
“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Con esta frase
del santo Cura de Ars, el Papa Benedicto XVI daba inicio al Año Sacerdotal el 16
de julio de 2009.
Diariamente nos vemos rodeados del testimonio ofrecido
por tantos sacerdotes que se han distinguido por vivir la virtud suprema del
cristianismo, la caridad.
“Yo no esperaré, voy a vivir el momento
presente colmándolo de amor. Tengo miedo de perder un segundo viviendo sin
sentido”. Son palabras profundas pronunciadas por el obispo vietnamita Francisco
Javier Van Thuan, que estuvo encerrado en la cárcel durante más de 13 años
(1975-1988), por el único crimen de ser obispo.
En su libro “Cinco panes
y dos peces”, el cardenal Van Thuan transmite su testimonio. Vivió la caridad
amando a Dios, a sus compañeros de prisión y a sus guardias enemigos.
“Escoger a Dios y no las obras de Dios; Dios me quiere aquí y no en otra
parte”. En los momentos al borde de la desesperación, esta era la oración que le
consolaba. Ardía por atender a su grey de Saigón, de donde era obispo. Y estaba
en la cárcel, por más de nueve años aislado, encerrado, sin ventanas, sin nada.
300 frases del evangelio apuntadas en pequeños papelitos eran su vademécum
diario. Más tarde logró hacer una pequeña cruz de madera que guardada en un
pedazo de jabón. Esa cruz, al ser liberado, se convirtió en su cruz
pectoral
Se puede vivir en ocasiones encarcelado en un problema personal,
aislado por una enfermedad o al borde de la desesperación ante una dificultad
escolar, matrimonial o laboral. ¿Cómo empezar a dar sentido a esta prueba, este
dolor, este conflicto? Quizá con la ayuda de esa oración: “Dios me quiere aquí y
no en otra parte”. Con esta motivación, cualquier medio que se ponga para
resolver los problemas tendrá un sentido diferente y más profundo.
El
amor personal que tenía a Dios el cardenal Van Thuan también se tradujo en
caridad con sus compañeros de prisión. Se hizo traer su “medicina para el dolor
de estómago”, que no era otra cosa que vino para la misa. Tres gotas de vino,
una de agua y la palma de su mano para celebrar la Eucaristía en la cama común
de la prisión. Bolsitas con papel de cigarrillo para llevar en su bolsillo la
comunión a los demás prisioneros y para la adoración eucarística.
Los
bautizados participamos del sacerdocio de Cristo, unos como ministros y otros
como laicos. Todos estamos llamados a ser el “amor del corazón de Jesús” para
los demás. A ejemplo del cardenal Van Thuan, podemos ayudar a nuestros hermanos
para que se acerquen a Cristo, medicina benéfica, para que pueda curarlos de los
dolores morales de su alma.
Finalmente, la benevolencia de este obispo
vietnamita le impulsaba a amar a sus enemigos. Constantemente tenían que
cambiarle a sus guardias porque “los contaminaba” con su testimonio evangélico.
En alguna ocasión le preguntaron sus guardias: “¿Usted, Sr. Thuan, nos ama a
pesar de que le hemos hecho daño?”. Él les respondió: “Sí, claro que los amo,
aunque me maten, porque Jesús me ha enseñado a amar a todos, también a los
enemigos. Y si no lo hago, no soy digno de llevar el nombre de
cristiano”.
Si se quiere “contaminar” a este mundo, sólo el amor
cristiano puede lograr esto en los corazones humanos. Quizá a muchos no les
toque residir físicamente en un presidio, pero experimentarán a diario la cárcel
y la soledad de las limitaciones personales, del trato ordinario con los demás e
incluso más intensamente de los propios enemigos.
También ahora en esta
vida se pueden multiplicar esos cinco panes y dos peces. Gracias a la caridad,
incluso hoy en día, pueden existir los milagros.
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