este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Las muertes imprevistas tienen siempre un matiz de tragedia que no es
fácil de asumir. Pero resulta posible, desde las energías propias de los
corazones y desde la mirada hacia el mundo de Dios
Ante las muertes imprevistas
Hay muertes previstas: dan tiempo para prepararnos a su llegada.
Otras muertes, en cambio, ocurren sorpresivamente, de golpe, como un
relámpago inesperado.
La muerte de un familiar anciano, o de
alguien
que cede poco a poco ante una enfermedad inexorable, llega
de un modo más o menos esperado. El corazón puede
prepararse, porque adivina que, tarde o temprano, una vida terrena
termina. Estamos, entonces, listos para acoger el “golpe”, que no
deja de ser doloroso, pero que sabemos estaba próximo.
Pero la
situación es muy diferente cuando un hecho imprevisto (un choque,
un secuestro, un atentado, un accidente de trabajo), irrumpe en
una vida y provoca una muerte inesperada. Una curva mal
tomada, un pinchazo en la rueda, una balacera en la
calle, un terremoto, un incendio en el avión o en
el barco: hechos veloces, hechos inesperados, violentos, a veces
misteriosos,
nos arrancan la presencia de un ser querido.
Las muertes
imprevistas
llaman a las puertas de cualquiera: del niño y del
adulto, del rico y del pobre, del ciudadano honesto y
del delincuente, del santo y del pecador, del amigo y
del enemigo. No hay distinciones, como si todos, ante el
hecho inesperado, fuesen igualmente vulnerables, frágiles, incapaces de
defenderse o
de huir.
Llega luego la llamada o el correo electrónico que
provoca una conmoción indescriptible: un familiar, un amigo, un
compañero
de trabajo, un vecino, acaba de morir.
Sentimos entonces un
desgarrón
profundo en el alma. Por lo inesperado del hecho. Por
el afecto que sentíamos hacia una persona cercana o conocida.
Por la ruptura radical que se impone en los lazos
temporales.
Si descubrimos, además, que la causa de esa muerte
fue
la borrachera de un chofer irresponsable, o la malicia perversa
de quienes viven en el mundo del delito organizado, sentimos
una rabia profunda por la injusticia sufrida. Descubrimos con amargura
que vivimos en un mundo perverso, en el que muchas
veces las autoridades no consiguen controlar agresiones que destruyen
familias,
desde la violencia que sacude nuestros pueblos y ciudades.
Tras
la
noticia de la muerte inesperada, se suceden los hechos como
una cascada incontenible. Por un lado, hay que afrontar la
situación y los deberes inmediatos: dar o recibir el pésame,
preparar el funeral, buscar tiempo para recibir visitas o para
velar el cuerpo de quien hasta hace muy poco nos
hablaba con ternura. Prisas, llamadas, papeles, contactos, seguros. Todo
ocurre
muy rápido, según rutinas frías que agobian la vida de
muchas ciudades modernas.
Por otro lado, está el vacío interior,
la
herida del alma, muy reciente, muy honda. Notamos que desde
ahora queda un hueco en la cama, en la casa,
en la oficina, en la propia vida. Desaparece un ser
querido. El mundo ha dado un cambio brusco, al menos
según nosotros. Casi nos resulta extraño que haya quienes siguen
con sus prisas, sus proyectos y sus monotonías, cuando percibimos
que todo, desde ahora, va a ser distinto.
Sentimos entonces lo
que san Agustín experimentó cuando vio morir, de modo rápido
e inesperado, a uno de los amigos de su juventud:
“Se
entenebreció mi corazón de dolor, y veía en todas las
cosas la muerte. La patria era para mí un suplicio,
y la casa paterna se me hacía insoportable, y todo
cuanto con él me había sido común, se me convertía
sin él en crudelísimo tormento. Buscábanle por todas partes mis
ojos, y no le hallaban. Todas las cosas me eran
aborrecibles, porque no le hallaba entre ellas, ni me podían
decir: Mírale, ahí viene, como antes, cuando venía después de
una ausencia. Llegué a hacerme insoportable a mí mismo” (San
Agustín, “Confesiones” IV,4,9).
El luto ha entrado en la propia
vida.
Puede ser un luto más o menos “sano”, llevado con
dignidad (lo cual no quita la pena). O puede ser
un luto enfermizo, desbordante, que arrastra al odio, a la
sed de venganza, al abatimiento, a los reproches contra Dios,
contra la sociedad, contra la vida misma. Un luto que
carcome y que destruye, que aparta los ojos de todo
lo que no sea el recuerdo de quien ya no
vive entre nosotros.
Cuesta superar lutos dañinos, porque cuesta
aceptar una
muerte no prevista. Pero si abriésemos los ojos a las
muchas bondades que nos rodean, si viésemos a tantos otros
familiares y amigos que desean nuestro bien, o incluso que
necesitan nuestra ayuda (también ellos piden un poco de consuelo),
encontraríamos fuerzas íntimas que nos permitirían seguir en la brecha
de los deberes cotidianos.
Sobre todo, necesitamos abrir el alma y
el corazón a una certeza que va más allá de
los papeles de hospitales o de las páginas de periódicos;
una certeza que nace al reconocer que nuestra alma es
espiritual, incapaz de morir, y que existe un Dios que
acoge a sus hijos buenos, que nos espera en la
vida eterna. Quien muere, de modo previsto o imprevisto, no
ha desaparecido para siempre.
Es cierto que también pensar en la
otra vida puede provocar angustias, sobre todo si existen motivos
para suponer que alguien ha muerto sin estar en paz
con Dios ni con su prójimo. Pero en el marco
de la fe católica descubrimos que Dios es misericordia, y
sólo nos queda confiar en que esa misericordia haya alcanzado,
por caminos que a veces no nos resultan visibles, a
la persona que nos ha sido “arrancada” por una muerte
imprevista.
Además, esa misma fe nos lleva a reconocer que siguen
en pie los lazos de amor, que no hemos roto
por completo con quien nos ha dejado. Al hablar de
la importancia de las oraciones por nuestros seres queridos ya
difuntos, el Papa Benedicto XVI explicaba lo siguiente:
“Que el
amor
pueda llegar hasta el más allá, que sea posible un
recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos
con otros con vínculos de afecto más allá del confín
de la muerte, ha sido una convicción fundamental del cristianismo
de todos los siglos y sigue siendo también hoy una
experiencia consoladora. ¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar
a los propios seres queridos que ya se fueron un
signo de bondad, de gratitud o también de petición de
perdón?” (Benedicto XVI, encíclica “Spe salvi” n. 48).
Las
muertes imprevistas
tienen siempre un matiz de tragedia que no es fácil
de asumir. Pero resulta posible, desde las energías propias de
los corazones y desde la mirada hacia el mundo de
Dios y de lo eterno, afrontarlas de un modo más
profundo, más completo, incluso más sereno.
Quedará, ciertamente,
un hueco profundo
por días, por meses, tal vez por años. Pero ese
hueco no es completo, porque el ser querido no ha
desaparecido en el remolino de la nada, sino que está
presente en el corazón de Dios. Un Dios que es
bueno, que ama la vida, que acoge y rescata a
cada uno de sus hijos. Un Dios que nos acompaña,
a quienes seguimos en el camino del tiempo, mientras avanzamos
también nosotros a la hora que dará por concluida la
vida terrena y nos introducirá en el mundo de lo
eterno.