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No dudo que la primera aparición fue para ti, Madre Corredentora. ¡Qué
distinto del Cristo deshecho sobre tus brazos en el Calvario, Ahora es
todo de luz. Le quedan cinco heridas, pero heridas de amor. Lo abrazas
todavía con cuidado, temiendo hacerle daño por las heridas del Viernes.
Tu mente no se hace a la idea de que se curen tan pronto tan terribles
heridas. El dolor había sido tan profundo que necesita mucho tiempo
para curarse.
Tan honda y despiadadamente había entrado la espada en tu alma que
extraerla supuso un esfuerzo impresionante. ¿Es posible en tan corto
espacio de tiempo pasar del abismo de dolor al abismo de gozo? ¿Qué te
dijo tu hijo resucitado? Lo adivinamos: “¡Gracias, Madre, por tu ayuda,
por tu oración, por tu presencia. Gracias a mi Madre pude realizar la
redención. Gracias, porque no sólo me ayudaste a nacer, sino también a
morir”.
Jesús, una vez resucitado, resucita a los apóstoles: A Pedro le
cura el temor mortal de sus negaciones mediante una aparición a él
solo. A los dos de Emaús les hace exclamar: “¿No ardía nuestro corazón,
mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” A
Tomás le arrancó su racionalismo infundiéndole la fe. María completa la
tarea. Me la imagino muy bien animando con sus mejores formas a Pedro,
haciéndole ser humilde pero confiado.
¡Qué palabras diría a Tomás, el incrédulo, Ella que había aprendido
a creer heroicamente, aquella Mujer de la que se dijo: “Dichosa Tú que
has creído”. Ella completaría la explicación de la Escritura a Cleofás
y a su amigo, al narrarles cómo Ella llevaba años meditando en su
corazón los misterios de Jesús.
Jesús se les aparecía de vez en cuando iluminándolos como un
relámpago en la noche; pero luego les dejaba el vacío de su ausencia.
María era una luz de día y de noche: A todas horas disponible, para
responder a todas las preguntas, para iluminar las conciencias, para
fortalecerles en la futura vida apostólica. La presencia y solicitud de
María fue algo único, irrepetible en la vida de los apóstoles.¡Qué
envidia de la buena!
María ya no era la mujer discreta y oculta que dejaba actuar a su
Hijo. Ahora Ella comenzaba a ejercer su plena maternidad sobre la
Iglesia niña, comenzaba a ser Madre de la Iglesia.
Resucítanos, OH Madre, como a los primeros apóstoles; acompáñanos
ahora que lo necesitamos como entonces o más que entonces; sigue
ejerciendo tu maravillosa y oportuna maternidad sobre estos hijos tuyos
que deben vivir rodeados de lobos y de constantes peligros. OH Madre
bendita de la Pascua, infúndenos la alegría de vivir, de ser tuyos y de
Jesús de tal forma que llenemos de alegría pascual al mundo entero.