este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
No podemos dejar que ese enemigo interior nos robe el
tesoro más grande, más importante, más profundo que hemos recibido.
Sentimos dolor, rabia, ante tantos ataques a Cristo, a la Iglesia, al Papa, a
los católicos. Vemos con pena profunda cómo “artistas” se burlan de la Cruz,
cómo personajes de la vida pública dicen que los símbolos religiosos “sobran”,
cómo se producen, aquí y allá, profanaciones de iglesias, ataques al Sacramento
de la Eucaristía, destrucción de imágenes de la Virgen.
Vemos, tocamos,
la acción de enemigos rabiosos que muestran su desprecio hacia la fe católica en
la televisión, el cine, la radio, la prensa, la literatura, el internet. Pero a
veces no nos damos cuenta de un enemigo interior, que entra en los hogares, que
anida en los corazones, que destruye, poco a poco, el tesoro de la gracia en
nuestras vidas.
Muchas veces el enemigo está dentro. Porque el peor daño
que hacemos a nuestra Iglesia nace precisamente de la apatía, de la tibieza, de
la incoherencia, de la cobardía, de la mundanidad en la que viven (vivimos,
hemos de decirlo con pena) muchos católicos.
El enemigo está dentro
cuando en la familia los padres no van a misa. Seguramente llevarán a los niños
al catecismo, prepararán la fiesta de la primera comunión. Pero luego, ¿qué
ejemplo dejan a los hijos sobre la importancia de la misa? ¿Qué hacen para que
cada domingo los pequeños puedan ir a misa precisamente con sus padres, con
quienes desean lo mejor para los hijos?
El enemigo está dentro cuando la
televisión es vista por todos y en todo momento, sin una sana disciplina, sin
una vigilancia atenta, sin un deseo sincero por evitar cualquier programa que
denigre al hombre o a la mujer, o que fomente la violencia, la avaricia, el
odio, la soberbia, la lujuria, la pereza, la vanidad.
El enemigo está
dentro cuando lo que más importa es la manera de ganar dinero, de divertirse el
fin de semana, de buscar el último grito de la técnica, mientras todo son quejas
cuando experimentamos las estrecheces de la vida. ¿No olvidamos, entonces, la
invitación de Cristo a desapegarnos de las riquezas, a confiar en la Providencia
de un Padre que nos ama, a compartir nuestros bienes con los pobres, a vivir con
los ojos en el cielo?
El enemigo está dentro cuando la castidad ha dejado
de ser un valor, cuando los esposos no respetan la doctrina católica que prohíbe
el uso de anticonceptivos, cuando no hay confianza a la hora de abrirse al don
de un nuevo hijo que nace desde el amor conyugal que acoge el amor divino;
cuando en la familia se llega a recomendar a los hijos que usen el preservativo
o los anticonceptivos en vez de pedirles con una firmeza llena de cariño que
cuiden el tesoro de la pureza, sin la cual es imposible ver a Dios.
El
enemigo está dentro cuando pisoteamos una y mil veces la fama de nuestros
hermanos; cuando criticamos al familiar, al vecino o al compañero de trabajo;
cuando no sabemos tender la mano para acoger a quien nos ha ofendido; cuando no
somos capaces de pedir perdón por tantas veces en las que herimos al otro con
nuestra lengua asesina; cuando no somos capaces de dejar el propio programa
personal para visitar a un familiar enfermo o para consolar a quien necesita una
palabra de aliento.
El enemigo está dentro cuando hemos olvidado el
consejo de Cristo: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación” (Mt 26,41);
cuando tenemos más confianza en una revista “light” donde se aconseja un poco de
todo que en el Evangelio; cuando no nos agarramos a Dios a la hora de afrontar
un momento difícil; cuando no tenemos humildad para reconocer nuestro pecado y
no sabemos acudir a la misericordia divina en el Sacramento de la
confesión.
El enemigo está dentro cuando nos hemos acomodado al mundo
presente y ya no somos capaces de practicar la abnegación cristiana (cf. Rm
12,1-2); cuando no vivimos la humildad, sino que buscamos el aplauso de los
hombres y el engreimiento de la propia satisfacción egoísta; cuando no
controlamos la avaricia y ponemos nuestra confianza en la salud o en las
riquezas; cuando no sabemos decir un “no” firme y claro a una propuesta
deshonesta por ese maldito respeto humano que destruye tantas conciencias;
cuando no estamos dispuestos a perder la vida con tal de seguir unidos al único
que nos puede dar la Vida verdadera: Jesucristo.
Nos deben doler mucho
los ataques de fuera. Incluso hemos de saber responder, en la medida de las
propias posibilidades, a quienes desean borrar el nombre de Cristo en nuestras
sociedades. Pero sobre todo hemos de reaccionar ante ese enemigo de dentro, que
nos carcome, que nos ahoga, que mata la vida de Dios en nuestras
almas.
No podemos dejar que ese enemigo interior nos robe el tesoro más
grande, más importante, más profundo que hemos recibido: la acción salvadora de
Cristo. Cada momento nos ofrece su perdón, su amistad, su paz, y nos conduce,
poco a poco, al encuentro con un Padre que nos ama eternamente.