CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 7 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que han escrito en "L'Osservatore Romano", diario de la Santa Sede, Giuseppe Fiorentino y Francesco M. Valiante, sobre la sentencia del Tribunal europeo de Derechos Humanos con la que condenó a Italia por colocar crucifijos en las escuelas.
* * *
Las palabras de esa escritora, a más de veinte años de distancia, expresan un sentimiento todavía ampliamente compartido en Italia. Lo demuestran las numerosas reacciones que han seguido al pronunciamiento del tribunal europeo. Mientras el Gobierno italiano ha anunciado que ha presentado recurso contra la sentencia, el mundo político ha manifestado casi unánimemente la falta de sentido común que supone la medida, subrayando cómo la laicidad de las instituciones es un valor muy distinto de la negación del papel del cristianismo. "Estupor y pesar" ha expresado en particular el director de la Sala de prensa de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, en una severa declaración emitida por Radio Vaticano y por el Telediario del primer canal de la rai, la televisión pública italiana. "Es grave -afirmó- querer marginar del mundo educativo un signo fundamental de la importancia de los valores religiosos en la historia y en la cultura italiana". Y continuó: "Sorprende, además, que un tribunal europeo intervenga seriamente en una materia vinculada muy profundamente a la identidad histórica, cultural y espiritual del pueblo italiano. No es este el camino adecuado para atraernos a amar y compartir más la idea europea que, como católicos italianos, hemos sostenido fuertemente desde sus orígenes".
La Conferencia episcopal italiana ha
hablado de "visión parcial e ideológica", subrayando que en la decisión
del tribunal "se ignora o se descuida el múltiple significado del
crucifijo, que no es sólo símbolo religioso, sino también cultural".
Conviene
recordar que en Italia el Consejo de Estado en 2006 ya había
considerado legítimas las normas que prevén la exhibición del crucifijo
en las escuelas, afirmando que ello no implica discriminación respecto
a los no creyentes porque representa "valores civilmente relevantes y,
especialmente, aquellos valores que subyacen e inspiran nuestro orden
constitucional".
De hecho, la sentencia del Tribunal de
Estrasburgo, con la intención de tutelar los derechos del hombre, acaba
por poner en tela de juicio las raíces sobre las cuales se fundan esos
mismos derechos, desconociendo la importancia del papel de la religión
-y en particular del cristianismo- en la construcción de la identidad
europea y en la afirmación de la centralidad del hombre en la sociedad.
Bajo otro perfil, la decisión de los jueces de Estrasburgo parece
inspirada en una idea de laicidad del Estado que lleva a marginar la
contribución de la religión a la vida pública. Así se podría prefigurar
un futuro no tan lejano en el que los ambientes públicos estarían
despojados de cualquier referencia religiosa y cultural por miedo a
ofender la sensibilidad de otros. En realidad, no es con la negación,
sino con la acogida y con el respeto de las diversas identidades como
se defiende la idea de laicidad del Estado y se favorece la integración
de las distintas culturas. "El crucifijo representa a todos" -explicaba
Natalia Ginzburg- porque "antes de Cristo nadie había dicho jamás que
todos los hombres, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, judíos y
no judíos, negros y blancos, son iguales y hermanos".

