
Todos los hombres se preocupan por encontrar en su vida una
perla que valga más que todas las riquezas del mundo. Unos de una manera, otros
de otra, todos buscan la felicidad. Encontrarla no es tan fácil, pues se nos
ofrecen varios caminos para ser felices, pero algunos sólo nos dejan más tristes
e insatisfechos. ¿Cómo podemos ser hombres y mujeres verdaderamente
felices?
La clave para encontrar la felicidad está en la madurez.
La madurez no es la llegada a una edad en la que se puede hacer lo que
antes nuestros padres nos prohibían. Tampoco es una fase de la vida en la que se
está más allá del bien y del mal. Ni mucho menos es la capacidad de ser
inflexible, que nadie nos diga qué tenemos que hacer.
La verdadera
madurez consiste en la coherencia entre lo somos y lo que obramos. Es vivir de
acuerdo con nuestras convicciones, cumplir responsablemente todos los deberes
que consciente y libremente hemos contraído (en nuestra vida familiar, en la
vivencia de nuestra fe o en nuestra vida profesional). Ser maduro no significa
no tener debilidades. Quien es verdaderamente maduro identifica cuáles son sus
debilidades y se alejará de las ocasiones que lo inciten a faltar a sus deberes.
Una persona es madura cuando busca la ayuda de los demás para crecer, aprender y
saber reconocer sus propios errores.
Esta madurez no se consigue de un
día para el otro. Es necesario dar algunos pasos para alcanzarla. El primero de
ellos es la elección de estado: ¿qué quiero ser en mi vida? Esto es algo básico
y fundamental, pues es parte de una persona madura elegir el rumbo de su vida.
Debemos hacer esta elección de acuerdo con nuestras convicciones y con las
cualidades que Dios nos ha dado, ponderando todo lo que implica para nosotros.
Una vez hecha esta elección, tenemos que luchar por cumplir en la práctica, en
nuestro día a día, nuestros deberes en cualquier momento y circunstancia.
Un buen termómetro de la madurez es la autoconvicción, que consiste el
cumplimiento de nuestros deberes cuando nadie nos ve. La persona inmadura vive
siempre de apariencias. El maduro, en cambio, vive auténticamente de cara a Dios
y a los hombres.
Una vida inmadura puede generar insatisfacción,
nerviosismo, preocupación, inestabilidad espiritual, en fin, pude llevarnos a
una vida triste y sin sentido. La vida vivida con madurez genera paz y
tranquilidad con Dios, con los demás y con nosotros mismos. La madurez no
cancelará nuestros problemas y dificultades, pero nos ayudará a superarlos.
Diariamente nos encontramos con grandes ejemplos de personas, que han
sufrido mucho en sus vidas, pero que han logrado ser felices. El secreto de
ellos ha sido el haber guiado con madurez su vida y haber sido coherentes en su
forma de actuar, incluso en los momentos duros o difíciles.
Este es el
camino, cada uno de nosotros está llamado a tomarlo libremente. Elegir el camino
de la madurez es comenzar a ser verdaderamente felices.
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