
Navidad, dulce palabra que evoca a la mente y el corazón
felices recuerdos y gratas emociones. Como dibujadas sobre un cándido lienzo, un
amplio cortejo de imágenes desfila por nuestra memoria: verdes abetos enfundados
de titilantes luces de colores. Grandes avenidas engalanadas con alumbrados
navideños. Gran cantidad de rechonchos viejitos con su respetable barba blanca y
atuendo rojo. Abundantes snowman de nariz de zanahoria y un alto sombrero de
copa. Cantos alegres. Y frío, mucho o poco, pero el frío no puede
faltar.
¡Qué contraste tan misterioso nos presenta la Navidad! La fiesta
de los corazones que arden se celebra, en la mitad del mundo, durante el gélido
invierno. Y sin embargo, basta reflexionar un poco para percatarse de la
contundente lógica con la que la providencia determinó la fecha.
Fue
precisamente en una de estas heladas vigilias cuando Dios se encarnó. En Belén,
figura de la humanidad entera, aquella noche hacía mucho frío. Enclavado en lo
alto de una pequeña colina, el pueblo mismo se asemejaba a un anciano que
tiritaba de pies a cabeza. Sus casas de piedra parecían estrecharse entre sí,
para protegerse unas a otras. En sus calles sólo abundaba la soledad.
Descendía la escarcha, reluciente a la luz de la luna, y se posaba sobre
sus techos y sus caminos. Los lugareños se refugiaban en sus hogares, mientras
que los numerosos peregrinos, hacinados en torno a crepitantes fogatas, buscaban
resguardarse en las posadas. Al menos así, decían, lograrían calentarse las
manos. Pero en el fondo, bien lo sabían, sus corazones morían lentamente de
hipotermia.
Fue entonces cuando una luz rasgó las tinieblas, encendió
los corazones e iluminó la noche. “He venido a traer fuego, y qué quiero sino
que arda” exclamará años más tarde a los que le seguirán. Pero, por ahora, la
cálida presencia de este Niño, que revitalizó los miembros engarrotados de una
humanidad enferma, yace sobre un agreste pesebre.
Sus únicos custodios
son una pareja desconocida de humildes aldeanos, algunos pastores, unas ovejas,
un burro y un buey. Todos ellos han dejado de sentir frío. Sus miembros no
tiemblan más. Un fuego misterioso los rodea, y la fuente de este calor no es
sino aquel bebé, que reposa inocentemente y que, misteriosamente, también tiene
frío.
Hubiera bastado aquella intensa llamarada de amor para solucionar
definitivamente los problemas del hombre, de todo hombre. Pero la realidad que
hoy palpamos nos lo contradice. ¿Es que se ha extinguido por
completo?
Contrariamente a lo que muchos piensan y afirman, hoy sufrimos
de “enfriamiento global”, a pesar de que la llama de Belén siga encendida. Así
vemos que el clima externo aumenta, mientras que el interior desciende, y el
frío sigue aumentando.
Y nos preguntamos de nuevo: ¿qué ocurrió con
aquella luminaria de Belén? ¿Acaso su luz ha dejado de iluminar al mundo
contemporáneo? No. No ha dejado de resplandecer. Decisivamente, la respuesta es
otra. Así como en la primavera llega el deshielo, y la oscuridad se acorta, del
mismo modo la noche de Navidad constituyó el culmen de la ley del amor.
El hombre, profundamente congelado por su egoísmo y esclavizado por el
pecado, esperaba al nuevo sol, al rey del amor, que pudiera acabar con esta
frialdad. Esta ley entró en vigor hace 2,000 años, pero necesitó en su momento,
y sigue necesitando hoy, de valerosos ministros que la extiendan por todo el
orbe, o el mundo seguirá apagándose por falta de amor.
Es necesario que
la antorcha encendida en la cueva de Belén hace veinte siglos, pase de mano en
mano, de manera que pueda iluminar las carreteras, las avenidas, y hasta las
callejuelas más recónditas. “Si sois lo que tenéis que ser, prenderéis fuego al
mundo entero”, decía el Papa Juan Pablo II a los miles de cristianos reunidos en
la plaza de San Pedro, durante el período natalicio de 2001.
Este 25 de
diciembre cada uno de nosotros recibirá una antorcha nueva. Por ello, esta
navidad no puede pasar como desapercibida. Tiene que ser diversa. ¿Qué la hará
especial? La presencia de aquel Niño, pequeño, tierno, indefenso, tremolante;
pero que es nada menos que el mismo Dios. Un Dios que, para derretir los
corazones congelados de los hombres, ha querido hacerse uno como ellos y, con
ellos, sentir frío.
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