MADRID, sábado, 9 de enero de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que publica en su última edición el semanario de la archidiócesis de Madrid "Alfa y Omega" (www.alfayomega.es) sobre la New Age, el Reiki, el yoga y otras prácticas que se mantienen de moda.
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El Diccionario enciclopédico de las sectas, del
sacerdote don Manuel Guerra, tiene más de mil páginas. En ellas uno
puede hacer un recorrido, en unas ocasiones surrealista, en otras
aterrador, en el que hadas, druidas, masones y satánicos conviven entre
las páginas. El panorama es espeluznante, y más cuando se advierte que
el objeto de tales sectas es captar a personas que, simplemente,
buscaban la felicidad. Podría considerarse que las personas víctimas de
las sectas suponen un pequeño porcentaje dentro del total de la
sociedad. Podríamos calificarlo como el extremo en el que nadie
quisiera caer, dentro de su búsqueda personal y vital.
España es
tradicionalmente católica; nuestra cultura ha bebido de la tradición
judeocristiana, y no hay prácticamente culto, fiesta o celebración de
pueblos o ciudades que no tenga un origen cristiano. Sin embargo, lo
exótico, lo diferente o novedoso, se cuela por las rendijas que se van
quedando abiertas en nuestra sociedad, cada vez más descreída pero,
también, más crédula. Parece que hemos perdido la fe de nuestros
antepasados, y recuperamos esa necesidad de trascendencia recopilando
tradiciones de pueblos con los que nunca antes habíamos tenido
contacto.
¿Cómo explicar, si no, el éxito de pitonisas, la
cartomancia, publicaciones New Age, tiendas de santería,
terapias..., que prometen una solución a los problemas personales, el
bienestar personal, el éxito en el trabajo, en el amor, en la familia?
Ya no se trata sólo de sectas, en cuyas redes nadie quiere caer;
hablamos de cambios de mentalidad que se van asumiendo, con el
transcurso de los últimos años; hablamos de aquellas terapias
orientales que, con buena voluntad en la mayor parte de los casos, se
van implantando en nuestros gimnasios, hospitales, asociaciones,
polideportivos...; hablamos de las innumerables páginas web
donde se enseña a decorar nuestro hogar para atrapar la suerte,
conjurar lo negativo y favorecer la armonía (el famoso feng shui,
¿les suena?); hablamos de cursos de meditación trascendental,
vacaciones para niños y adultos a lugares sagrados como Findhorn,
Stonehenge, Avalon, o el bosque de Merlín; hablamos de conciertos de
músicas ceremoniales; hablamos de tantos y tantos aspectos, unos más
peculiares, otros más inocentes, que conviven con nuestras costumbres y
que es necesario reconocer, pero que, por lo general, provienen del
movimiento cultural tan heterogéneo que conocemos como la New Age.
Creemos,
con frecuencia, que nuestra época es la época de la incredulidad, del
laicismo, de la secularización, del relativismo, de la nada, del aquí
y ahora. Sin embargo, no es así.
Incrédulos... y muy crédulos
Don Juan Alonso,
profesor de la Facultad de Teología de Navarra, afirma que, «hoy en
día, pocos saben distinguir entre la fe y la credulidad, entre el
auténtico creer religioso y las creencias y supersticiones. La
ignorancia lleva a muchos a situar al mismo nivel la fe en Jesucristo
que la creencia en los ovnis. Es paradójico: al tiempo que se ha
querido quitar a Dios de la sociedad, se han llenado las librerías de
los grandes almacenes de esoterismo y magia». Y el sacerdote don Luis
Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana para el Estudio de las
Sectas (RIES), considera que, si bien la New Age (de la que
comenzó a hablarse con más intensidad en la década de los noventa del
siglo pasado) está evolucionando en Estados Unidos, y ya se habla de la
Next Age, «en España podemos decir que la New Age
todavía continúa, y hay revistas, librerías, una red de centros, de
terapias, de grupos... que han experimentado un fuerte repunte con la
crisis. La crisis económica tiene -no lo olvidemos- un importante
trasfondo espiritual. Este repunte lo observo incluso en ciudades
pequeñas de nuestro país, especialmente en torno al orientalismo, en
terapias que van introduciéndose, como el Reiki, y muchas convocatorias
de las que no sabemos quién está detrás: qué maestros, qué grupos...
Un grupo en concreto no tiene por qué tener ningún problema y puede
querer enseñar ciertas técnicas de bienestar de forma inocente y
positiva. Pero también -no hay que engañarse- puede acabar
convirtiéndose en un grupo de manipulación psicológica, o en una secta
con todas sus connotaciones negativas. La gente está demostrando mucha
inseguridad, va viendo cómo todo se desmorona a su alrededor y necesita
algo a lo que agarrarse».
Según el documento vaticano Jesucristo,
portador del agua de la vida, que publicó, en 2003, el Consejo
Pontificio de la Cultura sobre la Nueva Era, ésta es, en gran
parte, «una reacción frente a la cultura contemporánea». No se trata de
un nuevo movimiento religioso, ni es lo que normalmente se entiende
como culto o secta. Se trata, en el fondo de «una cultura
sincretista que incorpora muchos elementos diversos y que permite
compartir intereses o vínculos en grados distintos y con niveles de
compromiso muy variados». Entre las tradiciones que ha adoptado, el
documento señala «las antiguas prácticas ocultas de Egipto, la cábala,
el gnosticisimo cristiano primitivo, el sufismo, las tradiciones de los
druidas, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo
zen, el yoga, etc.»
Hoy, en la Nueva Era, ya no tienen la
importancia de antes las drogas psicodélicas, ni es tan evidente la
vinculación política de sus adeptos. «Las tendencias espirituales
y místicas -explica el documento- que antes se limitaban a la
contracultura, hoy día forman parte arraigada de la cultura dominante, y
afectan a facetas distintas de la vida como la Medicina, la ciencia,
el arte y la religión». En concreto, la Nueva EraNew Age no se hace distinción entre el bien y el mal. «Las
acciones humanas -describe la Santa Sede- serían entonces fruto de la
iluminación o la ignorancia. De aquí que no se pueda condenar a nadie, y
que nadie tenga necesidad de perdón. Creer en la existencia del mal
sólo podría crear negatividad y temor. La respuesta a la negatividad es
el amor. Pero no del tipo que tiene que traducirse en acciones; es
más una cuestión de actitudes de la mente. El amor sería una energía,
una vibración de alta frecuencia; y el secreto de la felicidad y de la
salud consistiría en sintonizar con la gran cadena del ser».
Todas
estas creencias, con todo lo amplias que son, concretadas y divididas a
su vez en innumerables grupúsculos y asociaciones, no dejan inmune a
la persona que se acerca a ellas. Para el sacerdote don Luis
Santamaría, «por un lado, la New Age podría tener cierto
carácter positivo, al tener a la persona vinculada a algo que la
trasciende; está ahí recordándonos la dimensión religiosa del hombre.
Pero, a la vez, hace daño a la persona: intenta llenar su necesidad
religiosa con algo, pero hace falta mucho más. Por eso, muchas
personas a lo mejor se quedan simplemente en unas meras prácticas
personales, una espiritualidad peculiar que se configuran ellos mismos,
pero otras pueden necesitar más, pueden necesitar un ámbito grupal y
ahí es donde entran las sectas, la manipulación psicológica... Las
personas depositan en estos grupos lo mejor de sí mismas, y están
siendo engañadas; si logran salir, se sienten, más tarde, violadas
espiritual y psicológicamente. Yo comparo la New Age con la Coca
Cola, que realmente es muy refrescante, pero no quita la sed, sino
que te llama a beber más y más». siente
fascinación por los sucesos paranormales, las manifestaciones
extraordinarias, los ángeles..., aunque no reconoce ninguna autoridad
espiritual, más allá de la experiencia personal interior. Y es que en
la
Tras veinte años de búsqueda...
Magdalena del Amo es una periodista gallega que actualmente dirige la publicación Orense Siglo XXI y que prepara el programa Más allá de la noticia, que emite Popular TV Galicia. Nació en el seno de una familia católica, pero, cuando era joven, la muerte de una de sus hermanas le hizo comenzar una búsqueda de alternativas que «colmaran sus necesidades espirituales» y, de paso, que calmaran su dolor. La búsqueda duró veinte años y, como ella misma afirma, «fue una especie de vuelta al mundo haciendo paradas e incursiones en todo aquello que creía que podía ayudarme a crecer. Y, de hecho, me ayudó. Empecé a interesarme por las tesis críticas con la Iglesia, a leer sobre los diferentes autores anticlericales, a estudiar la Ilustración, la masonería. Asimismo, profundicé en el estudio de las religiones comparadas y la persona de Jesús de Nazaret; desde las tesis sobre las dudas de su historicidad, el Cristo gnóstico, el Jesús zelote, los evangelios apócrifos... Después vino el mundo de las sectas (gnósticos, teosofía y grupos milenaristas), los ovnis y todo lo relacionado con la New Age. Escribí varios libros sobre estos temas, muchos artículos en revistas especializadas, participé en congresos y programas de televisión. Pero nunca encontré la paz de espíritu que tanto anhelaba. Era feliz con minúsculas. Y, cuando acabé de conocer todo este mundo heterodoxo, le pedí a Dios un poco de fe para poder iniciar el camino a casa. Le pedí sólo un poco, porque me imaginaba que nunca podría ser una creyente de verdad. Creía que mi razón era incompatible con la fe. Dios atendió mi petición con creces, y me concedió esta gracia. No un poco, como le pedí, sino una fe con mayúsculas, sosegada y madura».
El poder contrario a la Iglesia
Desde su experiencia personal, doña Magdalena afirma que «hay que tener en cuenta que existe un plan contra la Iglesia prácticamente desde sus orígenes. Siempre hubo un poder contrario a ella, movimientos de ideología gnóstica concretados hoy en la masonería que, a lo largo de la Historia, propiciaron cambios sociales importantes en los que la Iglesia siempre quedó diezmada. El invierno espiritual que vivimos este momento es producto de una manipulación laicista programada desde la noche de los tiempos. Una vez que la religión católica se admite como algo subjetivo y personal, perteneciente al pasado, es fácil abandonar sus dogmas y verdades. Creer en patrañas, como pitonisas y videntes, es síntoma de ese vacío espiritual; es algo lúdico, como un juego sin compromisos. Por otro lado, hoy se accede fácilmente a estos productos: sólo hay que marcar un teléfono».
En cuanto a la tendencia espiritual que hoy puede
estar haciendo más daño a la sociedad española, Magdalena del Amo opina
que «el relativismo lo invade todo. Con cierta frecuencia, oímos decir
a supuestos católicos que aprueban el aborto, el matrimonio
homosexual, o que no creen en el infierno o en la Confesión. La New
Age, que engloba la santería, los videntes, los gurús variopintos y
demás, está muy en boga. Es un mundo muy complicado, donde prolifera
el fraude y el engaño, donde se mezclan mentiras con verdades, muy
desestabilizador y peligroso, sobre todo para cierto tipo de
psiquismos. La Nueva Era es una especie de alternativa para
tapar el agujero que deja la ausencia de fe. Eso sí, sin compromisos,
pues casi todo está permitido. Dios es la propia naturaleza, la energía
cósmica, y el hombre un ser casi todopoderoso si sabe utilizar bien su
mente. Se enseñan todo tipo de ritos para contactar con
extraterrestres, ángeles, maestros ascendidos o seres difuntos. El tema
es muy amplio. Detrás de este plan -que además es un gran negocio-,
está el Tavistock y los Bilderberger, aunque es sintetizable en la
masonería. La New Age es la globalización de las sectas y
movimientos de los siglos XVII, XVIII y XIX, es decir, la masificación
del esoterismo». Se trata de una tendencia donde cabe también, como
podemos comprobar en la actualidad, el ecologismo radical. Algo que
doña Magdalena del Amo considera «una nueva religión, con dogmas y
ritos. Sus dirigentes viven muy bien, impartiendo sus postulados, a lo
largo del mundo, sostenidos por las cuotas de los ingenuos de buena fe y
el dinero de los Estados, o sea, de los ciudadanos. Los ecologistas
radicales, por cuestiones económicas disfrazadas de bien común,
presionaron para prohibir el DDT, lo que causó la muerte de millones de
personas víctimas de la malaria. En estas guerras siempre pierden los
mismos: los pobres del tercer mundo. La New Age lo invade todo
de manera silenciosa, muy sutilmente. En este sentido, y según los
ecologistas radicales, lo que menos vale del planeta son los seres
humanos: Un feto tiene menos valor que un mono, aseguró Peter
Singer, de la organización ecologista radical Animal Liberation».
Que
la ecología y el respeto y cuidado por nuestro planeta es importante,
lo ha puesto de relieve el propio Benedicto XVI en su mensaje de este
año para la Jornada Mundial de la Paz, que lleva por título Si
quieres promover la paz, protege la creación, donde se encuentran
fundamentos más sólidos que los del ecologismo radical para defender la
naturaleza, y, en primer lugar, a la persona.
«Los que piensan que
la fe cristiana no ofrece lo que ellos necesitan -afirma el profesor
Juan Alonso-, no están en lo cierto. Pero muchas veces no saben
exactamente qué buscan; y generalmente desconocen lo que la Iglesia ha
recibido de Dios para dárselo a los hombres».
¿Qué tiene el
cristianismo que ofrecer entonces en este mundo? «El cristianismo
-afirma el profesor Alonso- tiene la suerte de poder relacionarse
personalmente con un Dios que tiene rostro, que ha entrado en la
Historia, que es cercano; el cristiano no tiene la esperanza puesta en
sí mismo y en sus esfuerzos de autosalvación, sino en Dios. El
cristiano confía en la eficacia sobrenatural de unos medios concretos
que Dios ha puesto a su alcance: la oración, los sacramentos. El
cristiano tiene la compañía de la Iglesia, la enseñanza de sus
pastores... El cristiano sabe, en definitiva, que sólo en el Dios de
Jesucristo se colma un deseo insaciable que habita en el corazón
humano. El reto de la evangelización es precisamente mostrar, con el
testimonio de la propia vida, la belleza de la fe».
A. Llamas Palacios

