerpo Místico más alejados y más expuestos a la duda o a las interminables asechanzas que el mundo moderno pone a la fe.
Con toda claridad, al inaugurar la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, Juan Pablo II nos indicó:
"A ejemplo del buen Pastor, habéis de apacentar el rebaño que os ha sido confiado y defenderlo de los lobos rapaces. Causa de división y discordia en vuestras comunidades eclesiales son -lo sabéis bien- las sectas y movimientos "pseudo-espirituales" de que habla el Documento de Puebla (n. 628), cuya expresión y agresividad urge afrontar" (10).
La referencia del Papa a los movimientos "pseudo-espirituales" distintos de las sectas evoca inmediatamente la larga lista de iniciativas nacidas del fondo ideológico y religiosos del New Age que hemos considerado en esta carta. La responsabilidad de actuar incisivamente frente a este problema multifacético en nuestra labor evangelizadora cae directamente sobre cada uno de nosotros. Por tanto, todos estamos obligados a la formación continua para entender el New Age y su atractivo para los hombres de nuestro tiempo. Como el sabio del evangelio que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo (cf. Mt 13, 52), tenemos que testimoniar y predicar la inagotable riqueza y la penetrante verdad de la fe católica de manera cada vez más accesible y llamativa a todo aquel que nos pida razón de nuestra esperanza.
Que los fieles católicos, con nuestra ayuda, descubran que todo lo que anhelan de vida espiritual, de sanación interna, de perdón y reconciliación, de encuentro con el misterio insondable del único Dios verdadero y su designio de salvación está ya presente de modo insuperable en la fe católica en la que fueron iniciados con su bautismo.
Nuestra fe es profunda. Tiene como fuente al mismo Dios que se revela a los hombres en Jesucristo. Durante casi 2000 años, Jesucristo ha guiado a su iglesia por medio del Espíritu Santo "hacia la verdad completa" (Jn 16, 13), como prometió en la noche de su pasión. El católico que experimenta su fe, que la conoce y la vive en toda su magnitud, jamás sentirá la necesidad de mendigar de las vanas promesas y medio-verdades del New Age.
Por último permítanme, a manera de exhortación, hacer eco de aquella formidable invitación que el Papa Juan Pablo II hizo al pueblo mexicano desde nuestra catedral metropolitana en su primera e inolvidable visita a nuestra patria: ¡México. sé siempre fiel! ¡México siempre fiel! (11).
Sin duda ese será nuestro mayor reto como pueblo mexicano frente al tercer milenio: ser fieles. Ser fieles a nuestra historia, enriquecida con la vida de numerosos santos y la sangre de tantos mártires. Ser fieles a nuestra identidad de mexicanos y de católicos a pesar de las tremendas presiones internas y externas que sufre nuestra nación. Ser fieles a Cristo que sigue siendo nuestra esperanza y nuestra meta. Ser fieles a nuestra Madre, la santísima Virgen María de Guadalupe, protectora de nuestro pueblo y ejemplo de vida cristiana.
Notas
(7) Juan Pablo II, carta encíclica Redemptoris missio, 37, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1990, página 64.
(8) Juan Pablo II, Alocución al comité central del gran jubileo del año 2000, 8 de junio de 1995.
(9) Juan Pablo II, Christifideles laici, 34, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 1988, p. 92.
(10) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano: Jesucristo ayer, hoy y siempre, n. 12, en Santo Domingo 1992, Ediciones Dabar, México, 1992, p.22.
(11) Juan Pablo II, Homilía en la catedral metropolitana de la Ciudad de México, 26 de enero de 1979.
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