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Los milagros no dependen de los hombres, sino de
Dios. Él es quien decide cuándo nos concede lo que le pedimos.
Dos monjes emprendieron el viaje por una zona medio desértica de
Egipto. Se les acabó el agua, y no consiguieron encontrar ningún pozo en
las cercanías.
Después de un tiempo, uno de los dos monjes murió. El otro, sin
fuerzas, quedó en el suelo mientras esperaba la llegada de la muerte.
San Antonio abad estaba en la montaña. En la oración pudo conocer lo
que ocurría. Llamó a dos monjes que estaban cerca y les dijo que fueran
inmediatamente a llevar un jarro de agua al superviviente.
Cuando los dos monjes llegaron, dieron de beber al que yacía casi
sin fuerzas, y enterraron al que había fallecido.
Un monje fue “salvado”. El otro murió. San Atanasio (un obispo del
siglo IV), al contar la historia en su “Vida de san Antonio abad”, se
pone ante quien pueda formular la pregunta: ¿por qué san Antonio no
habló antes, de forma que los dos monjes viajeros hubieran recibido el
agua necesaria para sobrevivir?
Atanasio responde sin dudar: la pregunta es injustificada, porque la
muerte del monje viajero no dependía de Antonio, sino de Dios.
Es Dios, en efecto, quien dice quién, cuándo y cómo muere, y quién,
cuándo y cómo recibe un poco más de vida. A uno de los monjes le llegó
la hora de partir al encuentro del Señor. Al otro, en cambio, Dios le
dio un poco más de vida, a través del milagro realizado a través de san
Antonio.
Lo que pasó en el desierto ocurre tantas veces en la vida humana:
uno se salva de un accidente, mientras que otro muere. Uno se cura del
cáncer, mientras que otro fallece a los pocos meses (o días). Uno
consigue salir airoso de una pulmonía doble, y otro sucumbe cuando le
llega la gripe “ordinaria”.
Ante esas diferencias, hay quienes se preguntan: ¿no es injusto
Dios? ¿Por qué a uno da más tiempo de vida y a otro lo llama a su
Presencia? ¿No podría ser más “equitativo”?
La pregunta, nos diría san Atanasio, está viciada en su origen. No
nos toca a nosotros conocer los tiempos de Dios, ni cuándo llegará la
hora.
No tiene sentido, por tanto, preguntar: ¿por qué san Antonio no hizo
el milagro para los dos? Porque los milagros no dependen de los
hombres, sino de Dios. Dios es quien decide cuándo llega la hora para
cada uno.
Esa historia sencilla de los primeros monjes de Egipto, contada por
san Atanasio, nos ayuda a recordar una de las enseñanzas constantes de
san Antonio: al levantarse, hemos de vivir como si no fuésemos a llegar a
la noche; y al acostarse hemos de pensar que quizá no llegaremos a ver
el siguiente amanecer. O, en palabras del Evangelio, hemos de estar
siempre en vela, porque no sabemos ni el día ni la hora (cf. Mt 25,13).