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Con motivo del Año Sacerdotal, desarrollaremos esta campaña especial de Virtudes
y Valores quincenalmente.

Es sorprendente saber que unos simples átomos de uranio
encierran una fuerza y energía descomunales tan desproporcionadas al tamaño de
los mismos. Pero es más grandioso aún pensar que el sacerdote esconde un poder y
un don tan extraordinarios que sobrepasan su estatuto de hombre.
Causa
estupor una persona de carne y de hueso que hace las veces de Dios; que
convierte un pedazo de pan y unas gotas de vino en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo; que perdona los pecados y cura las heridas más íntimas y dolorosas del
alma. Maravillosa grandeza y confianza divina depositada en un instrumento tan
pequeño “porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres,
y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (I Cor 1, 25).
Tan sólo la etimología latina de sacerdote “sacerdos”, nos suscita algo
de sagrado “sacer”, que le sobrepasa, que le viene dado “donum”. Y en las
palabras de san Pablo descubrimos la trascendencia y la grandeza del don del
sacerdocio: “llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que
una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (IICor 4,7).
El sacerdote es el misterio de Dios oculto en el hombre. Misterio
impenetrable que llevó al Cura de Ars a exclamar: “Si comprendiéramos bien lo
que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de
amor”. Misterio real que esbozó Gregorio Nacianceno en sus primeros años de
sacerdote: “Sé de quién somos ministros. Conozco la altura de Dios y la flaqueza
del hombre, pero también su fuerza. El sacerdote se sitúa junto a los ángeles,
glorifica con los arcángeles, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la
criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo
alto y, para decir lo más grande que hay en él, es divinizado y diviniza”.
El Año Sacerdotal tiene que ser un período de oración por nuestros
sacerdotes, pues “la Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a
los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos
convencidos” (Benedicto XVI, homilía 19 de junio de 2009). Nos tiene que
incentivar a volver la mirada al Corazón de Cristo, fuente y raíz del
sacerdocio.
Dirigir los ojos de la fe a la Misericordia Divina es sentir
el abrazo del Padre en la mano del sacerdote que nos absuelve; es recibir su
protección con la sencilla bendición del presbítero; es acoger la paz de Cristo
en ese “podéis ir en paz”; es hacerle vida en nuestra vida a través de la Hostia
Santísima consagrada por ese “pequeño gran hombre” que llamamos sacerdote.
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