Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca

HUESCA, viernes 6 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-Publicamos el comentario al Evangelio de este domingo XXXII del tiempo ordinario, (Marcos 12, 38-44), redactado por monseñor Jesús SanzMontes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca.
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Eltexto de este domingo nos trae la deliciosa escena de un Jesús que observa lo que está ocurriendo en los aledaños del Templo de Jerusalén,y hace de su observación una hermosa enseñanza. Ante sus ojos aparecenlos letrados y fariseos, esa gente importante, reconocida y mandamás,autorizadísimos por sus propias leyes, que iban y venían al Templodándose una importancia arrogante. Jesús señala no sólo el uso pertinazque estos personajes tenían, sino también el abuso injusto que ellos practicaban aprovechándose de las capas más bajas de aquella sociedad,como eran las viudas.
Y junto a este grupo que así usa y asíabusa, el Señor observa precisamente a una viuda que llega al Templosin alarde ni presunción, y allí frente al cepillo ella contrastaba conotra gente rica y principal que echaba en abundancia. Aquella pobremujer no: tan sólo echó dos reales.
A diferencia de la viuda deSarepta --de ella nos habla la 1ª lectura (1 Reyes 17,10-16)-- que supobre donación fue bendecida por Dios obrando un milagro de abundanciaen donde sólo había escasez, la viuda del Evangelio no será chistadapor Jesús para premiarla de alguna manera evidenciando ante los demássu gesto generoso. No nos cabe duda que esta buena mujer habrá recibidoel céntuplo en su encuentro con Dios, pero por el momento ni siquierade ese reconocimiento gozó nuestra protagonista. Y sin embargo, Jesúsla vio, y la ensalzó hasta el punto de colocarla como ejemplo.Exactamente igual que vio a los letrados y los puso de contraejemplo.Nada escapa a la mirada de Dios.
¿Qué es lo que Jesús vio enesta viuda? Que lo había dado todo. Por poco que fuera, éso era cuantotenía. El premio de esta mujer estaba en la paz y en la falta total deagobio asfixiante, de zozobra angustiosa, porque vivía en la libertadde quien nada tiene que defender porque todo lo ha entregado ya.Curiosamente, los que viven así tienen esa felicidad que imposiblementepretenden alcanzar aquellos que se resisten a darlo todo. Y aquíresalta la paradoja evangélica: quien entrega, tiene, quien retiene sequedará sin nada. Lo habremos experimentado tantas veces a propósitodel perdón: quien se resiste a perdonar, quien quiere seguir siendorico de sus razones, acaba frecuentemente en la soledad, en elresentimiento y en la amargura, mientras que quien aun teniendo razoneslas sabe "perder", resulta que encuentra una alegría inusitada, una pazinesperada. Darlo todo, gratuitamente, como gratis lo hemos recibido, ytambién nosotros experimentaremos que las promesas de Jesús no sonvacías. Somos lo que somos ante Dios y nada más.
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