este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
La Misa y los sentimientos:una confusión quizá demasiado
extendida. Autor: P. Eduardo Volpacchio | Fuente:
Algunas ideas
Me preocupa haber encontrado no pocas personas a las que les han aconsejado
-incluso algún sacerdote- no asistir a Misa el domingo si “no lo sentían”. De
ser cierto estos consejos, significaría que el criterio moral para evaluar la
conveniencia de la asistencia a Misa sería el siguiente: “Si lo sentís, tenéis
el deber de ir a Misa; si no lo sentís no tenéis que ir (o al menos podrías no
ir)”. Es un planteo que hace decisivos, desde el punto de vista moral, los
sentimientos.
Si, con una pizca de ironía, nos colocamos en un contexto
de buscar excusas para no ir a Misa, el asunto sonaría de tal manera que
sentirse bien en Misa sería una carga, que me obliga a ir; y sentirse mal con la
Misa, una fuerza liberadora del precepto. Ya se vé que hay algo que no
funciona.
En efecto, si consideramos racionalmente la postura, nos
daremos cuenta de que es sencillamente un disparate. Es lo que trataremos de
analizar en estas líneas.
De entrada hay que decir que el criterio
señalado es inaplicable. Para poder usarlo tendríamos que descubrir primero de
qué sentimientos se trata: sentir ganar de ir a Misa, sentir emoción en Misa,
aburrirse en Misa, sentir pereza, sentir simpatía o enojo con el sacerdote,
sentir más ganas de otras cosas y un largo etcétera de posibles sentimientos.
Una vez aclarado qué tipos de sentimientos aconsejarían no asistir a Misa;
habría que preguntarse qué intensidad de sentimiento sería necesario para
excusar de pecado o cometerlo. De más está decir que todo este planteo carece
de sentido.
Sabemos qué nos pide Dios en primer lugar: "Amarás al Señor
tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas
tus fuerzas". No nos pide buenos sentimientos, sino que amemos "con obras y de
verdad".
La superficialidad del argumento usado como justificante del
abandono de la práctica religiosa, supone además ignorar varias
realidades:
• Desconocer el valor salvífico de la Misa más allá de los
sentimientos de los asistentes. • Desconocer el valor de la obediencia a las
leyes de la Iglesia. • Desconocer el sentido del deber. • Desconocer el
valor del sacrificio como expresión de amor. • Desconocer la psicología
humana, ya que si dejo de hacer cosas buenas -está fuera de discusión la bondad
del sacrificio Eucarístico- que me cuestan, difícilmente tendré ganas de
hacerlas después. Y menos de apreciarlas.
El valor de la
Misa
El consejo sería válido si la única función de la Misa fuera
suscitar en quienes participan buenos sentimientos. Si fracasara en tal intento
-que sería su única razón de ser- efectivamente sería inútil, y no nos serviría
para nada la asistencia a la misma. Pero la Misa es una acción divina, que
santifica al mundo. Hay en ella mucho más de lo que veo, de lo que toco, de lo
que siento. De manera que la Misa me sirve mucho más de lo que puedo darme
cuenta, es más, no sólo me sirve, la necesito para tener vida
eterna.
Preceptos y sentimientos
En el caso de la Misa
dominical hay en juego algo más que la piedad: un precepto de la Iglesia. Y el
cumplimiento de las leyes va más allá de los sentimientos. En este caso, además,
se trata de un precepto que obliga gravemente (es decir, que su incumplimiento,
en principio, es grave). Un legislador jamás contemplaría entre las causas
excusantes del cumplimiento de la ley la carencia de sentimientos: los
sentimientos no tienen lugar en el ámbito jurídico porque no pueden ser medibles
objetivamente.
Si una persona flaquea y por debilidad falta a Misa el
domingo, con humildad pedirá perdón al reconocer su falta, y Dios lo perdonará.
El problema aparece cuando se intenta justificar la falta, para que deje de ser
falta. Entonces, se confirma en el camino del abandono del cumplimiento de sus
deberes religiosos. Y esto, lejos de acercarlo al amor de Dios, lo alejará de su
presencia.
La falta de sentimientos puede ser ofensiva
En
las relaciones humanas, la falta de sentimiento no exime del cumplimiento de
deberes familiares o sociales. Por el contrario, si ése es el motivo del
incumplimiento, lo hace más ofensivo. Si no asisto a la celebración del
cumpleaños de un amigo, seguramente podrá entender las razones que me lo
impiden. Pero si me justifico diciendo que no me dice nada su persona y su
celebración, lejos de excusarme, la explicación hará más dolorosa mi ausencia,
la convertirá en un auténtico desprecio.
Me parece que a Dios lejos de
agradarle que un cristiano no vaya a Misa porque no lo siente, le resulta más
ofensivo. Y le “duele” que no haga ningún esfuerzo por superar esa falta de
sentimiento para estar con El.
Sería muy egoísta la actitud de quien
dejara de ir a Misa cuando deja de “sentir”: como si sólo buscara “sentirse
bien” y cuando no lo consigue, la abandonara porque “ya no me sirve”. No vamos a
Misa a sentirnos bien, sino a participar del mayor acto de amor de Dios por los
hombres; no vamos a pasárnoslo bien, sino a dar Dios el culto que merece
ofreciéndole nada menos que la entrega de Cristo y a buscar la gracia que
necesitamos para ser buenos hijos de Dios. El valor de esto está mucho más allá
de lo que yo pueda sentir. A Dios no le molesta que no sienta nada. El sabe
bien cómo es mi estado interior. Quiere que lo ame, incluso cuando mis
sentimientos no me facilitan ese amor.
La solución
verdadera
Quizá sea cierto que la mayor parte de la gente que deja de
ir a Misa, lo haga por motivos “afectivos”: no siente nada, se aburre, no tiene
ganas. Tienen fe, dicen amar a Dios, pero no los llena, no sienten nada. Y es la
mayor donación de Dios a los hombres. Es una lástima, pero está muy lejos de
justificar la falta de práctica religiosa.
Quienes están en esta
situación tienen un problema, y tendrían que buscar cómo resolverlo. Quizá
deberían plantearse que la Misa no tiene la “culpa”. Que la solución no es dejar
de asistir, sino intentar que les diga algo, entenderla mejor, vivirla con más
intensidad. Dejar de ir a Misa es la peor de todas las “soluciones” posibles a
su falta de sentimientos, porque no soluciona nada. Nunca “gracias” a dejar de
participar en la Misa conseguirán amar más a Dios, y sentir más intensamente ese
amor.
Quien ama se lo pasa bien con el amado, pero no es eso lo que busca
(el amor egoísta se busca a sí mismo). Quien busca dar gloria a Dios, sabe
prescindir de sus sentimientos: busca agradarlo, aunque no saque nada de
provecho personal.
Conclusión
Si faltas a Misa los
domingos, por favor, no te justifiques diciendo que no te dice nada. No te
excusará delante de Dios. Resulta evidente que a quien nos pide como primer
mandamiento que lo amemos, no puede resultarle indiferente que le digamos que no
sentimos nada por su compañía.
Si escuchas a alguien razonar de esta
manera, decirle que lo piense mejor, porque es un razonamiento que carece de
lógica por donde lo consideres.
Por otro lado, y para terminar, si ha
habido tantas almas enamoradas de la Eucaristía, será que algo tiene, y habrá
que ponerse en campaña para descubrirlo. Es todo un desafío.