La tragedia puede conducir a aumentar la fe en Dios
Por Carl Anderson
NEW HAVEN, miércoles, 20 enero
2010 (ZENIT.org).-
Todos nosotros nos hemos quedado horrorizados en estos días por las
escenas de muerte y destrucción en Haití. Millones de nosotros hemos
buscado el modo de aliviar el sufrimiento allí. Sin duda miles de
homilías se pronunciarán en los próximos días para ayudarnos a
comprender cómo un Dios que ama puede permitir tal sufrimiento.
Una
de las más controvertidas “explicaciones” en Estados Unidos vino de un
protestante evangélico que afirmó que Haití había sido “maldecido”
siempre, desde que sus fundadores “juraron un pacto con el diablo” para
lograr la independencia del país de Francia. Sus comentarios, como se
podía esperar, suscitaron una tormenta de controversia.
Ciertamente
hay amplia evidencia en el Antiguo Testamento de naciones que fueron
castigadas por Dios por idolatría e injusticia y algunos cristianos
siguen buscando en este Antiguo Testamento explicaciones de los
acontecimientos mundiales.
Pero los católicos hoy es más probable
que miren en una dirección diferente para comprender cómo se comporta
Dios con el pecado humano. Y deben mirar no más allá del crucifijo sobre
el altar de su iglesia. Dios se ha unido él mismo libre y amorosamente
al sufrimiento humano en el sacrificio de su Hijo en la cruz.
Aquellos
evangelistas que citan tan a menudo a Juan 3,16 en su predicación
podrían también recordar lo que se dice en el siguiente versículo: “Dios
no envió a su Hijo al mundo para condenarlo sino para que el mundo se
salve por medio de El”.
La tragedia de Haití probablemente
tendrá efectos de larga duración, no sólo para la gente que ha perdido a
sus seres queridos sino para una entera generación que ha sido testigo
de la destrucción. Y es importante que tengamos la recta comprensión de
lo que ha ocurrido allí.
Muchos reportajes comparan a Haití con
la reciente devastación del huracán Katrina en la costa del golfo de
Estados Unidos, o el terremoto de 1985 en México. Pero la tragedia de
Haití es más probable que tenga un impacto de larga duración cercano al
del terremoto de Lisboa de 1755. Ese terremoto fue seguido por un
tsunami y fuego que destruyó casi por completo la ciudad y mató a cerca
de un millón de personas.
La catástrofe de Lisboa cambió el
pensamiento de muchos de los principales intelectuales del siglo XVIII
incluyendo a Voltaire, Kant y Descartes. El terremoto tuvo lugar en la
fiesta de Todos los Santos, en un país predominantemente católico, y
ocasionó que muchos cristianos de toda Europa cuestionaran su creencia
en Dios.
En los días que vienen veremos algo similar. Y así
Haití es hoy un test de nuestra fe en Dios y nuestro compromiso con
nuestro prójimo.
Pensando sobre Haití esta semana, no podía dejar
de pensar también en el trabajo del padre Damián de Molokai “el
sacerdote leproso” que fue canonizado el pasado otoño por Benedicto XVI.
Hace varios años, tuve la oportunidad de visitar Molokai en Hawai, y
mientras visitaba la parroquia vi una fotografía de una mujer mayor
tomada en los años 30. Había perdido las orejas y la nariz, y todos sus
dedos por la lepra. También estaba ciega. A pesar de ello, me dijeron,
rezaba el rosario manteniendo las cuentas entre sus dientes.
No
mucho después de esto, estaba hablando con un sacerdote misionero que
mencionó que había abierto una casa para gente que sufre lepra. Cada
día, cuando celebra la Misa allí, un hombre mayor, también ciego por la
enfermedad, dice durante la oración de los fieles: “Padre, Dios, gracias
por todas las buenas cosas que me has dado”.
Filósofos y
teólogos seguirán buscando explicaciones en la esperanza de responder a
las cuestiones que tenemos respecto al problema del sufrimiento en el
mundo. Pero quizás la mejor respuesta viene de aquellos cuyo sufrimiento
va más allá de lo que somos capaces de imaginar, y sin embargo estos
creyentes experimentan la realidad de que Dios les ha unido a El en su
sufrimiento.
En su homilía durante la Misa de canonización del
padre Damián, Benedicto XVI dijo esto: “Jesús invita a sus discípulos a
la total donación de sus vidas, sin cálculo o ganancia personal, con
infalible confianza en Dios. Los santos acogen esta invitación y
afrontan el seguimiento de Cristo crucificado y resucitado con humilde
docilidad”.
“Su perfección, en la lógica de una fe que es
humanamente incomprensible a veces, consiste en no situarnos ya nosotros
en el centro, sino optar por ir contra corriente y vivir según el
Evangelio”.
A fin de cuentas, esta es la clave para comprender
los eventos de Molokai y Haití. Y será la medida de nuestra respuesta
como cristianos.
* * *
Carl Anderson es el caballero
supremo de los Caballeros de Colón y autor de éxito en New York Times.Tags: sufrimiento en Haití