
Goethe afirmó de sí mismo: «Se me ha ensalzado como a uno de
los hombres más favorecidos por la fortuna. Pero en el fondo de todo ello no
merecía la pena, y puedo decir que en mis setenta y cinco años de vida no he
tenido cuatro semanas de verdadera felicidad. Ha sido un eterno rodar de una
piedra que siempre quería cambiar de sitio».
A lo largo de su existencia
el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según
los periodos de su vida. En ocasiones puede parecer que una de estas
“esperanzas” lo llena totalmente, lo realice a tal punto que no necesita de
ninguna otra.
En la juventud puede ser la esperanza de un amor grandioso
y satisfactorio; la esperanza de conseguir determinada posición en la profesión,
de obtener uno u otro éxito culminante y determinante para su vida. A veces
puede ser una casa o un coche. Sin embargo, cuando estas esperanzas se
satisfacen, se ve con claridad que realmente esto no lo era todo, que el hombre
necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse
con algo infinito, algo que será más de lo que podrá alcanzar en esta
tierra.
Los ricos y los pobres, los de arriba y los de abajo, todos los
hombres, en sus momentos de sinceridad, reconocen que no encuentran una
felicidad que los sacie plenamente, aunque hayan tenido todo y hayan gozado de
todo. Sí, el hombre necesita esperanzas breves y duraderas, que día a día le den
la fuerza para mantenerse en el camino. Pero como decía el sacerdote jesuita,
Jesús Alfaro, «la aspiración fundamental del hombre no puede saciarse con la
posesión de un objeto, el hombre no puede alcanzar su felicidad plena en una
relación sujeto-objeto, sino en una relación yo-tú, es decir, en la relación con
una persona».
¡Una persona! Una “gran esperanza” que basta por sí misma
(Spe Salvi 31). Sólo Cristo puede saciar al hombre hasta la vida eterna (Jn
4,14).
Ya lo decía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti; y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (Confesiones, I, 1).
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